De vuelta en Londres, el piso de Álora Craiglesteir parecía respirar con más calma. El broche celta, una vez susurrante, reposaba ahora silencioso en su estuche de madera, una pena dulce reconocida y catalogada. Glenmor había quedado atrás, otro capítulo cerrado en su cuaderno de tapas de cuero. Pero el flujo de consultas no cesaba; si acaso, se intensificaba. La noticia de una «resolvedora de asuntos etéreos» con tacto y resultados viajaba por canales subterráneos: entre anticuarios, archiveros, familias antiguas con propiedades más antiguas aún.
Otto Brownster se había convertido en un contacto fiable, un filtro. Le enviaba casos que, tras su escrutinio de historiador, consideraba genuinamente extraños y no meras supersticiones. A través de él, Álora conoció a la directora del Museo de la Historia Marítima, preocupada por la sala de instrumentos de navegación del siglo XVIII donde los vigilantes nocturnos juraban oír cantos de sirena y sentir la punzada de la nostalgia por el mar. La resolvió encontrando el diario de un joven oficial que había vendido sus instrumentos al morir su amor en tierra; leyendo en voz alta sus cartas de amor junto a la brújula más antigua, el eco melancólico se disipó como la niebla matinal.
Cada caso era único, pero el patrón era constante: dolor atrapado, pena sin salida, amor no resuelto. Nunca encontraba odio puro o malicia; esas emociones, aprendió, raramente dejaban ecos tan persistentes. El amor y la pérdida eran los materiales más duraderos del alma humana.
Una tarde, mientras catalogaba una colección de daguerrotipos con una leve sensación de ansiedad colectiva (eran de una promoción de enfermeras de la Primera Guerra Mundial, muchas muertas en servicio), recibió una visita inesperada. No era un cliente. Era Silas Vane.
El joven parecía más maduro, con una seguridad en la mirada que no tenía antes, pero conservaba ese brillo de curiosidad febril.
—Señorita Craiglesteir —dijo, estrechando su mano con respeto—. El profesor Brownster pensó que debería conocerlo. Y yo… necesitaba hacerle una pregunta.
Álora lo invitó a pasar, sirviendo té. Silas no venía por un fantasma. Venía por el futuro.
—He estado trabajando en Northford, organizando los papeles de Elspeth —explicó—. Es un trabajo tranquilo, pero… cada vez que encuentro un objeto personal, una cinta del pelo, un guante… siento algo. No como antes, no miedo. Es como un… suspiro. Una tristeza que se va cuando lo registro, cuando lo trato con cuidado. ¿Es eso normal? ¿Estoy… desarrollando algo?
Álora lo observó con atención. No sentía en él la «Sensibilidad» familiar, ese don ancestral que ella llevaba en la sangre como el color de sus ojos. Lo que Silas describía era algo más común, y en cierto modo, más valioso: una empatía profundísima, agudizada por la experiencia traumática en Northford. Había aprendido a escuchar no solo con los oídos, sino con el alma.
—No es un don sobrenatural, Silas —dijo con suavidad—. Es el don de la compasión activa. Usted no siente los ecos como energías residuales; los deduce a través de la historia y los siente con el corazón. Esa es una de las herramientas más poderosas. Muchos de los llamados «cazafantasmas» lo que hacen, sin saberlo, es prestar atención y respeto. Eso, a veces, es todo lo que un eco necesita para descansar.
El alivio en el rostro de Silas fue palpable.
—Entonces… ¿puedo ayudar? No como usted, claro. Pero tal vez… identificando casos, haciendo investigación preliminar. Para que usted no pierda tiempo con fraudes o histerias.
Álora consideró la oferta. Tenía sentido. Ella era la cirujana, la que interactuaba directamente con la herida en el velo. Necesitaba diagnósticos precisos. Un historiador con la sensibilidad de Silas sería un aliado inestimable.
—Podría ser útil —asintió—. Pero debe entender algo, Silas. Esto no es una aventura. Es un servicio. A veces es tedioso. A veces es triste. Y siempre debe mantenerse en la más estricta confidencialidad.
—Lo entiendo —afirmó Silas, serio—. Después de Northford… solo quiero que las cosas encuentren su paz.
Así nació una colaboración discreta. Silas, desde Northford y luego desde un puesto en un archivo regional, comenzó a filtrar casos. Investigaba la historia de la casa, de la familia, del objeto. Separaba las leyendas infundadas de los patrones recurrentes dignos de estudio. Álora viajaba menos a ciegas.
Un caso que Silas le derivó fue particularmente complejo. No se trataba de una casa, sino de un archivo municipal en una ciudad industrial del norte. Los empleados reportaban que ciertos documentos del siglo XIX —específicamente, las actas de los juicios por robo en tiempos de hambruna— «transpiraban». Literalmente, las páginas se humedecían con un líquido salado, y quien las leía era invadido por una sensación de desesperanza y vergüenza tan aguda que podía durar días.
—No es agua —le dijo Álora por teléfono a la archivera jefa, una mujer escéptica pero desesperada—. Es la condensación de una emoción colectiva. Vergüenza y desesperación. Los juicios fueron una farsa, ¿verdad?
—La mayoría —confirmó la archivera, sorprendida—. Condenaron a gente hambrienta por robar comida.
Álora no viajó. Guió a la archivera a través del proceso. Le pidió que reuniera a un pequeño grupo, que leyera en voz alta los nombres de los condenados, los cargos, y luego, que recitara una absolución simbólica, un reconocimiento de la injusticia histórica. Que luego secaran las páginas con cuidado y las guardaran en una caja nueva de madera de cedro, un material asociado a la purificación.