La Dama de Negro

CAPÍTULO 14 | LA HUELLA EN EL AIRE.

El caso de la Piedra de los Susurros dejó en Álora una sensación inusual: una ligereza, una certeza de que su trabajo podía tener resultados que no solo aliviaban, sino que enriquecían. Pero el universo, parecía, siempre buscaba el equilibrio. La próxima llamada que recibió fue de Silas, y su tono era el opuesto al del padre Rhys: tenso, casi febril.

—Señorita Craiglesteir, necesito su opinión sobre algo. No es un caso activo, es… un documento. O algo así. Algo que encontré en los archivos de Northford, enterrado entre papeles de contabilidad de 1891. No debería estar ahí.

—¿Qué es? —preguntó Álora, ya sintiendo un prurito de alerta a través del hilo telefónico.

—Un dibujo. Hecho con carbón, en la parte de atrás de una factura. Es… es la planta de una casa. Pero no una casa cualquiera. Tiene marcas. Símbolos. Y una anotación en la esquina, muy débil. Dice: «Donde la tierra no acepta el sueño.»

La descripción hizo que un escalofrío le recorriera la espalda a Álora. Había oído esa frase antes, en los diarios más oscuros y cifrados de su bisabuela Eleanor. Era una referencia a un lugar de poder negativo, un sitio donde el descanso eterno era imposible, donde la tierra misma rechazaba la paz de los muertos.

—¿La casa de Elspeth? —preguntó.

—No —respondió Silas—. Es más grande. Parece una granja o una casa señorial pequeña. He investigado un poco. En los alrededores de Northford, en esa época, solo un lugar encaja con la descripción y tuvo una… reputación. Se llamaba Moorhaven. Quemada parcialmente en 1893, abandonada después. Pero aquí está lo extraño: cuando amplío la búsqueda, encuentro menciones dispersas, no en periódicos, sino en diarios de viajeros o cartas personales. Siempre la misma idea: un lugar de «mal sueño», donde la gente se sentía observada por nada, donde los animales se negaban a entrar.

Álora cerró los ojos. Un lugar así no generaba ecos individuales. Generaba una mancha, una zona donde el velo entre el mundo y algo más era permanentemente delgado o estaba dañado. Podría ser un vórtice natural de energía negativa, o el resultado de un trauma tan profundo y antiguo que había envenenado el lugar mismo.

—Silas, no investigues más por tu cuenta —ordenó, con una firmeza que sorprendió al joven—. Envía una copia del dibujo a mi dirección. Y dime exactamente dónde está Moorhaven. Pero no vayas allí. ¿Entendido?

—¿Tan mal es? —la voz de Silas era una mezcla de miedo y curiosidad.

—«Donde la tierra no acepta el sueño» no es una metáfora poética —explicó Álora—. Es una diagnosis. Significa que el lugar está enfermo. Y las enfermedades de los lugares son las más contagiosas y peligrosas. Pueden adherirse a quien las visita, como una espora.

Colgó y se quedó mirando la pared de su estudio, donde colgaba un viejo mapa de las Islas Británicas marcado con notas de Eleanor. Moorhaven no estaba anotado, pero una región cercana a Northford estaba sombreada ligeramente con lápiz rojo, y junto a ella, en la letra de su bisabuela, decía: «Hueco. Evitar.»

El dibujo llegó dos días después. Álora lo extendió sobre su escritorio bajo la lámpara. La calidad del carbón era pobre, el trazo nervioso, como si hubiera sido hecho a toda prisa, quizás de memoria. Pero los símbolos eran claros y nítidos: no eran decorativos; eran de contención. Símbolos celtas para encerrar, para atar, junto a otros más oscuros, de un grimorio medieval que ella reconocía de los libros prohibidos de Eleanor: signos para «silenciar», «ahogar», «sepultar el grito». Alguien, en 1891, había mapeado Moorhaven no como una casa, sino como una prisión para algo. Y había anotado la frase ominosa.

La decisión era clara, y pesaba como plomo. No podía ignorarlo. Un lugar así era una herida abierta en el paisaje, un riesgo para cualquiera que se acercara por ignorancia. Su trabajo era sanar heridas. Pero esta… esta podría ser más grande que cualquier cosa que hubiera enfrentado.

Hizo dos llamadas. La primera, a un contacto antiguo, un hombre retirado que había sido geólogo y ahora se dedicaba a la radiestesia y al estudio de las «líneas de fuerza» de la tierra. Le pidió que buscara cualquier anomalía geofísica o histórica en la ubicación de Moorhaven.

La segunda llamada fue a Otto Brownster.

—Profesor, necesito un historiador militar, o alguien que pueda acceder a registros de terrenos y propiedades del siglo XVIII y XIX con detalle. Busco… una mancha. Un lugar donde nada prospere, donde la historia local hable de desgracias recurrentes.

Otto, sin hacer preguntas innecesarias, asintió.

—Lo pondré en manos de Silas. Él tiene el ojo para eso ahora.

—Que tenga cuidado —insistió Álora—. Solo documentos. Nada de visitas.

La información comenzó a llegar en trozos, formando un cuadro cada vez más sombrío. El radiestesista confirmó: había una «falla» en la energía telúrica en ese punto, un lugar de «estancamiento y efluvio psíquico», según sus términos. No era natural; algo lo había causado o exacerbado.

Silas, buceando en registros de impuestos, mapas catastrales y correspondencia privada, encontró el patrón. Moorhaven había sido construida en 1740. La primera familia dueña murió en un brote de fiebre en 1742. La segunda la perdió en un incendio en 1760. La tercera se arruinó y la vendió en 1789. A partir de ahí, la sucesión de dueños fue rápida y desastrosa: suicidios, locuras, bancarrotas. En 1850, un tal Jeremiah Usher, un hombre obsesionado con el ocultismo, compró la propiedad. Fue él, según parece, quien intentó «arreglar» el lugar con los símbolos de contención. Desapareció en 1853. La casa quedó a cargo de un administrador distante hasta que, en 1893, un incendio (¿accidental?) destruyó el ala oeste. Desde entonces, abandonada.




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