El reencuentro con la soledad, tras el frío rechazo de la Sociedad del Velo de Plata, fue distinto esta vez. Ya no era una ausencia, sino una elección reafirmada. El piso de Londres, su santuario de terciopelo y madera, la envolvió con una familiaridad más profunda. Aquí no había protocolos ni desprecio por el sentimiento, solo el diálogo honesto entre su don y los objetos susurrantes que la buscaban.
Sin embargo, la advertencia de Thorne —«riesgos que usted aún no comprende»— no se desvanecía del todo. No era una amenaza, sino una constatación. Su enfoque, basado en la empatía y la intuición, la ponía en primera línea de fuego. Cada eco que calmaba era un viaje al corazón de una emoción intensa, y no todos los corazones, aunque fuesen sólo sombras, eran benignos.
La siguiente llamada fue de Otto Brownster. Su tono, siempre mesurado, tenía un deje de urgencia inusual.
—Señorita Craiglesteir, disculpe la intrusión. Es sobre una iglesia, en un pueblo de Cornualles. St. Julian-in-the-Marsh. No es un caso de fantasmas, al menos no de los habituales.
—¿Qué es entonces?
—Es la piedra —dijo Otto—. Los feligreses reportan que, durante ciertos oficios, especialmente cuando se cantan himnos antiguos, las paredes de piedra del ábside… recuerdan. Emiten calor. Y se pueden ver, superpuestas como un velo, imágenes de rostros, de gente rezando, pero con ropas de siglos pasados. No asusta a nadie, al contrario. Pero el párroco, un hombre joven y racional, está desconcertado. Y hay quien habla de «milagro» o de «fenómeno divino». Él teme el sensacionalismo.
Álora escuchó, interesada. No era dolor, ni pérdida. Era memoria, colectiva y positiva, pero tan potente que se había filtrado a lo físico. Un eco de fe y comunidad, impregnado en la propia piedra por siglos de rezos y cantos. Era hermoso, pero también peligroso. Un «milagro» mal entendido podía atraer a curiosos, a fanáticos, y romper la paz del lugar.
—¿Cree que puede… «calmarlo»? —preguntó Otto, dubitativo.
—No se trata de calmarlo —respondió Álora—. Se trata de darle un canal. De que la memoria encuentre su lugar sin interferir con el presente. Voy.
Cornualles la recibió con una luz blanca y salina, y el viento cargado del aroma a brezo y mar. La iglesia de St. Julian era pequeña, de granito gris oscurecido por el tiempo y el musgo, enclavada en una hondonada verde. El párroco, el padre Rhys, era un hombre de rostro abierto y manos inquietas.
—No son fantasmas, señorita Craiglesteir —aclaró casi de inmediato, mientras la guiaba hacia el ábside—. Son como… ecos de luz. Como si la piedra tuviera un latido y, de vez en cuando, mostrara una foto vieja de lo que sintió. Pero es real. Puedes sentir el calor.
El ábside era semicircular, con ventanas estrechas que arrojaban haces de luz polvorienta sobre el altar de piedra simple. Álora se detuvo en el centro del espacio. No necesitó que ocurriera el fenómeno. La piedra aquí cantaba. No con tristeza, sino con una resonancia baja y constante, un zumbido de fe acumulada, de esperanzas susurradas, de alegrías y penas compartidas durante quizás ocho siglos. Era abrumador, como estar dentro de un corazón de roca que latía con los latidos de miles de almas.
—Cuando ocurre… ¿qué siente la gente? —preguntó Álora.
—Paz —dijo el padre Rhys, sin dudar—. Una paz profunda. Algunos lloran, pero de emoción. El problema es que empiezan a venir de pueblos cercanos. Quieren tocar la pared, rezar aquí como si fuera un lugar especialmente santo. Temo que se convierta en un circo, que la esencia misma de lo que ocurre… se pierda.
Álora asintió. Comprendía perfectamente. El eco no era maligno, pero su manifestación física alteraba el orden natural, el propósito de la iglesia como lugar de recogimiento presente, no de peregrinación hacia el pasado.
—Necesito quedarme hasta el próximo oficio —dijo—. Necesito presenciarlo.
Esa tarde, durante las vísperas, con una decena de feligreses ancianos cantando un himno en galés, ocurrió. El aire en el ábside se espesó, tornándose dorado como la miel. Un calor suave, como el de un sol de primavera, emanó de las piedras de la pared este. Y entonces, como una proyección débil de luz y sombra, aparecieron las figuras. Rostros borrosos, cabezas inclinadas, cuerpos vestidos con ropas medievales, luego isabelinas, luego victorianas. No miraban a los presentes; estaban absortos en su propia devoción, un coro de fe a través del tiempo que se superponía al coro actual. El canto de los ancianos parecía mezclarse con otro canto, más lejano, casi imperceptible.
Álora cerró los ojos, no para no ver, sino para sentir. No había dolor atrapado. Había una corriente, un río de intención pura que fluía a través de la piedra. La piedra, porosa y receptiva, había absorbido tanto que ahora, bajo el estímulo de la vibración similar (el canto), resonaba y devolvía el eco. No era algo que debiera ser disipado. Era algo que debía ser… reconducido.
Al terminar el oficio, las imágenes se desvanecieron y el calor se disipó. Los feligreses salieron en un silencio reverente, emocionado. El padre Rhys se acercó a Álora.
—¿Puede hacer algo?
—Sí —dijo ella—. Pero no voy a silenciarlo. Voy a ayudarlo a encontrar un hogar donde no interfiera.
Su plan no involucraba rituales complejos ni objetos de poder. Se basaba en un principio simple de resonancia y transferencia. Pidió al padre Rhys que consiguiera una piedra. No cualquier piedra, sino un fragmento del propio ábside, uno que hubiera sido reemplazado en una restauración décadas atrás y que estuviera guardado en un cobertizo. También le pidió el libro de registros más antiguo de la parroquia, donde estaban inscritos nombres y fechas de bautismos, bodas y defunciones durante siglos.