La Daga y la Rosa

Prefacio

El tintineo de las manecillas del reloj alternando en sus posiciones llenaba la reducida oficina de trabajo.

El crepúsculo deslumbraba a través de las ventanas de cristal de la modesta cabaña, matizando de luces naranjas y amarillas el interior que alumbraban la figura del hombre de gafas delgadas y manos desgastadas.

Entornó ligeramente los ojos para finalizar el ajuste de la última tuerca en la corona del artefacto con la ayuda de aquel viejo destornillador. Al acabar, afirmó las piezas en su sitio y lo cerró con gentileza. Una sonrisa cruzó por sus labios al levantar el fruto de su dedicación a la distancia del sol.

Sin embargo, en el momento que lo probó, oprimiendo el botón superior para verificar la funcionalidad del dispositivo, las tuercas se soltaron nuevamente y algunos de los resortes saltaron en el aire, formando un relieve entre las cejas canosas del hombre que dejaba entrever su clara frustración y decepción.

—Diablos… Esta tonta cosa —se quejó en voz baja.

—Es la séptima vez que te sucede.

El señor, acomplejado por la edad, se irguió en su silla y volteó a mirar a su nieto mayor parado en el umbral de la puerta.

—Lo es, ¿cierto?

El niño se aproximó a él, esquivando los objetos regados por el suelo para rodear el escritorio y detenerse a su lado, presenciando de primera mano el desorden por toda la superficie del cuarto.

—¿Cuándo te rendirás? —Su pregunta no contenía malicia, más bien verdadera curiosidad.

Su abuelo comenzó a reacomodar sus herramientas.

—La paciencia es la fortaleza de los débiles y la impaciencia es la debilidad de los fuertes, muchacho —le dijo, agitando el dedo en el aire.

Sin decir nada, las esquinas de su boca se curvaron hacia arriba, algo entretenido por las peculiaridades de su abuelo. Acostumbrado, más que nada. Sacudió la cabeza, contemplando los fragmentos del reloj sobre la mesa.

—¿Por qué te empeñas tanto en arreglarlo, abuelo? ¿No es un poco viejo ya?

—Se lo prometí a alguien —contestó, suspirando—. Y sabes que yo siempre cumplo mis promesas.

—Bueno, con todo este trabajo acumulado, la paciencia no bastará en algún momento, tampoco el tiempo —repuso, señalando los libros apilados a los costados, cajas de antigüedades, papeles y otros instrumentos de trabajo.

El abuelo hizo reconocimiento de todo esto. Era cierto, acostumbraba a encerrarse en su despacho para resolver los pendientes que se prometía acabar, pero terminaba empezando otros que dejaba a medias. Era un ciclo que no parecía tener fin.

—Mira eso. Parece que tienes razón —murmuró, llevando sus manos a sus rodillas al contemplar sus alrededores antes de finalmente volverse hacia él—. Un momento, ¿qué haces aquí? ¿No deberías estar en la cama?

Su nieto empinó las cejas, apoyando los codos en el borde del escritorio.

—También habías dicho que nos leerías un cuento antes de dormir, ¿lo olvidas?

—Oh… Sí —recordó, de pronto, frotando la barba de su mentón con una expresión pensativa—. Vaya. No estoy haciéndome más joven, definitivamente.

Entonces, se puso de pie y se quitó el delantal que traía puesto para dejarlo colgando en alguna esquina. Respiró hondo y se preparó para salir de la oficina junto a su nieto, cerrando la puerta tras de ellos.

Avanzaron por el angosto pasillo, rumbo a la habitación que los pequeños compartían cada vez que pasaban la temporada en su hogar. Era el mágico epicentro de todas sus peripecias, como solía decir el abuelo. Aunque no era lujosa, contaba con todas las comodidades necesarias. Aún recordaba cómo había dispuesto cada espacio para los niños, especialmente pensando en las noches, cuando llegaba el momento de sus famosas lecturas.

Al entrar, de inmediato captó las figuras de dos niños, uno encima del otro, intentando alcanzar el estante más alto de su librero.

Por otro lado, una niña los miraba con escepticismo puro desde la comodidad de la cama.

—Vamos, súbeme más. —Los escuchó, forcejeando por mantener la posición al estirar el brazo hacia arriba—. Rayos. Eres muy bajito.

—Eso ni siquiera tiene sentido, medimos lo mismo —discutió el de abajo a su hermano, al que sostenía sobre sus hombros—. Te dije que yo debía subir...

—¿Qué sucede aquí? —exclamó enseguida el hombre mayor.

Ambos se giraron hacia su abuelo, perdiendo el equilibrio y cayendo al suelo de manera abrupta con un ruido seco.

Su nieto mayor exhaló pesadamente, cruzando sus brazos sobre su pecho al mirar la escena compuesta por sus hermanos con una mueca de desaprobación.

—Les dije que no lo lograrían —masculló su única nieta, acomodándose entre las almohadas con su propio libro.

Sacudió la cabeza en incredulidad antes de acercarse a socorrer a ambos niños. Con quejidos de por medio, lograron reponerse. Los ayudó a ponerse de pie, y ambos lo miraron hacia arriba con grandes ojos de arrepentimiento.

—¿Qué creían que estaban haciendo? —les cuestionó, llevando las manos a sus caderas.

—Bueno, es que… Solo queríamos elegir un libro antes de que llegaras —explicó uno de sus nietos, el menor.



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En el texto hay: thriller, satira, slowburn

Editado: 05.04.2026

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