La Dama de Negro

CAPÍTULO 9 | EL RETRATO QUE LLORA.

El Bentley negro avanzaba con sigilo por el camino de grava, cortando la espesa niebla escocesa que se aferraba a las colinas como un sudario gris. Álora Craiglesteir observaba por la ventana el paisaje desolado y hermoso de las Tierras Altas. Los tonos verde musgo y gris pizarra, los esqueletos de árboles retorcidos por el viento, todo hablaba de una belleza dura y antigua, perfecta para contener ecos. El mensaje de la fotografía y el lamento del retrato que lloraba la habían traído hasta aquí, a la puerta de la finca de Glenmor.

La casa, cuando apareció entre la bruma, era una masa de piedra gris y hastiales puntiagudos, más una fortaleza que un hogar. Tenía el aire desafiante y derrotado de los lugares que han visto pasar generaciones de alegrías y tragedias, y que han retenido más de estas últimas. Un hombre alto y delgado, con el pelo entrecano y un traje que le quedaba holgado, esperaba en los escalones de la entrada. Era Alistair Grant, el actual dueño, descendiente de la familia que había construido Glenmor en el siglo XVII.

—Señorita Craiglesteir —dijo, con un acento escocés terso y una mano firme pero fría—. Gracias por venir. No sabía a quién más acudir.

—Explíqueme, señor Grant —respondió Álora, sin preámbulos, mientras cruzaban el umbral de roble macizo—. Comience por el retrato.

El vestíbulo era vasto y frío, decorado con tapices descoloridos y trofeos de caza que observaban con ojos de vidrio. Alistair la condujo por un pasillo lateral hasta una galería más pequeña, iluminada tenuemente por ventanales altos y sucios. Las paredes estaban cubiertas de retratos familiares, una procesión de rostros severos con ropas de distintas épocas. Alistair se detuvo frente a uno.

Era el retrato de una niña, de no más de ocho o nueve años. Vestía un traje azul pálido, sentada junto a un spaniel negro. Tenía el pelo rubio rojizo recogido en trenzas, y sus ojos verdes, grandes y llenos de vida, parecían seguir al espectador. Era una pintura vívida, hermosa. Pero Álora no necesitaba que Alistair señalara lo extraño. Lo sintió de inmediato.

El aire alrededor del cuadro era más denso, cargado de una humedad que no existía en el resto de la galería. Un frío punzante, como el de un sótano profundo, emanaba del óleo mismo. Y luego, vio lo que había dado origen a la leyenda: en el marco de madera oscura, justo bajo el ojo derecho de la niña, la pintura mostraba una mancha alargada y brillante, como una lágrima eterna que hubiera corrido por el lienzo y se hubiera secado allí, dejando un rastro aceitoso y perverso. No era daño por humedad. Era… una emanación.

—Es Isla —susurró Alistair, su voz quebrada—. Isla Grant. Murió de fiebre tifoidea en 1898. Dicen… dicen que no dejaba de llorar en su lecho de muerte. Que llamaba a su perro, que había muerto el año anterior. Desde hace meses, los sirvientes reportan… sonidos. Lloriqueos. Y esa mancha apareció. Y crece. Lentamente, pero crece.

Álora se acercó, ignorando el escalofrío que le recorría la columna vertebral. Extendió una mano, sin tocar la pintura, a pocos centímetros de la superficie. La sensación fue intensa y desgarradora: no era el miedo de Elspeth, sino una pena pura, infantil y abrumadora. Una tristeza tan simple y profunda como la de un niño que no entiende por qué le han quitado a su mejor amigo, su perro, y luego, por qué su propio cuerpo la traiciona. No había resentimiento, ni sombra. Solo un llanto atrapado en el tiempo.

—No es un fantasma maligno —dijo Álora, bajando la mano—. Es un momento. El momento exacto de su mayor tristeza, impregnado en este lugar, en este objeto que la representaba. El eco de su despedida.

—¿Puede detenerlo? —preguntó Alistair, desesperado—. La casa es insoportable. Mi mujer no quiere estar aquí. Los criados hablan.

—No se «detiene» —corrigió Álora suavemente—. Se reconoce y se libera. El eco está atascado. Necesita… consuelo.

Pasó el resto del día investigando. Revisó los diarios de la familia que Alistair le proporcionó (Isla había mantenido uno breve y con faltas de ortografía), habló con el mayordomo anciano cuya bisabuela había sido niñera en la casa. Supo que el perro, un cocker spaniel llamado Corrag, había sido enterrado en un rincón del jardín, bajo un serbal que Isla amaba. La tumba del animal estaba olvidada, el árbol medio muerto.

Al anochecer, Álora hizo sus preparativos. No necesitaba un relicario o una llave aquí. El ancla del eco era el retrato mismo y la tristeza no resuelta. Le pidió a Alistair dos cosas: que descolgaran el cuadro con sumo cuidado y que encendieran una hoguera controlada en el jardín, cerca del viejo serbal.

—¿Una hoguera? —preguntó el hombre, confundido.

—No para quemar el cuadro —aclaró Álora—. Para dar luz y calor. Los ecos del frío y la oscuridad temen al fuego verdadero.

Cuando la luna, pálida y llena, se asomó entre los jirones de niebla, la escena estaba lista. El retrato de Isla, apoyado contra un caballete viejo, miraba hacia la hoguera que crepitaba, proyectando sombras danzantes. Álora, Alistair y un par de sirvientes curiosos pero temerosos formaban un semicírculo a respetuosa distancia.

Álora comenzó a hablar. No en voz alta, sino en un tono bajo y claro, dirigido al cuadro, al aire frío que lo rodeaba.

—Isla Grant —dijo—. Nacida en 1889, amaste a Corrag, tu spaniel negro. Te gustaba correr por el jardín, trepar al serbal. Te enfermaste en el invierno de 1898. Tu cuerpo te falló. Tenías miedo. Y lo que más lamentabas era no poder despedirte de él, ¿verdad? Porque él ya se había ido.




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