La Dama de Negro

PRÓLOGO.

El polvo de siglos pesaba en el aire del estudio de Otto Brownster, un aire espeso y quieto que sólo alteraba el leve crujir de las páginas que el hombre manipulaba con una mezcla de devoción y desesperación. Montañas de documentos prestados de la Biblioteca Municipal se alzaban a su alrededor, fortalezas de papel cuyas murallas parecían a punto de derrumbarse sobre él. Se hundía en la genealogía de las familias fundadoras de la ciudad, un trabajo meticuloso y, hasta ese momento, terriblemente monótono. Hasta que una discreta irregularidad en los registros de pasajeros del puerto, fechada en 1889, le hizo fruncir el ceño. Un nombre, tachado con furia y luego reescrito a un costado con letra diferente: Craiglesteir.

En ese momento de concentración absorta, la puerta del estudio se abrió de par en par. No hubo golpe, ni aviso. Solo la repentina invasión de la luz del pasillo y la silueta de su asistente, Silas Vane, recortada en el marco. El muchacho, flaco y de mirada siempre hambrienta, más dado a devorar biografías de figuras históricas que a ocuparse del orden mundano, solía estar sumido en sus propias pesquisas. Solía anunciarse. Aquel día no.

—Caramba… ¿qué es todo esto? —preguntó, su voz un susurro de genuina preocupación y asombro mientras sus ojos recorrían el cataclismo de papeles, los libros de historia y arte apilados como acantilados a punto de desmoronarse en el otro extremo de la habitación.

Otto no levantó la vista del documento. La intrusión lo irritó, rompiendo el delicado hilo de concentración que estaba siguiendo.

—¿A qué viniste? —preguntó, esquivando limpiamente la pregunta de su asistente—. Y no me digas que a criticar mi desorden o el desastre convertido en desorden —añadió, haciendo que cada palabra llevara el peso de su seriedad. No era momento para contemplaciones.

Silas pareció sacudirse, recordando de pronto su propósito. Avanzó unos pasos, pisando con cuidado entre los folios esparcidos como hojas otoñales. En su mano llevaba un sobre de papel manila, grueso y prometedor.

—Perdón, profesor Brownster. Es solo que… esto llegó para mí. De la Sociedad de Historia de Northford. —Una chispa de excitación iluminó sus ojos, usualmente sombríos tras sus gafas—. Han recibido una donación privada, una colección de cartas y diarios personales de una figura… bueno, de origen desconocido, pero con indicios de haber sido alguien muy relevante en los círculos culturales de finales del siglo pasado. Quieren que investigue y redacte la reseña histórica, la biografía preliminar. Es mi oportunidad, profesor. Necesito viajar allí, a Northford, para examinar los documentos in situ. Sólo serán unos días.

Northford. El nombre resonó en la mente de Otto con un eco extraño. Una ciudad costera, gris y azotada por el viento, a tres horas de tren. No era un destino glamuroso. Pero entonces, su mirada, casi por su propia voluntad, volvió a posarse en el nombre garabateado en su documento: Craiglesteir. Y una nota al margen, en su propia letra de hacía unos días, basada en un rumor leído en unas memorias: «¿Posible conexión escocesa? ¿Establecidos brevemente en Northford, c. 1890?».

Un escalofrío, minúsculo pero perceptible, le recorrió la espalda. La coincidencia era demasiado patente. Demasiado oportuna.

—¿De qué figura estamos hablando, Silas? —preguntó Otto, por fin alzando la vista para clavarla en el joven. Su tono había perdido la brusquedad inicial, ganando una intensidad que hizo que Silas se enderezara.

—De una mujer, profesor. Una tal Elspeth. Elspeth Craiglesteir.

El nombre cayó entre ellos como una piedra en un estanque en calma, y las ondas que generó parecieron agitar el polvo suspendido en el aire. Elspeth Craiglesteir. Ahí estaba. El nombre tachado, el nombre reescrito, el rumor, y ahora este llamado. No era coincidencia. Era un hilo, tenue pero irrefutable, que se ofrecía a ser seguido.

—Craiglesteir —repitió Otto, más para sí que para el muchacho. Dejó la pluma sobre el escritorio—. Un apellido poco común. Casi diría que suena inventado.

—Pero no lo es —replicó Silas con un entusiasmo que empezaba a teñirse de curiosidad ante la reacción de su mentor—. Según la carta, la colección fue donada por un descendiente lejano que reside en Escocia. Hay cartas, diarios… y un objeto. Un relicario, creo. De ébano y plata.

Ébano y plata. Las palabras evocaron en Otto, sin saber por qué, la imagen de un contraste violento: oscuridad absoluta y un destello frío, cegador. Se levantó, sus huesos protestando por las horas inmóvil. Caminó hacia la ventana, contemplando la ciudad gris más allá de los cristales. Northford. Elspeth. El relicario. Todo se unía formando un rompecabezas cuyo dibujo final él intuía peligroso.

—Northford no es un sitio agradable en esta época del año —dijo, pensativo—. El viento viene del mar y corta como un cuchillo. La niebla se instala y no se va en días.

—No me importa el clima, profesor —insistió Silas—. Esto podría ser… importante.

«Sí», pensó Otto. «Podría serlo. Tal vez Demasiado».

—Te doy permiso —concedió, volviéndose hacia él. El rostro del joven se iluminó—. Pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que yo te acompañe.

La sorpresa en la cara de Silas fue casi cómica. Él, Otto Brownster, el erudito de hábitos fijos, el anacoreta de los archivos, proponiendo un viaje improvisado a una ciudad costera por una colección de cartas. Era inconcebible.




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