Es absurdo ilusionarme con la idea de verlo cruzar el salón en cualquier momento y, aun así, no puedo evitarlo.
Me repito que no debería esperar nada, que estos años tendrían que haber sido suficientes para apagar cualquier esperanza, pero la posibilidad de que aparezca se queda en mi pecho sin pedir permiso. Intento convencerme de que estará con alguien más, de que ya no será el mismo, de que el tiempo lo habrá cambiado.
Tal vez solo quiero verlo, no para hablar ni para recuperar lo que tuvimos, sino para enfrentar la realidad tal como es ahora. Necesito comprobar que sigue siendo él y no la versión que mi memoria ha construido durante estos años, porque hubo noches en las que su ausencia fue tan pesada que terminé aferrándome al recuerdo, moldeándolo a mi manera para poder soportar el dolor.
Una mano se posa sobre mi hombro y mi cuerpo tarda un segundo en reaccionar. Escucho mi nombre entre la música y las voces del salón, pero sigo mirando al frente, como si quedarme quieta pudiera mantener todo bajo control. Pero la voz insiste hasta que finalmente vuelvo.
—Clara, Clara.
Giro la cabeza y encuentro a Lisa a mi lado, vestida de blanco, brillante y desbordada. El vestido se ajusta a su cuerpo con una elegancia natural, y su sonrisa amplia apenas logra esconder el cansancio en su mirada.
—¿Estás bien? No te he visto en toda la noche y ya casi es hora de lanzar el ramo.
Ríe más de lo necesario y el olor a alcohol llega antes que sus palabras. Sus ojos están rojos, el labial un poco corrido, pero su felicidad es evidente, casi contagiosa.
—Veo que te la estás pasando muy bien, Lisa —respondo con una sonrisa pequeña.
Asiente con demasiada emoción, haciéndola perder el equilibrio. La sostengo antes de que caiga y siento su risa vibrar contra mi brazo. Dice algo que no logro entender porque sus palabras se pierden entre aplausos y música. Pero, solo me limito a darle una sonrisa ligera, sin estar segura de qué más responder.
Con todas sus fuerzas, se dirige hacia la pista de baile, donde su esposo la recibe con los brazos abiertos. La veo fundirse entre luces cálidas y cuerpos que se mueven al ritmo de la música hasta que desaparece por completo, absorbida por la celebración. Me quedo inmóvil unos segundos, sintiéndome extraña en medio de todo, como si la fiesta avanzara sin notarme. De manera inconsciente me acomodo el vestido, intentando ocupar mis manos en algo que me distraiga, alisando la tela una y otra vez.
Bajo la mirada y descubro una mancha extendiéndose en la parte delantera del vestido. El líquido pegajoso me devuelve al presente con una claridad incómoda, como si alguien me hubiera sacudido. Intento limpiarlo con una servilleta, pero solo consigo frotar la tela sin resultado.
Trago saliva, aprieto el bolso contra mi costado y camino hacia el baño con pasos más rápidos de lo que quisiera admitir. No busco solo agua y un pañuelo limpio. Busco un espacio donde respirar, donde nadie me mire, donde pueda recomponerme antes de que algo más se derrame.
El espejo me muestra un caos elegante: damas de honor apoyadas sobre los lavamanos, risas desordenadas, delineadores que no logran seguir una línea recta. El olor a alcohol lo llena todo. Humedezco un pañuelo y limpio con cuidado la tela hasta que la mancha se borra por completo, como si nunca hubiera estado ahí.
Levanto la mirada hacia mi reflejo. El maquillaje sigue en su lugar, el cabello intacto, pero mis ojos no. Se ven lejanos, como si llevaran horas esperando algo que no termina de llegar. Apoyo las manos sobre el mármol frío y respiro hondo, intentando calmar el ruido que viene de dentro.
Salgo del baño con la sensación de que necesito aire, como si el ruido del salón hubiera empezado a cerrarse a mi alrededor. Intento regresar a mi mesa, pero a mitad del camino noto una puerta lateral entreabierta; por ella se cuela una corriente fresca que contrasta con el calor y el perfume pesado del interior. Sin pensarlo demasiado, cambio de dirección y la cruzo, dejando atrás la música y las voces.
El aire frío me golpea el rostro y respiro con más profundidad, agradeciendo el silencio momentáneo. Entonces el olor a cigarro, mezclado con un perfume inconfundible, me alcanza. Es reciente, intenso, y algo dentro de mí se detiene al reconocerlo. No es solo el aroma, es todo lo que despierta: una memoria que no pasa por la razón, sino por el cuerpo. Mi respiración se altera apenas, los hombros se me tensan y, antes siquiera de levantar la mirada, ya lo sé.
Está ahí.
Giro la cabeza y lo encuentro apoyado contra la pared, medio oculto por la sombra. La luz apenas toca su perfil, dibujando los contornos que conozco de memoria y que, aun así, se sienten lejanos. Lo observo aunque intento convencerme de que no lo hago. Lleva un traje oscuro perfectamente ajustado, la camisa ligeramente abierta en el cuello y la barba más marcada de lo que recuerdo, como si los años hubieran decidido dejar huella en él. Hay algo más firme en su postura, más contenido, una quietud distinta que no le conocía, como si el tiempo lo hubiera vuelto más reservado, más difícil de leer.
Es él.
Y al mismo tiempo, es la versión de él que creció lejos de mí.
Levanta la mirada.
El instante se vuelve frágil, suspendido, como si el mundo contuviera la respiración junto conmigo. Nuestros ojos se encuentran y siento un golpe seco en el pecho, una mezcla de reconocimiento y pérdida que me atraviesa.
La música, las voces, el frío de la noche, todo se vuelve lejano. Solo existe esa distancia corta entre nosotros, cargada de cinco años de silencio.
James.
El nombre que más temía y, al mismo tiempo, el único que llevaba toda la noche esperando encontrar.
Aparto la mirada con rapidez, como si sostener la suya un segundo más pudiera desarmar todo el equilibrio que he fingido tener. Me obligo a mirar el jardín oscuro, las sombras de los árboles, cualquier cosa que me permita aparentar indiferencia, pero su presencia se impone de todas formas. No necesito verlo para sentirlo; está en el aire que compartimos, en el silencio espeso que se instala entre nosotros, en la manera en que mi cuerpo se mantiene en alerta.