La luz en el estudio de Álora Craiglesteir era cálida y baja, emanando de una lámpara de escritorio Art Decó que iluminaba solo lo necesario: la superficie pulcra de un escritorio de roble y el objeto que reposaba sobre un terciopelo color vino. No era un relicario, sino un broche antiguo, una pieza de plata celta con intrincados nudos que parecían moverse bajo la luz tenue. Álora no lo tocaba. Solo observaba, sus ojos ámbar escudriñando no la superficie, sino el vacío que parecía vibrar a su alrededor.
Northford había quedado atrás, un suspiro salado cerrado en los archivos de su memoria. La paz de Elspeth era un logro, una nota resuelta en la larga y disonante melodía de su linaje. Pero la sinfonía de duelos atrapados estaba lejos de terminar. El broche, adquirido esa misma mañana en una subasta de objetos «con historia», susurraba. No con palabras, sino con la sensación opresiva de encierro y una fragancia fantasmal a hierbas medicinales y tierra de bosque.
Su teléfono, discreto y de un negro mate, vibró sobre el escritorio. Era un mensaje de un número no identificado, pero Álora no necesitaba ver el contacto. El contenido era suficiente: una fotografía borrosa de una casa solariega abandonada en las Tierras Altas de Escocia, y una línea de texto: «Se oyen pasos en el ala este. El retrato de la niña llora, dicen. La familia ya no puede vivir allí. ¿Puede usted…?»
Era la tercera consulta de este tipo en el mes. La noticia, sutil pero imparable, se estaba filtrando por ciertos círculos: había alguien que no solo creía en los fenómenos residuales, sino que podía tratar con ellos. Álora Craiglesteir, la mujer del apellido imposible, se estaba convirtiendo en un recurso discreto para los desesperados y los atormentados por ecos que no les pertenecían.
No era un título que hubiera buscado. «Guardiana de los Ecos» era un nombre poético que le había adjudicado, con temor reverencial, un cliente agradecido. Ella se consideraba más bien una restauradora. Pero en lugar de cuadros o muebles, restauraba el silencio donde el silencio se había roto.
Sonó el timbre de la puerta de su piso, un sonido moderno y claro que contrastaba con las antigüedades que lo poblaban. Al abrir, encontró a una mujer joven, de rostro pálido y marcado por la falta de sueño, que se retorcía las manos.
—¿Señorita Craiglesteir? Me llamo Clara. Me dio su contacto… el señor del archivo municipal. Es por mi hijo. Él… ve a un hombre en el rincón de su habitación. Un hombre con uniforme, muy viejo. Dice que está triste. Y las cosas se mueven.
Álora la hizo pasar, ofreciéndole té. No hacía preguntas intrusivas al principio. Observaba. Observaba el ligero temblor en las manos de Clara, la forma en que sus ojos evitaban ciertos rincones de la habitación, como si temieran encontrar algo. Percibía el eco, no del supuesto hombre con uniforme, sino del miedo virulento de la madre, un miedo que alimentaba y distorsionaba cualquier reminiscencia débil que pudiera existir.
—Cuénteme sobre la casa —dijo Álora, su voz un bálsamo de calma—. ¿Es antigua? ¿Hubo alguien allí que sirviera en la guerra?
Así comenzaba siempre. Con hechos. Con historia. Los ecos necesitaban una narrativa para existir, un anclaje en lo real. Su don, heredado como los ojos de su padre y la estatura de su madre, no era la mediumnidad clásica. No hablaba con espíritus. Sentía las capas de emoción impregnadas en los lugares y los objetos, los residuos psíquicos de traumas, gozos o terrores intensos. Podía distinguir entre un simple mal recuerdo ambiental y una «reminiscencia activa», un eco que había tomado suficiente energía del miedo o el dolor ajeno para manifestarse. Y sabía, por tradición familiar y experiencia dolorosa, cómo disiparlos: no con exorcismos, sino con reconocimiento, con luz de verdad, y a veces, con el frío corte de la plata antigua.
Tras una hora de conversación, Álora supo que el «hombre con uniforme» era probablemente el eco de un antiguo mayordomo de la casa, un veterano de la Gran Guerra que había muerto de pena en su cuarto de servicio. Un eco débil, sin mala intención, que el terror de un niño sensible y el pánico de su madre habían amplificado hasta lo insoportable.
—No necesita mudarse —concluyó Álora—. Necesita una limpieza. De la casa, y de su miedo. Le daré unas instrucciones. Encienda luz en esa habitación, ponga flores frescas. Hable con su hijo del hombre, no como un fantasma, sino como una persona que vivió y estuvo triste. Cuéntele una historia bonita sobre él, aunque la invente. Dele un final pacífico a ese recuerdo. Y esto —dijo, extendiendo un pequeño saquito de terciopelo negro—, póngalo en un estante alto de la habitación. Contiene plata vieja y hierbas de Escocia. Ayudará a calmar la corriente.
Clara tomó el saquito como si fuera un talismán sagrado, y el alivio inmediato que inundó su rostro fue la mejor paga para Álora. No cobraba mucho dinero, solo lo suficiente para vivir. Su verdadera remuneración era ese instante de paz devuelta, el silencio recuperado.
Al despedir a Clara, Álora regresó a su estudio. El broche seguía sobre el terciopelo. Ahora, sin la distracción, podía sentir su historia con más claridad. No era un eco peligroso, solo un ancla de nostalgia. Provenía de una mujer que había tenido que dejar su tierra natal; el broche era su único vínculo tangible. La tristeza impregnada en la plata era dulce y amarga, como un té frío. No necesitaba disipación, solo reconocimiento. Lo guardó en un estuche de madera, donde se uniría a otros objetos «susurrantes» que coleccionaba, no por afán, sino por custodia.