El camino hacia los acantilados al anochecer era una procesión de fantasmas. La niebla, teñida de añil y púrpura por el crepúsculo, se arremolinaba a su alrededor como una entidad viva. Otto lideraba el camino con una linterna temblorosa, seguido de un Silas que se aferraba a su mochila como a un amuleto. Detrás, con una serenidad que parecía repeler la bruma, caminaba Álora Craiglesteir. Llevaba la caja de caoba bajo el brazo, envuelta en una tela oscura, mientras la llave de plata brillaba en su otra mano, desnuda y gélida.
Nadie hablaba. El rugido del mar crecía con cada paso, un bajo continuo que vibraba en el pecho. El aire, cargado de sal y de una electricidad estática, erizaba los pelos de la nuca. Otto sentía el peso de la advertencia de Álora: el Pozo de los Suspiros no era solo un lugar físico; era un lugar donde el tiempo tenía una costura desgarrada.
Al llegar a la cala, el viento soplaba con fuerza, arrancando jirones de niebla que revelaban, por momentos, la furia blanca de las olas rompiendo muy abajo. El pozo, el círculo oscuro de piedra negra, parecía más profundo, más hambriento, en la penumbra. Su suspiro húmedo era ahora un lamento claro y sostenido que se fundía con el viento.
—Aquí —dijo Álora, su voz clara cortando el estruendo—. Donde el dolor traspasó el velo. —Colocó la caja de caoba sobre una roca plana frente al pozo y retiró la tela. El relicario de ébano y plata parecía latir con una luz opaca, propia—. Profesor, el diario, por favor. La última entrada.
Otto, con manos que apenas obedecían, sacó las páginas copiadas del diario de Elspeth. Álora las tomó y, sin mirarlas, comenzó a leer en voz alta. Pero no leyó las palabras escritas. Pronunció otras, en un inglés arcaico y cantarín, que parecían la esencia oculta tras los garabatos de Elspeth. Eran palabras de duelo, de pérdida, de un amor tan feroz que se negaba a soltar.
—«Mi sangre es tu cuna, mi lamento tu canción, mi sombra tu manto…»
Mientras hablaba, el ambiente cambió. El viento amainó de repente, como conteniendo la respiración. La niebla se estancó. El suspiro del pozo se hizo más agudo, más angustiado. Y el frío llegó, no como una invasión, sino como un despliegue, envolviéndolos desde todos los puntos a la vez.
Ella apareció.
No emergió de la niebla ni del pozo. Simplemente estuvo allí, de pie al otro lado del pozo, mirándolos. La Dama de Negro. Más definida que nunca. Los pliegues de su vestido victoriano, negro como el corazón de la noche, no se movían con el viento residual. El velo oscuro ocultaba su rostro, pero la intensidad de su atención era un peso físico. En sus brazos, el bulto oscuro que era Catriona emanaba un frío aún más penetrante, un frío de cuna vacía y tierra recién removida.
Silas contuvo un gemido. Otto sintió que las piernas le flaqueaban. Solo Álora se mantuvo firme, erguida, mirando a la aparición no con miedo, sino con una profunda y trágica familiaridad.
—Elspeth Craiglesteir —dijo Álora, y su voz resonó con una autoridad que no admitía réplica—. Tu sangre llama a mi sangre. Tu dolor resuena en mi memoria. Has atrapado tu pena en el espejo de nuestras antepasadas. Mira.
Con un movimiento solemne, Álora tomó el relicario de la caja. Al tocarlo, el débil latido opaco se intensificó, convirtiéndose en un pulsar rítmico y cálido que iluminó sus manos con un tenue resplandor ambarino. La Dama se estremeció. Dio un paso hacia adelante, cerca del borde del pozo.
—Calor… —susurró una voz que no era sonido, sino un pensamiento implantado directamente en sus mentes, áspero y sediento—. Da… el calor… a mi niña…
—No es calor lo que le das, Elspeth —replicó Álora, su voz tan clara como el pensamiento de la Dama—. Es tu frío. Tu vacío. La estás envolviendo en tu sombra. El espejo puede mostrar la verdad. ¿Tienes valor para mirar?
Álora alzó la llave de plata. La luz del relicario pareció fluir hacia ella, iluminando el intrincado tallado del cardo. Luego, sin ceremonia, presionó la punta de la llave contra el centro del relicario, en un lugar donde el ébano y la plata se unían en una espiral perfecta. No hubo un orificio visible, pero la llave se hundió como en cera caliente, hasta la mitad.
Un zumbido agudo, como el de un cristal fino a punto de romperse, llenó la cala. El relicario dejó de pulsar. Se quedó absolutamente quieto y luego, de su superficie lisa, comenzó a emanar una luz no de calor, sino pálida, plateada, fantasmal. Era la luz de la luna en un recuerdo.
En esa luz, surgieron imágenes. No eran proyecciones sólidas, sino impresiones emocionales, ecos visuales que se superponían a la realidad. Vieron a una mujer joven, de rostro pálido y hermoso, con el pelo oscuro recogido —Elspeth viva—, meciendo a un bebé en una habitación iluminada por el fuego. Felicidad. Luego, la misma habitación, fría y silenciosa. Una cuna vacía. Una desesperación tan profunda que hacía daño mirarla. Después, imágenes frenéticas: Elspeth escribiendo en su diario, Elspeth corriendo por los acantilados con el relicario en la mano, Elspeth junto al pozo, gritando hacia el interior, no de rabia, sino de súplica.
La Dama, al otro lado del pozo, retrocedió como si la luz la quemara. Un grito desgarrador, este sí audible, rasgó el aire —un sonido de puro y antiguo dolor. El bulto en sus brazos se agitó y el llanto de Catriona, claro y desesperado, se unió al de su madre.
—Es tu dolor, Elspeth —gritó Álora sobre el estruendo de las emociones y el mar—. ¡No es ella! ¡Catriona se fue en paz! ¡Lo que sostienes es tu propio lamento! ¡El espejo te lo muestra! ¡Suelta el eco!