El llanto espectral de Catriona seguía resonando en los oídos de Otto horas después, un eco fantasma que había reemplazado al rugido del mar. En la claustrofóbica habitación de la posada, la caja de caoba sobre la mesa ya no era un mero objeto de estudio. Era un altar, un sepulcro portátil. La revelación de la tragedia de Elspeth —la hija muerta, la locura, la desaparición— había transformado la curiosidad erudita en una carga gravosa y peligrosa.
—No somos exorcistas, profesor —murmuró Silas, observando la caja como si fuera una serpiente a punto de atacar—. Esto es… un abismo. Un abismo de dolor. Y tenemos la llave para abrirlo.
—O para cerrarlo —respondió Otto, pasando los dedos por el frío metal de la llave que había colocado sobre la mesa, junto a la caja—. Elspeth hablaba de «contener» o «liberar». ¿Contener a la Dama, o liberar su propia alma atrapada? El relicario es el símbolo. La llave es la herramienta. Pero el mecanismo… el ritual, si lo hubo… se perdió con ella.
Necesitaban una guía. Algo más que diarios fragmentados y notas de periódico. Necesitaban a alguien que entendiera no solo la historia, sino la naturaleza misma de aquella «sombra» que era más que un fantasma. Alguien que comprendiera los ecos del pasado.
La mente de Otto, agotada por la falta de sueño y el miedo constante, dio un salto brusco. Un nombre lejano, surgió de los confines de su memoria profesional, de un artículo académico oscuro que había leído años atrás. Un nombre que ahora brillaba con una relevancia escalofriante.
—Craiglesteir —murmuró, levantando la vista hacia Silas—. El apellido no es común. La probabilidad de que exista otro experto, otro descendiente quizás, que sepa algo de esto…
Sin terminar la frase, se acercó a su maleta de cuero, rebuscando entre papeles hasta encontrar su cuaderno de direcciones personal. Pasó páginas llenas de nombres de archiveros y colegas, hasta que su dedo se detuvo en una entrada escrita con tinta ya descolorida: «Álora Craiglesteir. Asesora en antigüedades y patrimonio etno-histórico. Londres.» Debajo, una dirección y un número de teléfono. La había conocido brevemente en un simposio sobre patrimonio escocés en la diáspora, años atrás. Una mujer imponente, de porte noble y una mirada que parecía ver más allá del objeto físico. Él había anotado su contacto por la rareza de su apellido, una curiosidad profesional. Nunca imaginó que sería un salvavidas.
—Hay alguien —anunció Otto—. Una mujer en Londres. Álora Craiglesteir. Asesora de antigüedades.
—¿Otra Craiglesteir? —preguntó Silas, con un atisbo de esperanza—. ¿Una descendiente?
—No lo sé —admitió Otto—. Pero si alguien puede entender la importancia de un relicario familiar, o la historia detrás de una sombra llamada «Dama», es ella. Necesitamos su consejo. Ahora.
La llamada desde la cabina telefónica de la posada fue una prueba de nervios. El hilo estático parecía absorber el sonido del mar de fondo. Cuando una voz grave, serena y con un acento educado contestó al otro lado, Otto sintió un alivio momentáneo.
—Señorita Craiglesteir, habla Otto Brownster, nos conocimos en el simposio de Edimburgo en el 78 —comenzó, intentando que su voz no sonara desesperada—. Disculpe la intrusión, pero me encuentro en Northford, investigando una colección familiar relacionada con una Elspeth Craiglesteir, de finales del siglo pasado. Hemos topado con algo… que trasciende lo documental. Algo que usted, por su apellido y su expertise, podría ayudarnos a comprender.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, cargado no de sorpresa, sino de una atención profunda y repentina.
—Northford —repitió la voz de Álora Craiglesteir, y Otto pudo percibir un cambio sutil en su tono, una tensión contenida—. Elspeth. Dígame, profesor Brownster, ¿han encontrado un objeto? Algo de ébano y plata.
Otto contuvo el aliento. Ella lo sabía.
—Sí. Un relicario. Y una llave. Y… manifestaciones.
—No les diga a nadie más —la voz de Álora se volvió clara, imperativa—. No toquen el relicario con la llave. No aún. Lo que ustedes llaman «manifestaciones» son reminiscencias activas, ecos de un trauma tan potente que han adquirido… conciencia. Elspeth era de una rama colateral de la familia. Una rama que intentó usar conocimientos que no comprendían del todo. El relicario no es un contenedor, profesor. Es un espejo. Un espejo que refleja y amplifica el dolor, y puede llegar a atraparlo.
—¿Atraparlo? ¿A la Dama?
—A lo que la Dama representa —corrigió Álora—. El duelo de Elspeth por su hija se mezcló con algo más antiguo, una corriente de pérdida que corre en nuestra familia. Esa «sombra» no es solo su fantasma. Es una herida en el velo del tiempo. La llave puede cerrar el espejo… o puede romperlo, liberando ese eco de dolor para que se disipe, o para que se vuelva incontrolable. Necesito ver el objeto. Necesito estar allí.
—¿Puede venir? —preguntó Otto, sin ocultar su urgencia.
—Tomaré el primer tren —respondió ella sin vacilar—. Mañana por la tarde estaré allí. Hasta entonces, mantengan el relicario y la llave separados. Y, profesor Brownster… no la provoquen. La Dama no es malévola, está desesperada. Y la desesperación es impredecible.
La llamada terminó. Otto salió de la cabina, la mente dando vueltas. Reminiscencias activas. Un espejo, no un contenedor. Una herida en el tiempo. Las palabras de Álora daban un marco, una lógica a lo sobrenatural que los aterrorizaba.