REINO DE WEINBERG.
«Cuando la vida te da limones, haz limonada», suelen decir.
Bueno, la frase nunca antes había cobrado tanto sentido como en mi caso.
Mi atención estaba puesta en los movimientos de mi mano alrededor de la cuchara de madera que manejaba con ensayada precisión, asegurándome de sostener el recipiente con la mezcla en la que estaba trabajando con los otros dedos.
La luz del sol que entraba por las ventanas abiertas frente a mí iluminaba mi mesa de trabajo y llenaba la habitación con su calidez matutina.
Pese al esfuerzo adicional que demandaba hacer espacio en mi horario habitual para cumplir todos mis quehaceres, parte de mí disfrutaba plenamente elaborar mis propios productos por sobre otras.
Al fin y al cabo, esos eran los raros momentos en que me encontraba a solas en un silencio cómodo, sin que nadie me diera órdenes. Aunque era consciente de que, una vez que me encerraba a mi rutina desde que me despertaba temprano por la mañana, tendía a perder la noción del tiempo un poco.
Si bien me gustaba considerarme una persona multifuncional, debía admitir que mi capacidad para trabajar bajo presión no era una de mis mayores fortalezas, lo me llevaba a encontrar cada momento oportuno del día para trabajar con paciencia o me desesperaría.
Emití un suspiro al detenerme brevemente, sintiendo la necesidad de liberar la presión en mi muñeca. Luego, dejé el instrumento a un lado y agarré el envase, acercándolo a mi rostro para inhalar la fragancia que empanada de la mezcla pastosa.
Al cabo de una minuciosa inspección, asentí con la cabeza, convencida. El resultado era mucho mejor que lo que había logrado en cuestión de días, lo cual personalmente consideraba un logro razonable en comparación con las semanas que me tomaba inicialmente.
Finalmente, alcancé una pequeña botella de cristal que yacía al final de mi escritorio y retiré el tapón que la cubría. Era la más presentable que tenía, y no iba a dudar en usarla, por lo que vertí cuidadosamente el contenido dentro, acordándome de no dejar fuera ni una sola onza.
—Estoy segura que a la reina le gustará —susurré para mí misma con satisfacción.
«O eso espero». Pensé, sin poder evitar que una repentina sensación de nerviosismo me invadiera.
De cualquier manera, tenía prisa y no tenía tiempo para perder dándole vueltas a todo como acostumbraba.
Sacudí la cabeza para alejar los pensamientos negativos, tomé una pluma y lo sumergí en tinta para empezar a escribir en el diario que tenía delante.
Cada vez que terminaba una receta, era importante anotarlas en las páginas de aquel cuaderno que siempre llevaba conmigo o la olvidaría; eran los registros de cada una de mis observaciones sobre las preparaciones que realizaba y todo el proceso de perfeccionarlas hasta obtener el resultado final.
Cuando terminé, cerré mi cuaderno y me puse de pie. Sellé la botella de vidrio y la envolví en una fina tela de satén para protegerla del exterior y, por qué no, para que tuviera mejor presentación.
Con pasos deliberados, me dirigí hacia la puerta, cruzando el umbral con el suave chasquido de mi llave antes de iniciar mi recorrido por el pasillo del área de personal.
Esa parte del palacio, reservada para la servidumbre, siempre era un poco más oscura, por no decir más lúgubre, que el resto del lugar. Era una forma muy implícita, aunque efectiva, de dejar establecido los límites.
Tras recorrer al menos quince metros, llegué al vestíbulo de las dependencias del personal, que conectaba la cocina con el patio trasero, la única entrada y salida para nosotros, y tomé un atajo por el pasaje que conducía directamente a la residencia real.
Contrario a la creencia popular, el palacio no gozaba de una extraordinaria relevancia.
La última guerra, que tuvo lugar hace menos de una década, dejó profundas cicatrices que aún se podían apreciar en las paredes rocosas y su debilitada infraestructura; prueba no solo del paso del tiempo, sino también de los difíciles períodos que el país había atravesado.
Desafortunadamente, esa situación no excluía a la realeza.
Respiré hondo al ascender el último escalón y avancé por el camino que conducía a los aposentos privados de Su Majestad. Mientras lo hacía, me percaté de las mucamas moviéndose con rapidez a lo largo de los pasillos desde el comedor hasta la gran sala de estar real.
Estaban más ajetreadas de lo normal. Qué raro.
Apenas me di cuenta de que, cuando aparté la mirada, choqué contra algo de cara.
La fuerza del impacto me hizo jadear, y el momentáneo dolor se convirtió en sorpresa al perder el equilibrio y sentir cómo mi cuerpo respondía a la inercia, empujándome hacia atrás.
Un pie fue detrás del otro y mis brazos aletearon en el aire, pero justo en ese instante, una mano intrépida se estiró y me agarró de la cintura, impidiendo que cayera y permitiéndome recuperar la estabilidad.
Tardé uno, dos, quizás tres segundos en enterarme de que no había chocado con algo, sino con alguien.
Pero la oleada de adrenalina que aceleró mi pulso no me dejó identificar a la persona con claridad; en cambio, suspiré de alivio.