Después de ocuparme de calcular correctamente el presupuesto para hacerle el favor a Tadeo, Melissa y yo fuimos a comprar un batido. No dejaba de sorprenderme lo bien que nos desenvolvíamos hablando el uno con el otro. Una amistad de apenas unos días parecía una de años por las conversaciones que teníamos.
—Cariño.
La abuela me hizo girar la cabeza. La miré y me sorprendió verla tan arreglada para salir. Llevaba una botella de vino en una bonita bolsa de color rosa y un libro dentro de una envoltura de papel.
—Voy a reunirme con las chicas para una noche de ajedrez. ¿Estarás bien por tu cuenta?
Le sonreí con ternura y asentí.
—Claro que sí. No tengo cinco años. Seguro que puedo defenderme en tu ausencia —pestañeé exageradamente—. ¿No estarás para nuestra noche de películas?
Sus cejas, ligeramente retocadas para la ocasión, se arrugaron, creando tres zanjas de piel en su entrecejo.
—Oh, cariño, lo olvidé por completo.
Se llevó una mano al centro del pecho y me demostró cuánto le afectaba haber pasado por alto nuestro día tradicional.
—Cancelaré con las chicas.
—No, no lo hagas. Ya te has arreglado. Creo que Trevor y yo sobreviviremos sin ti por una noche. No tienes que angustiarte; seguro que las chicas te echarían de menos si faltas a su reunión.
No estaba completamente convencida, así que me vi obligado a añadir:
—Algún día volaré del nido y entonces ya no tendrás que sentirte atrapada, así que ve de una buena vez, abuela.
—No digas eso. —Se acercó y me despeinó con delicadeza—. Suena como si tu presencia me molestara y jamás ha sido así.
Su expresión sincera me decía que era verdad.
—Además, no hables de volar del nido. Solo imaginarlo me pone nerviosa.
—Algún día llegará.
Se inclinó y besó mi cabeza.
—No quiero pensarlo. No sé qué voy a hacer sin ti aquí.
Un aguijonazo me estremeció el pecho. Yo tampoco sabía qué sería de mí cuando comenzara la universidad y me mudara a un dormitorio estudiantil.
—Ya veremos cómo sobrevivir, abuela.
Le obsequié mi mejor intento de sonrisa. No me dijo nada; se ajustó la correa de su bolso de marca sobre el hombro y habló:
—No quiero llegar tarde, así que me iré de una vez. Por cierto, si preparan palomitas, asegúrense de limpiar los platos y no dejen restos ni basura en los sillones.
—Prometido —le dije—. Saluda a las chicas de mi parte.
Abandonó el estudio que antaño había sido suyo y que ahora era de mi propiedad para hacer cuantas tareas tuviera.
Me sentí orgulloso de mí mismo al ver las hojas de respuestas. Tenían varios borrones, pero todos los problemas de Química estaban resueltos y el ensayo de Historia, escrito. Solo faltaba hacerle una revisión adecuada para corregir la ortografía y la gramática.
De reojo, observé una fotografía sobre una mesa cercana a la ventana que daba al patio. Sonreí al ver a mi abuela y a «las chicas», como ella las llamaba. Yo también había aprendido a hacerlo después de escucharla tantas veces.
Las cinco mujeres llevaban siendo amigas desde hacía más tiempo del que podía recordar. Las molestaba diciéndoles que sus aportes a las ciencias habían permitido el desarrollo de las civilizaciones contemporáneas. Ellas solo se reían de mí y me devolvían la broma.
Nos conocíamos desde hacía demasiado tiempo para que no fuera de ese modo.
La primera que conocí fue Georgia, una mujer de piel oscura y cabello corto. Había estudiado Derecho y litigado durante muchos años, dedicándose a la defensa de los menos favorecidos. Siempre me daba regalos increíbles en mis cumpleaños.
A Vivi, Marah, Claudin y Brillita las conocí durante la primera Navidad que pasé con la abuela. Al principio me sentí intimidado por ellas; sin embargo, poco a poco fui adaptándome a sus personalidades y maneras de ser.
Una de mis favoritas era Brillita. Era tan elegante como indecente. Había sido directora de una popular universidad en otro estado hasta su jubilación. Cuando era más pequeño, me contaba confidencias de los tiempos en los que había sido una conquistadora empedernida de hombres. También la apreciaba porque era una de las pocas personas que conseguía hacer reír muchísimo a Trevor. Ella siempre le decía que era hermoso a su particular y brusca manera, y él se divertía cuando hablaban.
Mi móvil vibró, consiguiendo que apartara la mirada de la fotografía.
Leí un mensaje de Tadeo recordándome que faltaba una hora para el partido.
Me puse de pie y organicé los papeles. No era mi quehacer favorito. En realidad, era perezoso y no me gustaba ordenar, pero la abuela siempre me recordaba la importancia de mantenerlo todo limpio. Decía que no era para que los demás lo vieran, sino para que yo pudiera disfrutar de un ambiente agradable.
No podía discutir con ella.
No cuando me decía las cosas de buena manera.
Cuando terminé de guardar todos mis deberes y útiles, me duché y cambié de ropa, procurando estar presentable para animar a mi mejor amigo en su tan esperado partido.