La Dama de Negro

CAPÍTULO 4 | LAS PÁGINAS DEL OLVIDO.

Northford, a la luz de una mañana que no lograba disipar la niebla, parecía un pueblo de pesadilla silenciosa. Otto y Silas caminaron hacia la Sociedad de Historia con un propósito renovado, pero la visión de la Dama en los acantilados pesaba sobre ellos como una losa. Ya no buscaban pistas académicas; buscaban un manual de supervivencia.

Hargrove, al verlos entrar, palideció ligeramente. Sus ojos, usualmente brumosos, se fijaron en la bolsa de lona que Silas llevaba con cuidado, donde reposaba la caja de caoba.

—Regresan pronto. —comentó, sin entusiasmo.

—Necesitamos consultar los periódicos locales —declaró Otto, omitiendo cualquier saludo—. De 1888 a 1890. Y cualquier registro oficial: archivos parroquiales, registros del puerto.

—Esa sección está en el sótano —dijo Hargrove, señalando una puerta estrecha junto a la escalera principal—. No es… un lugar agradable. La humedad se ha llevado mucho.

—No importa —cortó Otto.

El sótano era exactamente lo que Hargrove había descrito: un laberinto de estanterías de metal oxidado, iluminado por bombillas desnudas que colgaban de cables envejecidos. El aire olía a tierra, a papel podrido y a salitre. Pilas de periódicos amarillentos, encuadernados en volúmenes pesados, se alineaban en los estantes como ladrillos de conocimiento olvidado.

Dividieron el trabajo. Silas, con sus ojos jóvenes y ávidos, se sumergió en los periódicos de 1889, buscando cualquier mención a «Craiglesteir», «incidente en los acantilados» o «mujer desaparecida». Otto, con paciencia de arqueólogo, comenzó con los registros de la iglesia parroquial y los listados de pasajeros del puerto, ampliando la búsqueda.

Las horas transcurrieron en un silencio roto solo por el crujir de páginas frágiles y el goteo lejano de agua. El ambiente era opresivo, y no solo por el moho. La misma sensación de observación que habían experimentado en la sala de arriba parecía haberse filtrado hacia abajo, como si la presencia los hubiera seguido hasta las entrañas del edificio. Otto, en más de una ocasión, alzaba la vista hacia las sombras entre las estanterías, convencido de haber visto un pliegue de oscuridad más densa moverse.

Fue Silas quien rompió el silencio con un jadeo ahogado.

—Profesor —llamó, su voz un susurro áspero—. Mire esto.

Otto se acercó. Silas señalaba una pequeña nota en la sección de sucesos del Northford Chronicle, fechada el 5 de junio de 1889. El titular era escueto: «Desaparición en los Acantilados».

«Las autoridades buscan a la señorita Elspeth C., residente temporal en la villa, quien fue vista por última vez la tarde del 1 de junio cerca del Pozo de los Suspiros. Una bufanda de su propiedad fue hallada en el lugar. Se presume un trágico accidente, dado el estado embravecido del mar y la conocida inestabilidad del terreno. La señorita C., de origen extranjero, no tenía familiares en la zona.»

—El 1 de junio —murmuró Otto—. La fecha de la última entrada en su diario. «Ya no puedo».

—Pero no dice Craiglesteir —señaló Silas—. Solo «la señorita Elspeth C.». Y «presumen» un accidente.

—Un eufemismo. —concluyó Otto, frío—. No había cuerpo. Solo una bufanda. Northford quería olvidar el asunto, y a la forastera problemática, lo más rápido posible.

Siguió buscando. En los registros de la iglesia, bajo defunciones de 1889, no había entrada para Elspeth Craiglesteir. Pero Otto encontró algo más, unos meses antes. Una entrada fechada el 15 de febrero de 1889, en el libro de bautismos. Un nombre: «Catriona». Hija de «Elspeth Craiglesteir, soltera». No figuraba el nombre del padre. El lugar de residencia: una dirección en las afueras del pueblo, una casa de campo llamada «Cliffside». Y una nota al margen, en una letra diferente, más tardía: «Niña fallecida, 20 de marzo de 1889. Sepultura en el patio exterior.»

El aire se le cortó a Otto. Una hija. Una hija que había vivido apenas un mes. Falleció en marzo. El diario de Elspeth comenzaba a hablar de «la sombra» en esa misma época.

—Silas —llamó, y el tono de su voz hizo que el joven se estremeciera—. Elspeth tenía una hija. Catriona. Murió a los pocos semanas de nacer.

Los ojos de Silas se ensancharon de horror. Las piezas comenzaban a encajar de la manera más desgarradora posible.

—¿La sombra…? —logró preguntar.

—El dolor —susurró Otto, más para sí mismo—. Un dolor tan profundo, tan absoluto, que quizás no se fue con ella. O que atrajo… algo.

Siguió revolviendo los registros. En los listados del puerto, encontró finalmente una salida clara. El 10 de junio de 1889, nueve días después de la desaparición de Elspeth, un vapor con destino a Boston, el SS Peregrine, zarpó de Northford. En la lista de pasajeros de segunda clase, figuraba: «Charles MacLeod». No Craiglesteir. MacLeod. Un seudónimo, quizás. O un nombre real que Elspeth había ocultado. El hermano que huyó a América, llevándose quizás parte de la verdad, o de la culpa.

Otto se recostó en la silla, la mente dando vueltas. Elspeth, una madre soltera en una sociedad puritana, afligida por la muerte de su bebé. Una sombra que crece, alimentada por el duelo y la locura, o quizás por algo más antiguo y oscuro vinculado a su linaje. Un relicario que «palpitaba». Una llave enviada por Charles, que llega demasiado tarde para salvarla, o para contener lo que ella había invocado. Su desaparición. La huida de Charles.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.