La profundización del don que Álora experimentó en Gleann na h-Àilleachd no fue un poder nuevo, sino una claridad cristalina. Ahora podía «sintonizar» frecuencias específicas de los ecos, distinguir el dolor de una pérdida amorosa del terror de un accidente, la nostalgia de un hogar del arrepentimiento de un pecado. Esto hacía su trabajo más preciso, pero también más intenso. Los susurros ya no eran murmullos genéricos; eran voces con matices, cada una pidiendo a gritos ser comprendida en su singularidad.
Sin embargo, la claridad tenía su precio. Comenzó a percibir, no solo en objetos o lugares, sino en el aire mismo de ciertas partes de la ciudad, pequeños «rasgones» —hilos sueltos en el tejido de lo cotidiano donde los ecos se filtraban con más facilidad. Un cruce de calles donde había ocurrido un suicidio décadas atrás y aún goteaba una tristeza densa; un banco de un parque que conservaba el fantasma cálido de un primer amor. El mundo, para sus sentidos afinados, estaba plagado de estas cicatrices emocionales invisibles. La mayoría eran pasivas, inofensivas, como fotografías emocionales pegadas al ambiente.
Hasta que llegó el caso del telar.
La llamada fue de una restauradora textil, una mujer llamada Gwendolyn que trabajaba para el Museo de Artes Decorativas.
—Es el telar Jacquard del siglo XIX, el que estaba en la exposición de la Revolución Industrial —explicó, su voz temblorosa—. Lo estamos limpiando, preparando para una nueva exhibición. Pero desde que lo movimos… ocurren cosas. Las herramientas se pierden, se oyen pasos alrededor de él de noche, y lo peor… las muestras de tela que tenemos cerca, telas modernas, adquieren patrones que no hemos tejido. Patrones que se asemejan a… a rostros. Rostros angustiados. Y hace frío. Un frío que no es normal.
Álora acudió al almacén del museo, una vasta nave de ladrillo con estanterías altísimas llenas de muebles y objetos cubiertos con sábanas blancas. El telar, una bestia de hierro y madera oscura, con sus miles de agujas y tarjetas perforadas, se alzaba en un claro, dominando el espacio. Incluso a diez metros de distancia, Álora sintió la vibración. No era un eco único. Era un enjambre.
Se acercó con cautela. El aire alrededor de la máquina era gélido y olía a aceite rancio y a lana polvorienta. Pero debajo de eso, percibió la verdad: sudor, miedo, agotamiento desesperado. Y algo más: una furia sorda, mecánica, como si la propia máquina, instrumento de la Revolución Industrial, hubiera absorbido el sufrimiento de sus operarios y lo hubiera convertido en algo nuevo y retorcido.
—¿Dónde trabajaba originalmente? —preguntó Álora a Gwendolyn, que se mantenía a una distancia segura.
—En una fábrica textil de Lancashire. «Hargreaves & Sons». Cerrada en 1890 después de una… de una protesta violenta. Hubo heridos. Y décadas de condiciones terribles antes de eso.
Álora asintió. No era un eco de una persona. Era el eco de una función, de un sistema de opresión. El telar no era el objeto, sino el conducto. Las tarjetas perforadas, que determinaban el patrón, no solo guiaban los hilos; habían grabado, en su repetitivo ciclo, el patrón del sufrimiento humano. El telar se había convertido, involuntariamente, en un «tejedor de sombras», replicando no flores o damascos, sino el rostro colectivo de la miseria.
—No podemos destruirlo —dijo Gwendolyn, casi suplicando—. Es históricamente invaluable.
—No se trata de destruirlo —respondió Álora, observando la compleja máquina—. Se trata de borrar la grabación.
Pero sabía que sería el caso más difícil hasta ahora. No podía consolar a una máquina, ni darle paz a una abstracción como «la explotación industrial». Necesitaba un enfoque simbólico y potente, que desprogramara el patrón de dolor grabado en el objeto.
Inspirada por lo aprendido en el valle ancestral, decidió no enfrentar el eco directamente, sino reprogramar el medio. Pidió a Gwendolyn que consiguiera dos cosas: una bobina de hilo nuevo, de lino blanco sin teñir, y permiso para acceder al telar una noche, sola.
Cuando llegó la noche, el almacén estaba sumido en un silencio sepulcral, roto solo por los crujidos del edificio. Álora encendió una sola lámpara de trabajo que iluminaba el telar con una luz cruda. Colocó la bobina de lino blanco en el carrete principal. Luego, en lugar de las tarjetas perforadas históricas, vacías de significado para ella, preparó una nueva secuencia. No usó tarjetas de cartón, sino delgadas láminas de plomo que había grabado ella misma durante el día.
No grabó patrones de flores. Grabó símbolos. Los mismos símbolos de transformación lenta que usó en Moorhaven, mezclados con símbolos de liberación y de sueño reparador que ahora entendía con mayor profundidad. Su intención era clara: tejer un nuevo patrón sobre el viejo, no para cubrirlo, sino para transmutarlo.
Con manos firmes, cargó las láminas de plomo en el mecanismo del Jacquard. El telar, un ser de hábitos repetitivos, aceptó la nueva «programación» sin quejarse. Álora comenzó a tejer.
El proceso era lento, hipnótico. La máquina cobró vida con un traqueteo sordo, sus agujas moviéndose con precisión mortuoria. Pero a medida que el lino blanco comenzaba a formar una tela bajo sus ojos, algo cambiaba. El frío en la habitación no disminuía, pero la sensación de angustia activa comenzó a disiparse, reemplazada por un agotamiento profundo, como el de una fiebre que finalmente rompe.