La lluvia fina de Londres acariciaba los cristales del estudio de Álora, dibujando senderos efímeros que captaban la luz dorada de la lámpara. Había terminado de anotar el caso del risco galés en su cuaderno, con una sola palabra en la columna de resolución: «Disuelto». No era una entrada que disfrutara escribir. Cerró el volumen de tapas de cuero con un suspiro, buscando el consuelo habitual de la rutina: clasificar correo, revisar agendas.
Entre las facturas y los catálogos de subastas, un sobre sobresalía por su anonimato. Papel grueso, color crema, de una calidad excelente pero sin membrete, dirección manuscrita con una caligrafía pulcra e impersonal. No tenía remitente. El matasellos era de Edimburgo.
Con una cautela que se había vuelto instintiva, Álora lo tomó. No sentía la vibración de un eco activo, nada que alertara su sensibilidad. Solo una curiosidad fría, como el papel mismo. Lo abrió con un cortapapeles de plata.
Dentro, una sola hoja, del mismo papel crema. El mensaje era breve, escrito en la misma letra impersonal:
«Señorita Craiglesteir,
Su trabajo, aunque discreto, no pasa desapercibido para quienes saben mirar. Su enfoque en las ‘reminiscencias’ es notablemente similar a los principios de la Sociedad del Velo de Plata, un círculo del cual su bisabuela Eleanor fue miembro fundador, antes de su… desvinculación.
La Sociedad ha observado su manejo del asunto de Northford y del eco de Glenmor. Hay admiración, y también preocupación. El conocimiento sin estructura es una herramienta peligrosa, tanto para quien la maneja como para lo que intenta sanar.
Si desea conocer más sobre su legado, sobre el propósito completo para el que fue entrenada su línea, y las razones por las que Eleanor rompió con nosotros, está invitada a presentarse en la siguiente dirección en Edimburgo, a las siete de la tarde del día 24 del corriente.
No traiga los objetos que custodia. Traiga solo su discernimiento.
Atentamente,
Un Observador.»
Álora dejó la carta sobre el escritorio. Sus dedos, normalmente firmes, temblaron levemente. Un torrente de preguntas y emociones contradictorias la atravesó. La Sociedad del Velo de Plata. Su bisabuela Eleanor jamás había mencionado tal cosa. En sus diarios cifrados, en las enseñanzas orales, nunca había habido una referencia a un grupo organizado. Siempre se había hablado del don como una carga y un privilegio familiar, una línea directa y solitaria.
¿Admiración y preocupación? ¿Conocimiento sin estructura? Las frases eran condescendientes, casi una reprimenda velada. Y sin embargo… la idea de que existieran otros, que no solo comprendieran lo que ella hacía sino que tuvieran un marco, una historia organizada… era una tentación poderosa. Su vida había estado marcada por una soledad esencial. Incluso con Silas y Otto como contactos, ella era la única que sentía, la única que entraba en la danza directa con los ecos. La perspectiva de una comunidad, de mentores, de archivos compartidos, era un espejismo seductor.
Pero también había una advertencia en el tono, y en el misterioso «desvinculación» de Eleanor. ¿Por qué se había ido? ¿Qué había en esa sociedad que una mujer como su bisabuela, fuerte e independiente, hubiera rechazado?
Miró la fecha. El 24 era en tres días. Edimburgo. La ciudad de sus antepasados escoceses, el origen del apellido Craiglesteir. No podía ser una coincidencia.
Pasó las siguientes 72 horas en un estado de investigación febril y conflicto interno. Rebuscó en los diarios de Eleanor con una lupa, buscando cualquier mención codificada a un «Velo», a «Plata», a una sociedad. Encontró solo una entrada críptica, fechada en 1923: «Hoy he cortado el último hilo plateado. La telaraña de ellos es para atrapar, no para liberar. Mi camino será en solitario, con la verdad de la sangre y la piedra, no con el dogma de sus salones.» Era poco, pero confirmaba la ruptura. Y el tono de Eleanor era de desprecio y determinación.
Había dos caminos: ignorar la carta, continuar su trabajo en la soledad elegida por su bisabuela, o adentrarse en la telaraña plateada para descubrir la verdad de su legado y, quizás, encontrar respuestas que ni siquiera sabía que necesitaba.
La noche del 23, Silas la llamó por su chequeo quincenal. Ella, tras un momento de vacilación, le contó lo esencial sobre la carta.
—¡Es increíble! —exclamó Silas, con el entusiasmo del historiador ante un archivo perdido—. ¡Una sociedad secreta! ¡Debe ir!
—Mi bisabuela se fue de ella —recordó Álora, su voz grave—. Hablaba de «telarañas» y «dogma».
—Tal vez las cosas han cambiado —insistió Silas—. O tal vez ella tenía sus razones, pero usted merece saber cuáles fueron. Es su historia, señorita Craiglesteir. La historia completa.
Esa fue la frase que decidió todo. La historia completa. Ella, que dedicaba su vida a cerrar historias incompletas, no podía dejar la suya propia a medias.
Al día siguiente, tomó el tren a Edimburgo. No llevaba ninguno de sus objetos custodios, tal como pedía la carta. Solo llevaba un pequeño broche de plata con el motivo del cardo Craiglesteir prendido en el solapa de su abrigo, un símbolo silencioso de su linaje. Y, por supuesto, su discernimiento.