La Corteza del Roble

Capítulo 9

La semana empezó bien. Después de hablar aquel día con Trevor, pareció mejorar y sentirse más tranquilo. Al día siguiente, aunque fue por accidente, miré su celular. Tenía abierto el buscador y estaba analizando las universidades cercanas y sus presupuestos.

Eso me alegró.

Al menos se estaba ocupando de su futuro, que, al igual que el mío, también me importaba y me robaba el sueño. Tenía que conseguir un buen promedio para ser aceptado en una buena universidad y así continuar con mis planes. En realidad, yo no era un tipo de planes demasiado estructurados. Sabía, a grandes rasgos, lo que quería y cómo lo quería; sin embargo, el paso a paso para alcanzar cada uno de mis sueños... Bueno, eso sí que no lo tenía muy claro.

—¿Vienes a animarme hoy?

Miré a mi mejor amigo cuando llamó mi atención. Apenas había pasado por las clases y solo había asistido a la última hora porque el profesor de Química era demasiado estricto. Eso y que él y el profesor de Deportes mantenían una contienda evidente, por lo que no había excusas válidas para los deportistas en sus clases: o asistían o simplemente reprobaban por faltas.

—No tienes ni que preguntarlo. Espero que hagas todas las cestas y que quedarme sin voz por gritar tu apellido no sea en vano.

Sonrió y me guiñó un ojo, acelerando mi pulso durante unos segundos con aquel simple gesto.

—Prometo no decepcionarte —me aseguró—. Solo no hagas coro con Carla. Sus gritos asustan hasta a los árbitros.

Me reí, pero enseguida me cubrí la boca para acallar el sonido. Trevor sonrió y asintió.

—Es la verdad. ¿Me lo prometes?

—Bien, lo prometo. Nada de coros con Carla.

—Es un alivio. Los chicos del equipo también se asustan al escucharla gritar para animarnos. Es como el sonido de una rueda descompuesta y una gallina siendo asesinada.

—Trevor —lo reprendí.

Se inclinó hacia delante y vi cómo sus hombros se movían mientras reía.

—Está bien, pero no estoy diciendo mentiras.

—Como sea. ¿Vienes a casa después del partido? Es noche de películas antiguas con la abuela.

—Joder, me pido una de vaqueros en blanco y negro. Son las mejores.

—Se lo diré. Si ganas, te dejaremos escoger las dos primeras de la noche.

—Genial. Ahora tengo muchas más ganas de ganar.

Se escuchaba realmente animado.

Honestamente, no podía culparlo. La abuela tenía una colección enorme de películas antiguas. Se había convertido en una tradición que, un viernes de cada mes, viéramos películas hasta que nuestros párpados se cerraban y ya no podíamos hacer nada más.

Desde que Trevor descubrió las películas en blanco y negro, simplemente se enamoró de ellas. No entendía por qué le gustaban tanto. No eran malas, pero el empeño que ponía en ver una de esas películas sobrepasaba muchas cosas.

Un recuerdo muy agradable llegó a mi memoria mientras pensaba en ello.

Era el de un niño de cabello negro y ojos marrones, con un sombrero amarillo y un pañuelo rojo atado al cuello, montado sobre un caballo de palo que le había regalado mi abuela. Jamás lo había visto tan feliz como cuando me obligaba a jugar a los vaqueros.

Yo no era precisamente fanático de aquel juego. Solo consistía en hacer sonidos de disparos y luchar contra los inexistentes hombres malvados que intentaban raptar a mi abuela. Sin embargo, verlo tan alegre y enérgico hacía que valiera la pena tolerarlo todo, aunque solo fuera por contemplar su sonrisa sincera.

Durante aquellas tardes también lo ayudaba a subir a la primera rama del viejo roble de mi patio, que fingíamos era un tren que nos llevaba muy lejos mientras contemplábamos el atardecer en el Viejo Oeste, como ocurría en las películas que habíamos visto.

Recuerdo que terminaba agotado y sudoroso, con el pecho subiendo y bajando muy deprisa después de nuestros juegos, mientras la abuela nos mandaba a ducharnos antes de la cena.

El timbre sonó con fuerza, devolviéndome abruptamente a la realidad y a la tarea anotada en el tablero.

Tomé las notas pertinentes y suspiré, agobiado.

Tenía que entregar treinta ejercicios de Química y no era el único deber para la semana siguiente. Iba a ser muy dispendioso hacerlo todo y no fallar en el intento.

Recogí todas mis pertenencias. Antes de marcharse apresuradamente, Trevor me entregó las suyas y me pidió que se las cuidara. No opuse resistencia. Estaba acostumbrado a hacerme cargo de sus cosas cuando tenía entrenamientos o partidos por la tarde.

Al salir al pasillo, percibí varias miradas dirigidas hacia la pared que quedaba a mi izquierda. Giré la cabeza y me sorprendió encontrar a Melissa recostada contra el muro blanco.

Le sonreí mientras, de soslayo, notaba que todos los que pasaban y salían del salón la miraban. Debía de ser una anomalía poco habitual, algo así como una estrella fugaz.

Por su parte, ella actuó con total confianza. Me tomó del brazo y me dedicó una sonrisa coqueta. Pestañeó varias veces y yo solo pude reírme, olvidándome de todos los ojos curiosos.



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En el texto hay: romance, drama, primer amor

Editado: 12.07.2026

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