La cuevas de Roth

Las cuevas de Roth

 

El sol se alzaba en el centro del cielo. Un cielo claro y con algunas nubes moviéndose con lentitud. Debajo, había varias casas, y en una de ellas, se escucha la llamada de un teléfono.

—Henry, ¿Ya estás listo?— preguntan al otro lado de la llamada.

—Sí, estoy listo. Sólo déjame ver que mi madre esté dormida.

—Bueno, apresúrate, estamos por llegar a tu casa.

La llamada se corta.

Henry toma su mochila y revisa por tercera vez si lleva lo necesario. Comienza a nombrar cada objeto en voz baja, el bloqueador solar, unas zapatillas viejas, el repelente para mosquitos, una navaja multiusos, y finalmente dos botellas de agua. Todo estaba listo.

Se colocó una gorra de color rojo, y cargó las mochilas en sus brazos.

Salió de su cuartó, cerró la puerta con delicadeza y con pasos sigilosos se acercó al cuarto de su madre. Giró la perilla lentamente, la puerta se abrió con un seco chasquido, para después asomarse.

Su madre dormía sobre su cama, aún tenía esa ropa que le desagradaba mucho a Henry. Caminó hacia ella y la tapo, despidiéndose con un beso en su frente.

No le gustaba para nada el trabajo de su madre, todas las noches debía salir a trabajar en un bar como una especie de camarera, pero con una ropa muy pegada y corta. Sin embargo, a pesar de la amargura, lo aceptaba. Porque era su trabajo, a pesar de no comprender el por qué no buscaba otro tipo de empleo. Además, el dueño de aquel bar se había interesado en ella, y de no ser por eso… todas las deudas en casa habrían generado muchos problemas.

—Bueno…— suspiró.

“Que puedo saber yo con 15 años” pensó para luego retirarse de la pieza.

Bajó las escaleras y antes irse, se dirigió a la cocina y tomó una manzana, tenía hambre. Por suerte su hermana había cocinado antes de salir con su novio, así que todo en la casa era tranquilidad.

Entonces tocaron la puerta, Henry se sobresaltó en el umbral, entre la sala y la cocina. Caminó con rapidez y abrió.

—Peter que te sucede —dijo molesto.

—Nada, por qué no te apresuras.

—Le dijimos que no lo hiciera— agregaron Luis y Francis.

—¿Estás listo?— preguntó Peter.

—Siii, ya vamos.

El grupo de cuatro adolescentes caminaron por la calle, con destino hacia la montaña que se encontraba a unos cuantos kilómetros. Era un montaña que tenía un llamativo color verde por la vegetación, además que en la parte superior, estaba poblada por un denso bosque.

—¿Quién trae comida?— dijo Peter.

—Yo— contestó Louis colocándose la mochila en el pecho y sacando un sándwich envuelto en una bolsa de papel, — ten, come y no molestes hasta llegar.

—Trajiste más para todos ¿no?

—Claro.

—¿Realmente creen que esa cueva aún siga allí?— preguntó Francis con el celular en la mano y observando el mapa.

—Pues sí— dijo Peter — No creo que pueda caminar.

Los cuatro rieron a carcajadas.

Henry caminaba sin decir nada, solo veía la montaña que poco a poco crecía, mientras se acercaban más.

—Oye Henry porque estás tan callado.

—Porque no tengo nada importante que decir.

—No creo, que ha pasado, cuéntanos— dijo Peter colocando su brazo en el cuello de Henry y él se aparta.

—Anoche regresó mi padre, estaba muy molesto y creo borracho.

—Oh mierda— exclamó Louis.

—Y que pasó— inquirió Peter muy atento

—Nada… llegó y tocaba la puerta muy fuerte, y mi hermana habló con él. Quería ver a mi madre de nuevo. Al final se fue, pero creo que los vecinos se molestaron mucho.

—Oh y, ¿tu madre sabe lo que pasó?— preguntó Luis.

—No, no le vamos a decir, pero creo que al final se va a enterar.

Los cuatro guardaron silencio por un momento.

—Pero no importa. De todas maneras mi madre ya no tiene nada que ver con él.

Entonces Francis se detuvo y dio un giro hacia la derecha. Aquí la avenida se con cruzaba con otra y formaban una cruz.

—Vamos por aquí— dijo Francis.

El grupo cruzó la calle sin problemas y siguieron su recorrido.

En todo el camino hacia la montaña, conversaban de temas triviales. Hacían bromas y corrían por las aceras. A veces empujaban a las personas que transitaban y se reían escapando.

Cuando ya veían unas escaleras de piedra escondidas detrás de unas casas, la cual llevaba a las faldas de la montaña. Peter preguntó:

—Francis, trajiste algo para cortar las cadenas  ¿no?

Francis, quien ya había guardado su celular y se había quitado el gorro mostrando su cabellera con rulos, respondió:

—Sí, traje un napoleón.




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