La tentación era un yunque sobre la conciencia de Otto. La llave, un fragmento de hielo vivo, pesaba en su bolsillo junto al billete de tren, cuya advertencia ahora parecía gritar en silencio. Cada golpe de marejada que llegaba desde los acantilados resonaba en su pecho como un latido de algo antiguo y despierto. En la posada, con la niebla aplastando las ventanas, el silencio entre los dos hombres se había vuelto eléctrico, cargado de lo no dicho.
Silas, pálido pero con los ojos brillando de una mezcla de terror y fascinación académica, fue el primero en romperlo.
—No podemos abrirlo —dijo, más para convencerse a sí mismo que a Otto—. Elspeth lo advirtió. Lo que sea que esté dentro… o lo que sea que mantenga fuera… no es algo con lo que debamos jugar.
Otto observaba la caja de caoba, ahora colocada sobre la cómoda como una presencia indeleble. El simple hecho de tenerla en la misma habitación alteraba el aire, volviéndolo más denso, más frío.
—No se trata de jugar, Silas —respondió, su voz un rumor áspero—. Se trata de entender. Ella lo llamó «la Dama». ¿Qué es? ¿Un espíritu? ¿Un recuerdo atrapado? ¿Una maldición familiar? Lo sabemos por dos frases de un diario y por… por sensaciones. La historia se escribe con hechos, no con escalofríos.
—¡Pero los sentimos! —exclamó Silas, bajando la voz de inmediato, como si pudiera ser escuchado a través de las paredes húmedas—. Esa sombra… ese frío… no son imaginación, profesor.
—Precisamente por eso —insistió Otto, girándose hacia él—. Porque es real, porque nos está acechando, debemos saber a qué nos enfrentamos. Ignorar una amenaza no la hace desaparecer. La hace más peligrosa. Elspeth escondió la llave. No la destruyó. Eso significa que, en algún momento, contempló la posibilidad de usarla. De terminar algo.
El razonamiento, frío y lógico, hizo mella en el joven. Silas miró la caja, luego su cuaderno de notas abierto en las páginas del diario transcritas.
—La entrada del pozo —murmuró—. La prima Agnes mencionó un «incidente» en los acantilados, cerca de un pozo antiguo. Y Elspeth escribió que guardó la llave «donde solo el mar y la piedra saben». Podría ser una metáfora… o una ubicación literal.
Otto asintió lentamente. Era un hilo, tan tenue como los que habían seguido hasta ahora, pero tangible. Una ubicación.
—El pozo. Hoy debemos encontrarlo.
Salir de la posada fue como sumergirse en un mar de leche fría. La niebla del día anterior parecía haberse solidificado, reduciendo la visibilidad a apenas unos pasos. El rugido del mar era su única guía, un monstruo invisible que los llamaba desde el abismo. Usando un mapa desgastado que Hargrove les había prestado con visible reticencia, se dirigieron hacia los acantilados al este de Northford. El camino era un sendero embarrado y traicionero, bordeado de hierba mustia y rocas que emergían de la bruma como dientes rotos.
Caminaron en silencio, la tensión palpable entre ellos. Otto llevaba la llave en un bolsillo cerrado con botón. Silas cargaba una mochila con sus notas y una linterna eléctrica, cuyo haz cortaba la niebla en columnas cegadoras e inútiles. Cada sombra que se movía, cada grito de ave, los hacía sobresaltarse. La sensación de ser observados era constante, una picazón entre los omóplatos.
Tras casi una hora de caminata, el sendero comenzó a descender bruscamente hacia una pequeña cala escondida. El rugido del mar se volvió ensordecedor. Y allí, en un recoveco de la roca, protegido del viento directo pero expuesto a la sal y la espuma, encontraron el pozo.
No era una construcción elaborada. Era un círculo tosco de piedras musgosas y negras, de poco más de un metro de diámetro, que parecía brotar directamente de la roca del acantilado. No tenía brocal, ni cubierta. Solo una abertura oscura que devoraba la poca luz que se filtraba a través de la niebla. Del interior surgía un sonido: un suspiro húmedo y profundo, como si la tierra misma respirara al ritmo lento de las olas que se estrellaban muy abajo.
—El Pozo de los Suspiros —leyó Silas en el mapa, su voz apagada por el estruendo—. Dice la leyenda local que refleja el sonido del mar en las cavernas subterráneas.
Otto se acercó al borde, con cuidado. El aire que salía de la oscuridad era glacial y olía a algas podridas y sal. Se inclinó, iluminando el interior con la linterna. El haz no alcanzaba el fondo, perdido en una negrura absoluta a unos pocos metros. Pero en la pared interior, justo por debajo del borde, vio algo. Un nicho pequeño, tallado toscamente en la piedra. Y dentro, despojado de cualquier protección, solo polvo y humedad.
—Aquí es —afirmó Otto, retrocediendo—. Aquí es donde la guardó. Donde el mar y la piedra saben. Un escondite a la intemperie, pensado para que el clima y la sal lo destruyeran con el tiempo. Pero la llave sobrevivió. Alguien la recuperó antes.
—¿Charles? —preguntó Silas—. ¿O quizás el donante escocés?
—No importa —dijo Otto, aunque sí importaba, y mucho—. Lo que importa es que ahora tenemos ambos elementos. Y estamos en el lugar donde todo empezó, o donde todo se selló.
Una ráfaga de viento más fuerte que las anteriores barrió la cala, desgarrando la niebla por un instante. Por un breve segundo, vieron la inmensidad gris del mar furioso, las olas rompiendo contra las rocas como golpes de martillo. Y en ese momento de claridad, ambos la vieron.