La elegancia de Álora Craiglesteir era una declaración en sí misma. Su nombre, una amalgama extraña y sonora, y su porte, impecable y reservado, generaban más preguntas que respuestas. Quienes la conocían intuían que tras esa fachada de mujer distinguida se ocultaba algo profundo, algo que desafiaba la simple apariencia.
Álora, una mujer de raza negra con rasgos que hablaban de continentes cruzados, llevaba con orgullo un origen que muchos se empeñaban en poner en duda. Ante los murmullos y las preguntas indiscretas, ella afirmaba con serena firmeza descender de una rama noble escocesa, los Craiglesteir, una afirmación que sus interlocutores recibían con escepticismo cortés. Pero su árbol genealógico, aunque sorprendente, no era su único secreto.
Su verdadera peculiaridad residía en un don heredado, tan antiguo como su linaje. Álora poseía la capacidad de percibir y, en cierta medida, interactuar con las sombras del pasado que se aferraban al presente. Estos ecos, vestigios de emociones intensas o eventos trágicos, se manifestaban a su alrededor como susurros casi audibles y presencias fugaces. Ella los llamaba "las reminiscencias".
La vida de Álora transcurría con normalidad entre galerías de arte y archivos históricos, donde trabajaba como asesora de antigüedades, un entorno perfecto para su sensibilidad. Su existencia ordenada se ve alterada cuando es contactada para autentificar una colección privada recién heredada por un acaudalado heredero, Otto Brownster. Entre los objetos, destaca un relicario victoriano de ébano y plata, un artefacto que emana una "reminiscencia" de una potencia y una tristeza abrumadoras.
Al investigar su procedencia, Álora descubre que el relicario está vinculado a un hecho oscuro en la historia de la propia familia Craiglesteir: la desaparición nunca resuelta de Elspeth Craiglesteir en 1891. La sombra que emana del objeto no es un mero recuerdo pasivo; es una presencia activa y sedienta, que comienza a perseguirla más allá de los límites de su percepción habitual, materializándose como una figura espectral que los demás confunden con la propia Álora: una dama de negro.
Atrapada entre el escepticismo de Otto, quien ve en sus advertencias solo superstición, y la creciente amenaza de la entidad, Álora debe desentrañar la verdad del pasado para liberar el presente. Su búsqueda la llevará a confrontar no sólo los secretos de su ancestro, sino también la naturaleza de su propio don. Para sobrevivir, deberá aceptar que su herencia es mucho más que un apellido; es la llave para enfrentarse a una sombra que ha esperado décadas por alguien como ella, alguien que pueda verla y, tal vez, detenerla. La elegancia, al fin, será su armadura, y su mirada, el único canal hacia la verdad.