La Dama de Negro

CAPÍTULO 2 | EL SUSURRO EN EL DIARIO.

La posada El Abrigo del Marinero olía a sal, a cerveza rancia y a madera empapada. La habitación que compartían Otto y Silas era estrecha, con dos camas angostas y una ventana que daba a un callejón donde la niebla parecía haberse asentado para quedarse. Otto no podía dormir. Cada crujido de la vieja estructura, cada grito lejano de una gaviota perdida en la bruma, le hacía abrir los ojos y fijarlos en la puerta, esperando ver la oscuridad cobrar forma.

La imagen de la sombra en el umbral, del frío que le había mordido los huesos, se repetía en su mente como una liturgia aterradora. No era la imaginación de un viejo erudito. Lo había sentido. Y Silas no lo había visto. Esa era la parte más inquietante: la sombra elegía a quien mostrarle su presencia.

Al amanecer, un claro grisáceo y enfermizo se filtró por la ventana. Silas, quien había dormido con el sueño profundo de la juventud y la excitación, se despertó lleno de energía renovada.

—¡Hoy descifraremos más, profesor! —anunció mientras se vestía—. Esas cartas de la prima Agnes… hablan de un «incidente» en los acantilados. Algo sobre Elspeth y un pozo antiguo. ¡Podría ser crucial!

Otto, que observaba la niebla desde la ventana con una taza de té frío entre las manos, asintió en silencio. Su mente estaba en otra parte, en la hendidura de plata del relicario. Una llave. Necesitaban una llave.

—Hoy nos concentraremos en el diario —declaró Otto, su voz grave rompiendo el chirrido de las gaviotas—. Y en cualquier mención a una llave. No a la metafórica, Silas. A una real, de metal, que pueda encajar en algo.

Silas parpadeó, sorprendido por la especificidad.

—¿Cree que el relicario se abre con una llave física? No había ningún indicio…

—No en lo que leímos ayer —cortó Otto—. Pero no leímos todo. Y Elspeth era una mujer precavida. Si algo guardaba con tanto celo, no lo dejaría al alcance de cualquier curioso. Busquemos.

La Sociedad de Historia les recibió con el mismo silencio polvoriento. Hargrove les hizo un gesto vago y desapareció de nuevo en las entrañas del edificio. En la Sala del Archivo Especial, la caja de caoba seguía sobre la mesa, inofensiva y ominosa a la vez. Otto tuvo que reprimir un estremecimiento al entrar. El aire parecía haberse estancado aún más.

Se sumergieron en el trabajo. Otto retomó el diario de Elspeth donde lo había dejado, en la primavera de 1889. Las entradas se volvían más escasas, más crípticas.

«3 de mayo. La sombra prueba los límites. Se atreve a cruzar el umbral de mi dormitorio al amanecer. El relicario palpita, como un corazón de ébano. He escrito a Charles. Debe enviarme lo que le pedí. Es mi única esperanza para contener lo que he despertado, o para liberar lo que está atrapado. Ya no sé qué es peor.»

«15 de mayo. La llave llegó hoy. Oculta en el lomo de un libro de salmos. Es fría, tan fría. Del mismo metal que las enredaderas. Ahora debo encontrar el valor. ¿Abrir la puerta, o sellarla para siempre? Tengo miedo.»

Otto contuvo la respiración. Charles. Y una llave, enviada escondida. Miró a Silas, que estaba comprobando fechas en una libreta de contabilidad.

—¿Encontraste alguna carta o referencia a un hombre llamado Charles? ¿Un pariente, tal vez un hermano de Elspeth?

Silas frunció el ceño, revolviendo sus notas.

—Charles… Charles… Ah, sí. En una de las cartas de la prima Agnes, de manera muy vaga. Dice: «… y rezo para que Charles, en su nueva vida en América, no sufra las consecuencias de los caprichos de nuestra querida Elspeth». Parece que emigró. A Boston, creo.

América. La llave podría estar a un océano de distancia. O…

—Revisa los inventarios de la colección otra vez —instó Otto, una chispa de urgencia en su voz—. Cada ítem, cada mención a un libro, especialmente uno religioso.

Mientras Silas se ponía a ello, Otto siguió leyendo. Las entradas cesaron abruptamente después del 20 de mayo de 1889. Unas páginas habían sido arrancadas con violencia, dejando bordes dentados y frustrantes. Luego, unas pocas líneas finales, escritas con una caligrafía temblorosa, casi ilegible, fechadas el 1 de junio:

«Ya no puedo. La veo incluso a plena luz del día. Se alimenta de mi miedo. La llave… la guardé donde ella no puede sentir su frío. Donde solo el mar y la piedra saben. Si alguien lee esto, que se advierta: no busquen el relicario. No liberen a la Dama. Su vestido no es tela, es la oscuridad entre las estrellas, y su hambre es antigua.»

Un escalofrío peor que el de la víspera recorrió a Otto. La Dama. Elspeth usaba la misma palabra que había surgido de su propia mente. No era una coincidencia. Era un eco a través del tiempo.

—¡Profesor! —la voz de Silas era un susurro triunfal—. ¡Lo encontré! En el inventario detallado que hizo el donante escocés… hay un ítem listado al final, casi como una apostilla. Dice: «Volumen misceláneo: Salmos y Meditaciones, edición de 1875. Encuadernación desgastada, valor sentimental». ¡Es el libro!

Otto se puso de pie tan rápido que la silla chirrió contra el suelo.

—¿Dónde está ese libro? ¿Está aquí?

Ambos escudriñaron las cajas y estantes. No estaba entre los documentos de la mesa. Silas, con un arrebato de intuición, se agachó y miró debajo de la mesa. Allí, en el suelo, apartado y cubierto por una ligera capa de polvo, había un libro pequeño y grueso, encuadernado en cuero marrón desgastado.




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