El telar había marcado un punto de inflexión. Álora no solo respondía a los susurros; ahora los anticipaba, percibiendo los puntos de tensión en el tejido emocional de la ciudad con la claridad de un cartógrafo de lo invisible. Tras el esfuerzo de reprogramar la máquina, sin embargo, su cuerpo le exigió una pausa. Una fatía densa, más mental que física, se instaló en ella. El constante filtrarse de emociones ajenas, incluso atenuadas por su control, era un desgaste acumulativo.
Decidió concederse un respiro. No un viaje, sino una retirada dentro de su propio santuario. Pasó días sin atender llamadas, dedicándose sólo a tareas mundanas: catalogar libros sin historia, reorganizar sus estantes de minerales y hierbas, reparar el desgaste del tiempo en los marcos de las fotografías familiares. Fue durante una de estas tareas, limpiando el polvo del retrato de su bisabuela Eleanor, cuando notó algo extraño.
La luz de la tarde, cayendo en un ángulo particular a través de los altos ventanales de su salón, hizo que el vidrio del cuadro reflejara, por un instante, no la habitación, sino algo distinto: la imagen borrosa de un árbol solitario en una colina, bajo un cielo amenazador. La imagen duró un segundo y desapareció. Álora frunció el cejo. No era un eco; era como si el cristal, por un capricho de la luz y quizás de la energía residual de la casa, hubiera actuado como un espejo momentáneo hacia otro lugar.
Lo desestimó como una curiosidad óptica, pero la imagen se le quedó grabada: el árbol retorcido, la colina pelada, la sensación de expectación estática antes de una tormenta.
Al día siguiente, revisando su correo postal (había desconectado el teléfono), encontró una postal. No tenía remitente, solo su nombre y dirección escritos con una letra pulcra y anónima. La fotografía en el anverso era en blanco y negro, antigua: un árbol solitario en una colina, bajo un cielo nublado. El mismo árbol. La colina de la postal era idéntica a la imagen reflejada en el cristal.
En el dorso, una sola frase: «¿Lo oyes también?»
Un escalofrío que no tenía que ver con ecos la recorrió. Esto no era un caso. Era un mensaje. Alguien sabía de su don, de su percepción agudizada. Y estaba jugando con ella, demostrando que podía llegar a través de medios ordinarios de una manera extraordinaria. La Sociedad del Velo de Plata, quizás. ¿O algo más?
Decidió no actuar. No alimentaría el juego. Rompió la postal y la tiró. Pero la sincronicidad —el reflejo, la postal— era una campana que no podía desoír. Algo se estaba alineando.
Dos días después, mientras paseaba por Hampstead Heath para despejar la mente, el viento trajo un sonido. No era el susurro de las hojas ni el grito de los niños jugando. Era un fragmento de música, una melodía antigua y triste tocada con lo que sonaba como una gaita lejana. Se detuvo, escuchando. Nadie más a su alrededor parecía notarlo. La melodía venía y se iba con el viento, imposible de localizar. Y entonces, una voz susurró, tan clara como si alguien estuviera a su lado, pero en un idioma que no entendía: gaélico, tal vez. Una sola palabra repetida: «Fàistineachd… Fàistineachd…»
Profecía. Predicción.
El viento cesó. La música se desvaneció. Álora se quedó quieta, el corazón acelerado. Esto iba más allá de ecos residuales. Era una comunicación dirigida. Algo, o alguien, estaba intentando captar su atención usando el mundo mismo como medio: la luz, el papel, el viento.
Esa noche, en sueños, lo vio. No era una imagen nítida, sino una sensación de presencia vasta y antigua, como una montaña que era también una mente. Y un mensaje, no en palabras, sino en conceptos puros: «La costura se deshilacha en el norte. El Guardián duerme. La tormenta que viene no es de agua.»
Se despertó sobresaltada, con la palabra «Fàistineachd» resonando en sus oídos y la imagen del árbol solitario quemada en sus párpados. Ya no podía ignorarlo. Era una llamada. Pero no de un alma perdida. Era una llamada de advertencia del mundo mismo, o de una inteligencia ligada a los lugares antiguos, a las corrientes de la tierra.
Consultó sus libros, los diarios de Eleanor. Encontró referencias vagas a «los Susurradores del Viento», entidades o fuerzas vinculadas a sitios de poder telúrico que, en momentos de gran desequilibrio, podían manifestarse a través de sincronicidades a aquellos lo suficientemente sensibles para percibirlas. No eran dioses ni fantasmas; eran más bien la «voz» de un ecosistema energético herido.
«La costura se deshilacha en el norte.» El norte. ¿Escocia otra vez? ¿El Guardián duerme? ¿El Guardián de qué? Y la tormenta… no de agua. Una tormenta de ecos, de energía psíquica desatada, de reminiscencias enloquecidas.
Necesitaba una guía más concreta. Y recordó a su contacto, el radiestesista retirado. Lo llamó, describiéndole las sincronicidades sin entrar en detalles.
—Hampstead Heath, dices —murmuró el hombre por teléfono—. Hay una línea ley que pasa por allí, una rama secundaria. Si algo la está perturbando aguas arriba, en el norte, podría causar… reverberaciones. Como un cable que transmite un cortocircuito. Lo que describes… suena a un aviso del propio lugar. Algo grande está pasando en un nodo del norte. Algo que amenaza con romper el equilibrio y enviar una onda de choque a través de toda la red.
Era la confirmación que necesitaba. No era un caso local. Era una crisis geográfica, una herida en la misma columna vertebral energética de la tierra. Y ella, por su sensibilidad y sus acciones pasadas (¿Moorhaven? ¿El valle ancestral?), había sido «seleccionada» para ser alertada.