La Dama de Negro

CAPÍTULO 16 | EL LEGADO Y LA LLAMADA.

El regreso a Londres tras Moorhaven fue como emerger de aguas profundas y turbulentas. El piso de Álora, con su quietud y sus objetos familiares, le ofreció un refugio que ahora apreciaba más que nunca. El caso del páramo había sido un recordatorio brutal de los límites de su don, pero también de su alcance. No todas las heridas podían cerrarse con palabras de consuelo; algunas requerían la paciencia de un jardinero y la humildad de saber que uno solo plantaba semillas para un futuro que quizás nunca vería.

Pasaron semanas de trabajo más rutinario: una colección de muñecas victorianas que transmitían una melancolía infantil, un espejo de tocador que reflejaba siempre un rostro de mujer llorando (resuelto descubriendo que había pertenecido a una viuda joven; Álora limpió el marco con agua de rosas y le contó, frente al espejo, cómo su esposo había muerto en paz, amándola). Cada caso la reconectaba con la humanidad detrás del eco, alejándola del abismo impersonal de Moorhaven.

Una tarde, mientras catalogaba un lote de cartas del siglo XVIII para un museo (buscando, como siempre, cualquier «adherencia» emocional inusual), sonó el timbre. Era un mensajero con un paquete certificado. No tenía remitente, pero el matasellos era de Edimburgo. De la New Town.

Una punzada de desconfianza atravesó a Álora. La Sociedad del Velo de Plata. ¿No se habían dado por vencidos? Con cuidado, abrió el paquete. No había carta. Solo un objeto, envuelto en varias capas de seda negra.

Era una llave. No como la pequeña llave de plata de Elspeth Craiglesteir. Esta era más larga, pesada, de hierro antiguo y oscuro, con un vástago complejo y una anilla en forma de trébol estilizado. Al tocarla, no sintió el frío vibrante de un eco, sino algo más sólido y terrenal: antigüedad, sí, pero también autoridad. Y un leve, muy leve, rastro de la energía de Eleanor. Era familiar.

La examinó bajo la luz. No había marcas, solo el desgaste del uso. ¿Una llave de la Sociedad? ¿Una prueba? ¿Una trampa? Su intuición le decía que no. Era algo de Eleanor. Algo que la Sociedad había tenido y ahora, por la razón que fuera, le devolvían.

Investigar en sus propios archivos llevó horas. Revisó los diarios cifrados de su bisabuela, los dibujos marginales, las listas de posesiones. Nada hablaba de una llave de hierro. Frustrada, estaba a punto de guardarla cuando su mirada cayó sobre el único retrato al óleo que tenía de Eleanor, pintado en su madurez. Lo descolgó, buscando algún detalle. Nada. Pero al darle la vuelta para volver a colgarlo, algo en el dorso de la tela le llamó la atención. Una pequeña protuberancia, un bulto bajo el forro de lino.

Con manos que temblaban levemente, cortó con cuidado el hilo que cerraba un pequeño bolsillo oculto en el reverso del marco de la tela. Dentro, había un sobre de papel doblado, increíblemente delgado, y un dibujo a lápiz. El dibujo mostraba la llave de hierro, idéntica a la que ahora tenía sobre su escritorio. Y el sobre contenía una sola línea, escrita en la letra de Eleanor: «Para la última. La cerradura está en el origen. No les digas nada.»

Para la última. Ella. La cerradura está en el origen. El origen de los Craiglesteir. Escocia. No Edimburgo, sino las Tierras Altas, el lugar del que procedía el clan antes de que su rama se dispersara. Y la advertencia final: No les digas nada. A la Sociedad.

¿Era esto lo que Eleanor había «cortado» al desvincularse? ¿No solo una filosofía, sino un objeto físico, un secreto que la Sociedad no debía poseer? Y ahora, décadas después, se lo enviaban. ¿Por qué? ¿Un acto de buena fe? ¿O un intento de llevarla a donde ellos querían, usando su curiosidad como carnada?

La decisión no era fácil. Pero la llave, y la nota de su bisabuela, eran un llamado más poderoso que cualquier advertencia de la Sociedad. Eleanor le estaba pidiendo, desde el pasado, que completara algo. Que fuera al origen.

Hizo sus preparativos con más cuidado que nunca. Dejó instrucciones detalladas con Silas y Otto, en sobres sellados que solo debían abrir si no daba señales de vida en un mes. Les habló de un viaje de investigación genealógico a Escocia, omitiendo la llave y la Sociedad. Luego, empacó lo esencial, incluyendo la llave de hierro envuelta en seda, y tomó el tren nocturno a Inverness.

Desde allí, alquiló un coche y se adentró en las Tierras Altas, hacia un lugar que solo conocía por mapas antiguos y leyendas familiares: un glen remoto llamado Gleann na h-Àilleachd —El Valle de la Hermosura—, donde se decía que los primeros Craiglesteir habían tenido un dùn, una granja fortificada.

Encontrar el lugar exacto fue un desafío. Las referencias eran vagas, los caminos se convertían en senderos de ovejas y luego desaparecían. Finalmente, guiada por una brújula y por una extraña sensación de reconocimiento en su sangre, llegó a un pequeño valle cubierto de helechos, cerrado por colinas escarpadas. En una loma baja, casi cubierta por la vegetación, distinguió los contornos de piedras caídas: los cimientos de algo antiguo.

No era una granja impresionante. Era un lugar humilde, barrido por el viento. Pero el aire aquí era diferente. No era pesado como en Moorhaven, ni cargado de ecos. Era claro, como un cristal, pero con una resonancia profunda y antigua, como el tañido de una campana de bronce enterrada.

Álora caminó entre las piedras. Su don, normalmente receptivo a las emociones atrapadas, aquí se sentía… afinado, amplificado. Este no era un lugar de trauma, sino de poder. Un poder tranquilo y arraigado, como el de un roble viejo. El poder de un linaje.




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