La dama de compañía falsa

11

Temiendo escuchar cualquier objeción, la joven apretó el paso hacia el castillo, huyendo como si lo hiciera de un barco a punto de naufragar. Cruzó velozmente el jardín y se deslizó por las puertas abiertas hacia el interior. Atrás quedaron los dos hombres. No alcanzaba a entender las palabras que intercambiaban, pero desde la glorieta aún le llegaba el eco distante de sus voces.

A medida que avanzaba por el corredor, Amaya sintió una cosquilla extraña sobre el pecho, como si unas patas diminutas caminaran rápidamente sobre su piel. Asustada, tiró hacia abajo de la tela del escote y descubrió que se trataba de una araña. Plateada. El broche que le había entregado la reina había cobrado vida y ahora ascendía con agilidad hacia su clavícula. Tras alcanzar la piel descubierta, la criatura volvió a saltar sobre la tela del vestido, descendió a toda prisa y echó a correr por el pasillo.

Una vez recuperada del desconcierto, Amaya salió en su persecución. Necesitaba atraparla, ocultarla y descubrir qué demonios estaba ocurriendo. La araña se escurrió por una puerta entreabierta y la muchacha se lanzó tras ella. Se encontró de pronto en el vestidor de la reina: una estancia repleta de percheros con vestidos ostentosos, joyeros repletos en las estanterías y filas de calzado primorosamente alineados. La araña se dirigió directo hacia los cofres, pero una voz imperiosa retumbó a sus espaldas:

—¿Qué hace aquí? ¿Ha decidido robar a la reina?

Amaya se giró de golpe. Aidan aguardaba en el umbral, clavándole una mirada implacable. La joven intentó excusarse de inmediato:

—¡Por supuesto que no! ¿Cómo puede pensar semejante cosa? La reina me ordenó traerle una joya, un broche plateado con forma de araña.

—Para eso dispone de sus camareras de alto rango.

—No me atrevo a cuestionar los mandatos de Su Majestad. Por alguna razón, decidió encomendarme esta tarea a mí.

Aidan dio un paso hacia el interior. Cada uno de sus movimientos sembraba una chispa de inquietud en el pecho de la muchacha, haciendo que su corazón se desbocara. Con su sola presencia, la pequeña y oscura estancia parecía volverse sofocante. De forma instintiva, Amaya fue retrocediendo hasta que su espalda tropezó contra una de las estanterías. El duque se aproximó hasta quedar peligrosamente cerca; en sus ojos ardía una tormenta de furia contenida. La joven no lograba comprender por qué su presencia en el vestidor despertaba tal enojo en él.

El aliento cálido del hombre le rozó las mejillas cuando este murmuró:

—¿A mitad de la noche? No me creo ni una sola de sus palabras. La camarera a cargo conoce perfectamente en qué cofre se guarda cada pieza. Además, estoy seguro de que un asunto así habría podido esperar sin problemas hasta la mañana.

Era evidente que la reina ya dormía y Amaya era consciente de ello. Parecía que su improvisada mentira había llegado a su fin. En ese instante, divisó a la pequeña araña plateada posada sobre uno de los cofres y se abalanzó hacia ella. El diminuto ser brincó hacia otra caja y luego se deslizó por uno de los vestidos que colgaban de los percheros. Amaya intentó atraparlo, pero la escurridiza criatura se internó en la manga del traje. La joven colocó la palma de la mano bajo la apertura, esperando que la araña saltara.

—Ayúdeme a atraparla, por favor. Se ha metido en la manga.

—¿Para qué la quiere? —Aidan ni siquiera se inmutó.

La muchacha decidió arriesgarse, confiar en él y revelarle la verdad:

—En realidad, regresaba a mis aposentos cuando la joya que la reina nos entregó a las candidatas para que la custodiáramos cobró vida. Lo que hace un segundo era un simple broche echo a correr por el pasillo y se metió en este cuarto. Debo atraparla; de lo contrario, ¿cómo le explicaré a la reina que he perdido su joya?

Aidan dio un paso al frente y sacudió la manga del vestido con firmeza. La araña cayó directo sobre la palma de Amaya, quien la cubrió al instante con la otra mano. Las diminutas patas cosquilleaban contra su piel.

—No podré sostenerla por mucho tiempo, está intentando escaparse.

Aidan tomó un pequeño estuche de la estantería, vació sin miramientos las joyas que contenía y se lo extendió a la joven. Amaya depositó allí a la criatura y cerró la caja de golpe, celebrando en silencio su victoria. Ahora solo quedaba averiguar cómo demonios había cobrado vida, pues aquello era sin duda obra de la magia.

Apretando el estuche contra su pecho, vio cómo Aidan se pasaba una mano por el cabello con gesto de cansancio:

—Jamás me había visto en la necesidad de andar hurgando entre los vestidos de la reina. Por lo general, las damas temen a las arañas y las encuentran repugnantes, pero usted se lanzó a perseguirla sin dudarlo.

—Ella no tiene la culpa de haber nacido así —respondió Amaya con suavidad—. Por desgracia, la belleza no es algo que la naturaleza le conceda a todo el mundo.

El hombre entornó los ojos con recelo. Se aproximó hasta acorralarla, apoyando ambas manos en la estantería a cada lado de la muchacha. Sus ojos oscuros la examinaron con una intensidad sofocante, recorriendo minuciosamente cada rasgo de su rostro. El rostro de Amaya ardía y el pecho se le oprimía por los nervios.

Aidan dejó escapar un pesado suspiro:

—Te pareces tanto a ella...

—¿A quién? —inquirió la joven, temiendo la respuesta.

¿Acaso Aidan había descubierto su identidad? ¿Sospechaba que ella era en realidad Amaya, la prometida a la que buscaba para romper el compromiso? Pero el duque pareció ignorar su pregunta y continuó con el interrogatorio:

—¿Qué es exactamente lo que hay entre el príncipe Alberto y usted?

—Nada —respondió ella, mordiéndose el labio con nerviosismo—. Simplemente me invitó a dar un paseo.

—Alberto jamás invita a nadie solo por cortesía. ¿Le agrada recibir su atención?




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