La estación de Northford no recibía viajeros; los absorbía. El tren, un gruñido de hierro y vapor, se detuvo con un suspiro cansino junto a un andén desierto, y Otto Brownster sintió cómo la humedad fría del lugar se colaba a través de la ventanilla abierta, mordiendo sus manos huesudas. Más allá de la marquesina de hierro forjado, la niebla enrollaba sus dedos algodonados alrededor de los faroles de gas, convirtiendo la luz de mediodía en un crepúsculo perpetuo y húmedo.
Silas Vane, al lado, contuvo una exclamación de asombro que sonó más a tos. Sus gafas se empañaron de inmediato.
—Caramba —musitó, buscando en vano la silueta de un edificio más allá de los diez metros—. Es como si la ciudad no quisiera ser vista.
—Todas las ciudades antiguas guardan secretos —respondió Otto, levantándose con un quejido—. Northford, simplemente, es menos discreta al respecto.
Recogieron sus maletas, una de cuero gastado y llena de papeles la de Otto, otra más nueva y más ligera la de Silas, y descendieron a la plataforma. El aire salobre del mar, mezclado con el hollín del carbón y el olor a piedra mojada, era denso y poseía un gusto metálico. Un hombre de rostro cetrino y ropa oscura, que resultó ser el encargado de la Sociedad de Historia, los esperaba junto a la salida. Se presentó como el señor Hargrove, y sus modales fueron tan brumosos como el clima.
—El profesor Brownster, un honor —dijo con una inclinación de cabeza que no llegó a ser una reverencia—. Y el joven Vane. Siganme, por favor. Las calles son… traicioneras para los forasteros en días como este.
El trayecto en un coche de caballos cerrado fue corto y desorientador. La niebla actuaba como un velo, mostrando solo fragmentos de Northford: el destello húmedo del adoquín, el perfil fantasmagórico de una gárgola, la ventana iluminada de una taberna que parecía flotar en la nada. Otto sentía el peso del billete de tren en su bolsillo, y la advertencia escrita en él le quemaba como un hierro. Cuidado con la Dama de Negro.
La Sociedad de Historia de Northford ocupaba una casa georgiana de ladrillo oscuro, que se alzaba como una muela enferma en una calle estrecha. En su interior, el ambiente cambiaba de la humedad fría a un calor seco y polvoriento, conservado por estanterías atestadas que se elevaban hasta un techo con molduras de escayola. Hargrove los condujo directamente a lo que llamaba «la Sala del Archivo Especial», un cuarto trasero con pesadas cortinas de terciopelo descolorido que olía a cera de abeja y a tiempo detenido.
En el centro de la habitación, sobre una mesa de roble cubierta con un fieltro verde, aguardaba la colección Craiglesteir.
—Aquí está todo lo que se recibió —anunció Hargrove con un gesto vago—. Cartas, diarios, algunos dibujos. Y el objeto. —Señaló una caja de caoba más pequeña, apartada, como si le diera apuro tocarla—. Como le indiqué al joven Vane, la procedencia parece auténtica, pero el contenido es… peculiar. Disculpen, debo atender un asunto.
Y con eso, los dejó solos con el pasado.
Silas se abalanzó sobre los documentos con la avidez de un hombre hambriento. Sus manos, enguantadas en algodón blanco que Hargrove les había proporcionado, revoloteaban sobre los sobres cerrados, los diarios encuadernados en cuero. Otto, en cambio, se acercó a la mesa con la cautela de quien se aproxima a una bestia dormida. Su mirada no se posó en los papeles, sino en la caja de caoba.
—¿No vas a abrirla? —preguntó Silas, sin levantar la vista de una carta que comenzaba con un florido «Mi queridísima prima Agnes…».
—Todo a su tiempo —murmuró Otto.
Finalmente, con un movimiento deliberado, levantó la tapa de la caja. En su interior, anidado sobre un terciopelo negro gastado, descansaba el relicario.
Era más grande de lo que había imaginado, del tamaño aproximado de la palma de una mano. El ébano, pulido hasta quedar liso como un espejo oscuro, parecía absorber la luz de la lámpara de la mesa. La plata, trabajada en un intrincado diseño de cardos y enredaderas, lo rodeaba como una garra helada que sujetara la oscuridad. No tenía bisagras visibles; parecía una losa maciza, un pequeño sarcófago de belleza inquietante.
—Es… imponente —dijo Silas, que se había acercado a mirar—. Pero no parece abrirse.
Otto no respondió. Una sensación extraña lo invadió al contemplar el objeto. No era frío, como habría esperado de la plata y la madera en una habitación húmeda. Al contrario, cuando extendió la mano y, tras un segundo de vacilación, posó la yema de un dedo en el ébano, sintió un calor tenue, casi imperceptible, como el de una piel viva. Y un zumbido sordo, más una vibración en los huesos que un sonido, parecía emanar de él.
Retiró el dedo como si se hubiera quemado.
—¿Profesor? —preguntó Silas, preocupado por su palidez.
—Nada. Sólo ha sido el viaje —mintió Otto, apartando la vista del relicario con un esfuerzo—. Empecemos por los diarios. Busca cualquier mención a este… artefacto.
Las horas pasaron, sumergidas en el susurro de las páginas y el crujir del parqué. La niebla, fuera, se había vuelto noche. Otto se sumergió en el diario de Elspeth Craiglesteir, una libreta de tapas azules desvaídas. La letra era firme, educada, pero a medida que avanzaban las fechas —1888, 1889—, los trazos se volvían más angulosos, precipitados. Hablaba de su llegada a Northford desde Edimburgo, de la desaprobación de la «sociedad local», que veía con recelo a una mujer soltera, culta y de origen extranjero. Hablaba de largos paseos por los acantilados, de la melancolía del mar. Y hablaba, cada vez con más frecuencia, de «la sombra».