El olor a cedro y cera de abejas era el perfume característico del taller de El Refugio del Tiempo, una galería y taller de restauración en un patio escondido de Bloomsbury. Álora Craiglesteir no era la dueña, pero sí su cliente más frecuente y su consultora oculta. La propietaria, una mujer anciana y astuta llamada Edith, sabía que ciertos objetos que llegaban a sus manos necesitaban más que limpieza y consolidación; necesitaban una sanación. Y para eso estaba Álora.
Hoy, sin embargo, el objeto que esperaba sobre la mesa de fieltro verde no era un mueble ni un cuadro. Era una cadena. Una cadena de hierro forjado, pesada y tosca, de unos dos metros de longitud, con un grillete roto en un extremo. Había llegado en una caja de cartón, enviada por un museo regional con una nota escueta: «Hallada en cimientos de antigua prisión municipal (demolida 1902). Los trabajadores reportan malestar, pesadillas. ¿Puede evaluar?»
Álora no necesitó tocarla. A tres metros de distancia, la sensación era como un golpe bajo: una mezcla nauseabunda de miedo animal, ira impotente y una fría, metálica desesperación. No era el eco de una persona, sino de muchas, una amalgama de sufrimiento acumulado durante décadas en una celda oscura. El hierro, poroso y viejo, había absorbido la miseria como una esponja.
—Esta no se puede consolar, Edith —dijo Álora, su voz más tensa de lo habitual—. No hay una historia individual que reconocer. Es… un tumor de dolor.
Edith, desde detrás del mostrador, observaba con sus ojos de halcón.
—¿Se puede extirpar?
—No aquí. No en medio de la ciudad. Y no con métodos sutiles.
Era el tipo de caso que más la desgastaba. Los ecos individuales, por trágicos que fueran, tenían una humanidad reconocible, un camino hacia la paz. Pero esta cosa… era un residuo psíquico puro, una infección. Requería un ritual de disolución más agresivo, y un lugar donde la energía liberada, negativa pero inerte, pudiera dispersarse sin dañar.
Recordó un lugar. Un risco aislado en la costa de Gales, un saliente de granito batido por el viento y el mar, conocido antiguamente como Y Maen Llwyd —La Piedra Gris—. Un sitio de poder telúrico y purificador, usado en tiempos paganos y luego ignorado. Allí, las energías ásperas podrían ser desmenuzadas por los elementos.
Preparó lo necesario: un baño de agua de mar que ella misma recogería allí, salvia para quemar, y un contenedor hermético de plomo para transportar la cadena, aislándola parcialmente. Silas, alertado, le envió por correo toda la información histórica que pudo desenterrar sobre la prisión: hacinamiento, condiciones infrahumanas, muertes por enfermedad y desesperación. Leerlo fue como echar leña al fuego de la impresión que ya tenía el objeto. No había almas individuales atrapadas, solo el hedor psíquico de su sufrimiento.
El viaje a Gales fue sombrío. La caja de plomo en el asiento trasero del coche parecía irradiar un frío que el calefactor no podía vencer. Al llegar al risco, bajo un cielo plomizo y amenazante lluvia, el lugar cumplió su promesa. El viento aullaba, arrancando espuma del mar embravecido que se estrellaba treinta metros más abajo. La energía del lugar era bruta, indiferente, perfecta.
Con esfuerzo, Álora colocó la cadena dentro de un cuenco de piedra que encontró en una hendidura de la roca, una especie de altar natural. Vertió sobre ella el agua de mar que había recogido. Luego, encendió un manojo de salvia seca y comenzó a recorrer el perímetro de la piedra, describiendo un círculo no para invocar, sino para delimitar, para marcar la zona de operaciones.
No habló de consuelo. No había nombres que recordar. En cambio, utilizó palabras en un galés antiguo que su bisabuela le había enseñado, palabras de desintegración, de retorno a los elementos. No eran un hechizo, sino una intención poderosa y focalizada, un canto para desatar los nudos emocionales que el hierro guardaba.
—Diddymu… chwalu… gollwng… —(Disolver… dispersar… liberar…)
Al principio, nada. Luego, el agua de mar en el cuenco comenzó a burbujear, aunque no estaba al fuego. Un vapor grisáceo y acre se elevó de la cadena. El hierro, ya oxidado, parecía corroerse a velocidad acelerada, desprendiendo escamas de óxido rojo sangre. El aire dentro del círculo se volvió opresivo, cargado con ecos de gritos ahogados, de golpes contra puertas de metal, de suspiros terminales.
Álora mantuvo su postura, el haz de salvia levantado como una antorcha contra lo intangible. Sudaba a pesar del frío, sintiendo el peso de décadas de desesperación empujando contra los límites de su voluntad. Era una batalla de energías: la masa amorfa de dolor contra la intención clara y directa de dispersarla.
Finalmente, con un sonido sordo que no era sonido sino una sensación de desgarro, la presión cedió. El vapor gris se disipó, arrastrado por una ráfaga de viento que pareció llevarse los últimos jirones de la miseria. El agua del cuenble quedó quieta, negra y sucia. La cadena yacía inerte, solo un trozo de metal viejo y roto. El frío había desaparecido. El eco colectivo se había deshecho, sus componentes elementales de miedo y rabia devueltos al viento y a la sal, neutralizados por la fuerza bruta del lugar y el ritual.
Álora se dejó caer sobre la roca húmeda, exhausta. Estos casos la dejaban vacía, sin la gratificación de haber ayudado a un alma, solo con el alivio amargo de haber eliminado una toxina. Recogió los restos. La cadena iría ahora a un almacén del museo, inofensiva. El agua negra la vertió en una grieta de la roca.