La Corteza del Roble

Capítulo 8

Escuchaba a la profesora hablar sobre la importancia de elegir una profesión de la manera más sabia posible, mas, no podía dejar de juguetear con la lengua dentro de la boca. En mis papilas gustativas todavía podía saborear la deliciosa cena que Trevor me había preparado cinco días atrás. La abuela cocinaba bien, pero mi mejor amigo tenía una magia increíble con su sazón. Todavía podía sentir la comida deshaciéndose contra mi paladar; de verdad había sido exquisita.

Acompañando la deliciosa cena estuvo su magnífica compañía. He de admitir que no hablamos demasiado, solo intercambiamos unas cuantas palabras, en especial cuando me dediqué a hacerle saber cuánto me gustaba lo que había preparado para nosotros. Sorprendentemente, se sonrojó y he de decir que se veía simplemente adorable.

—Como iba diciendo... —La profesora Adriana captó mi atención cuando elevó el tono de voz.

Su cabello corto y peinado hacia atrás siempre la hacía lucir elegante. Sus escasos treinta años y su estilizada figura también ayudaban. Sabía que era la fantasía de muchos de mis compañeros. Digo, la mayoría de los jóvenes tienen un profesor o una profesora por quien sienten algo más que admiración. Yo no tenía un profesor; para eso tenía a mi compañero de asiento.

—Los llevaremos a las universidades más cercanas durante los próximos días. Podrán tener un acercamiento con las carreras que allí se imparten. Esto será de gran ayuda para quienes todavía no tienen claro qué profesión quieren desempeñar.

La mujer se sentó en su escritorio y dejó un pie balanceándose.

—La carrera que escojan seguramente será la que ejerzan durante toda su vida, así que piénsenlo bien. Yo estudié dos carreras por no escuchar a mi madre. Ella siempre me decía: «Lo tuyo es ser maestra». Oh, pero yo, en plena rebeldía, dije: «No, voy a ser enfermera». Como verán, eso no me funcionó.

La ironía de su voz hizo que el comentario sonara como una ligera broma y provocó las risas de la mayoría. Yo no reí, pero sí sonreí. Me gustaba eso de ella. Era ese tipo de profesora capaz de acercarse a los alumnos sin perder su rol.

—Recuerden que sus padres o acudientes deben firmar el permiso para visitar las universidades. Espero que haya quedado claro.

Destapó una botella de agua y bebió antes de proseguir:

—No tengo nada más que decir sobre ese tema. Sigamos con la clase; la literatura ansía que ustedes la conozcan.

Algunos rezongaron. A mí no me gustaba especialmente todo lo relacionado con la literatura; sin embargo, me agradaba el método de enseñanza de la mujer, por lo que siempre me esforzaba y aprendía.

—Oye, Nico.

De soslayo, miré a Trevor.

—¿Qué harás en el descanso?

—Sentarme con los chicos —respondí.

Era lo normal. Lo que siempre hacíamos.

—¿Me acompañas a un lugar?

Giré el rostro hacia él, dejando que mis ojos formularan la pregunta que no me atreví a pronunciar.

—No vamos a salir del instituto. Solo quiero hablar contigo, preguntarte algo. ¿Bien?

—Claro.

Eso era extraño. Por lo general, estaba ansioso por sentarse con Tadeo y bromear sobre nada en específico. También se reía con Carla, aunque ella no solía apartarse demasiado del móvil. Por eso, Trevor se lo quitaba y la hacía patalear de impotencia al no poder recuperarlo. Esa era la única forma conocida de conseguir que se sentara y mantuviera una conversación decente con nosotros.

Las clases continuaron como siempre. Tuvimos un examen sorpresa de cálculo por el que casi todos protestaron, pero no había nada que hacer contra las órdenes de un docente. Las preguntas no fueron un gran problema para mí, aunque vi las gotas de sudor sobre la frente de mi mejor amigo y quise con todas mis fuerzas ayudarlo. Desgraciadamente, no pude. Si el profesor me descubría, seguramente me suspendería sin siquiera tener en cuenta mi buen historial.

El timbre de la hora del descanso resonó con tanta fuerza que debió de escucharse incluso en las casas vecinas al instituto.

Todos abandonamos las aulas.

Como siempre, los pasillos estaban atiborrados de estudiantes que querían ir a la cafetería para comprar algo de comer; otros, simplemente, corrían desesperados hacia el baño. Por mi parte, solo me aseguré de llevar el móvil y la billetera.

Al salir, encontré a Trevor con algunos de sus conocidos del equipo de baloncesto.

—Eh, Nico, ven aquí.

Clint tiró de mí. Aunque no era un tipo especialmente grande, tenía bastante fuerza.

—¿Qué tal va todo? —me preguntó.

Miré a René, que también estaba con ellos, aunque tenía la atención puesta en una chica con lentes que guardaba unos libros en su casillero.

—Genial. ¿Están listos para el partido?

Todos y cada uno de ellos resoplaron.

—El entrenador está volviéndonos locos —se quejó René sin muchas ganas—. Parece un energúmeno.

—Ni que lo digas. —Clint me soltó y entonces pude notar que Trevor no había perdido detalle de la cercanía entre su compañero de equipo y yo—. Necesita coger con mucha urgencia. Eso lo dejaría lo bastante agotado como para no gritarnos durante todo el entrenamiento.



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En el texto hay: romance, drama, primer amor

Editado: 12.07.2026

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