El páramo norte de Northford era un vasto océano de brezo y roca, donde el viento no silbaba, sino que aullaba una canción antigua y desesperada. Álora Craiglesteir había dejado su coche en el último camino transitable y avanzaba a pie, guiada por un mapa topográfico y por la brújula interna de su don, que ya tiraba de ella como un imán repulsivo. Cada paso hacia Moorhaven era más difícil, como si el aire se espesara con una melaza invisible de desánimo.
No había niebla, pero la luz del día, clara y fría, parecía incapaz de penetrar el área que se extendía ante ella. La granja, o lo que quedaba de ella, era una silueta oscura recortada contra el cielo plomizo. La parte principal, de piedra gris y negra por el hollín del incendio, permanecía en pie, pero con un aire de derrota final. El ala oeste era un montón de escombros carbonizados donde crecía una hiedra negra y retorcida, antinaturalmente gruesa.
Álora se detuvo a cien metros del límite de lo que había sido el jardín, ahora un erial de tierra agrietada y maleza muerta. Aquí, el canto del viento cambió. Se volvió más bajo, un zumbido sordo que no venía del aire, sino del suelo. Un olor flotaba, tenue pero persistente: no a podrido, sino a ceniza vieja, a metal caliente y a algo agrio, como el sudor del miedo secado al sol.
Extendió las manos, palmas hacia la casa, y cerró los ojos. No buscaba un eco individual. Buscaba la firma del lugar.
Fue como sumergir la mente en un pozo de alquitrán hirviente. Una avalancha de impresiones la golpeó, no imágenes, sino sensaciones puras:
Fuego que no purifica, solo consume con rabia.
Huesos que se retuercen en la pira, no por las llamas, sino por la negación.
Una sed colectiva de descanso que nunca llega, convertida en rencor.
La tierra, testigo y víctima, envenenada por el rechazo.
El suspiro de cientos de gargantas que nunca pronunciaron una última palabra.
Era abrumador. No había narrativa, solo un estado permanente de agonía y rechazo. El «hueco» que mencionaba Eleanor no era una ausencia, sino una herida supurante en el tejido de la realidad. Moorhaven no estaba embrujada; estaba infectada. Era la manifestación física del trauma de una matanza olvidada, un trauma que la tierra había absorbido y ahora exudaba como un veneno psíquico.
Álora abrió los ojos, jadeando. Su corazón latía con fuerza. No podía «sanar» esto. No en el sentido tradicional. No había almas que consolar, porque las almas, si algo quedaba de ellas, se habían disuelto en esta sopa de dolor indiferenciado hacía siglos. Lo que había aquí era la memoria de la violencia incrustada en la piedra y el suelo.
Pero dejarlo así era inconcebible. Era una tierra baldía que envenenaría a cualquiera lo suficientemente sensible que se acercara, o que, con el tiempo, podría hacer que la misma desesperación se filtrara hacia los alrededores, afectando a las granjas vecinas, a los animales, al mismo pueblo de Northford en una lenta marea de pesimismo y mala fortuna.
Recordó entonces no los métodos de Eleanor, sino algo que había leído en uno de los libros prohibidos, un texto sobre geografía sagrada y lugares enfermos. Hablaba de «cantar la herida a dormir». No de curarla, sino de cambiarla de estado, de llevarla de la efervescencia activa a la latencia inerte. Como poner un virus en estado de hibernación.
Necesitaba un contrapeso. Un antídoto de paz tan fuerte como el veneno de violencia. Y necesitaba anclarlo en el terreno, físicamente.
Retrocedió hasta donde la sensación era solo una presión molesta, no una agresión. Se sentó en la tierra fría, sacó su cuaderno y comenzó a trazar. No símbolos de contención como los de Jeremiah Usher, que intentaban aprisionar la energía y por eso habían fallado, alimentando su rabia. Ella dibujó símbolos de transformación lenta: espirales que dirigían la energía hacia abajo, hacia el centro de la tierra; nudos que deshacían el nudo del trauma; símbolos de sueño profundo y de semilla que espera bajo la nieve.
Luego, hizo una lista de lo que necesitaría. No podía hacerlo sola, ni en un día. Necesitaba ayuda, pero no de la Sociedad. Necesitaba manos que entendieran la tierra, no el ocultismo.
Regresó a Northford y fue directamente a buscar al padre Rhys de St. Julian, que estaba de visita con un colega en la iglesia del pueblo. Le encontró en el pequeño jardín parroquial.
—Padre Rhys, necesito un favor —dijo, sin rodeos—. Necesito semillas.
—¿Semillas? —preguntó el sacerdote, confundido.
—De plantas nativas. Las más resistentes, las que echan raíces profundas. Brezo, aulagas, hierbas de páramo. Y necesito tierra. Tierra de un lugar pacífico y antiguo. De su cementerio, si es posible, de junto a una tumba muy vieja y apacible.
El padre Rhys la miró, viendo la seriedad absoluta en sus ojos.
—¿Es para ese lugar? ¿Moorhaven?
Álora asintió.
—No puedo sanarlo. Pero puedo intentar ponerlo a dormir. Las plantas con raíces profundas, sembradas en tierra pacífica y con una intención clara… pueden actuar como una aguja de acupuntura. Drenarán lentamente el veneno, lo transformarán en algo inerte, o al menos, lo aislarán. Es un proceso que podría tomar décadas, siglos quizás. Pero es mejor que nada.