La Dama de Negro

CAPÍTULO 19 | EL CÍRCULO ROTO.

El zumbido de la grieta era un agujero en el mundo. Álora se mantuvo a diez metros del borde del crómlech, el viento arremolinándose alrededor de ella, llevando el sonido de mil pesadillas superpuestas. La tormenta psíquica no era una metáfora; era una presión física que empujaba contra su pecho, una promesa de locura contenida a punto de estallar.

Miró la piedra partida. No era un accidente natural. Los bordes de la fractura eran demasiado regulares, como si un golpe preciso, quizás de un rayo o algo más intencional, la hubiera hendido. La costura se había deshilachado aquí, en este lugar remoto donde la antigua magia de la tierra y la piedra una vez mantuvieron un equilibrio.

El Guardián duerme. Las piedras eran el guardián. Un círculo de contención que ya no contenía. Su mente, afinada por el legado de su linaje y la advertencia del Susurrador, trabajaba a toda velocidad. No podía cerrar esa grieta. No tenía el poder, ni el conocimiento, para suturar una herida en el velo mismo. Pero tal vez… tal vez pudiera desviar la corriente, o amortiguar la explosión.

Recordó los principios fundamentales que había aprendido: los ecos necesitaban un anclaje, una historia, una forma. Esta grieta vomitaba emociones puras, desestructuradas. Si podía darles una forma temporal, un contenedor donde volcar esa energía hasta que… ¿hasta qué? No lo sabía. Hasta que alguien más pudiera arreglarlo, o hasta que la tierra misma lo absorbiera de manera menos destructiva.

Su mochila contenía herramientas, no para una tarea de esta magnitud, pero eran todo lo que tenía. Sacó el fragmento de tela del telar, el tejido de silencio. Era un contenedor de intención pura. Sacó la llave de hierro, símbolo de su linaje y de una conexión profunda. Y sacó las piedras que había traído de lugares sanados: la piedra lisa de la playa galesa, un trozo de ladrillo del archivo del norte, un guijarro del jardín de St. Julian. Cada una llevaba la huella de una paz restaurada.

Avanzó hacia el círculo, cada paso una batalla contra el muro de desesperación que emanaba de la grieta. El aire temblaba, distorsionando la luz. El viejo serbal crujía, sus ramas retorcidas como manos suplicando.

Al llegar al borde del crómlech, se arrodilló. No miró dentro de la grieta; sabía que lo que vería la rompería. En su lugar, colocó las piedras de los lugares sanados formando un semicírculo frente a la abertura, un dique simbólico de paz. Luego, desplegó la tela blanca sobre ellas, como una ofrenda.

Tomó la llave de hierro. No había cerradura aquí, pero su peso y su historia eran un ancla. La clavó en el centro de la tela, presionándola contra la tierra, justo en el límite donde la energía enferma encontraba su pequeño dique de paz.

—No soy la Guardiana del Velo —susurró, su voz ahogada por el zumbido—. Soy la Guardiana de los Ecos. Y tú eres un eco desbordado. Te ofrezco forma. Te ofrezco un canal.

Cerró los ojos y, en lugar de resistir la marea, hizo algo que nunca antes había intentado a esta escala: abrió sus sentidos. Dejó que la corriente de agonía la atravesara, pero al hacerlo, la filtró a través de la intención codificada en la tela y las piedras. No intentó calmar cada emoción individual; eso era imposible. Intentó darles un patrón. Les dio la forma del silencio del telar, la paz de la iglesia, la dignidad del archivo, la pureza de la costa galesa.

Fue como intentar domar un río en crecida con las manos. La energía cruda la golpeó, sacudiendo su cuerpo. Vió destellos de horrores históricos: batallas olvidadas, plagas, traiciones íntimas, el miedo primordial de la muerte. Lágrimas de sangre simbólica le corrieron por la cara. Gritó, pero el sonido se perdió en el rugido.

Pero lentamente, infinitesimalmente, algo cedió. La tela blanca bajo la llave comenzó a cambiar. No se quemó, ni se rasgó. Se oscureció, como si estuviera absorbiendo tinta invisible. Formas abstractas, tormentosas pero contenidas, comenzaron a aparecer en su superficie, como un mapa de la tormenta siendo capturado. Las piedras a su alrededor vibraron, calientes al tacto.

Álora no estaba cerrando la grieta. Estaba creando una válvula de alivio. La energía, en lugar de explotar hacia afuera en una onda expansiva de locura, estaba siendo parcialmente canalizada hacia este objeto compuesto, este «tapete» de contención improvisado. Era una solución temporal, desesperada, que consumía su propia fuerza vital a un ritmo alarmante.

No sabía cuánto tiempo pasó. Podrían haber sido minutos u horas. El cielo gris verdoso no cambiaba. Cuando por fin abrió los ojos, el zumbido había disminuido. No había desaparecido, pero ya no era un grito ensordecedor; era un gruñido sordo, contenido. La grieta seguía allí, temblando, pero la tormenta psíquica inmediata parecía haber encontrado un desagüe parcial en su artefacto.

La tela ya no era blanca. Era un lienzo de grises, negros y marrones oscuros, con remolinos y grietas que parecían un paisaje infernal en miniatura. La llave de hierro estaba caliente, casi al rojo vivo, pero no la quemaba. Las piedras a su alrededor estaban agrietadas, exhaustas.

Álora se desplomó hacia atrás, fuera del círculo, jadeando. Estaba agotada, vaciada. Pero había ganado tiempo. Tal vez horas, tal vez días. La grieta seguía siendo una herida abierta, pero ya no estaba desangrándose sin control en el mundo.

Entonces, una figura se materializó al otro lado del círculo, cerca del serbal. No había aparecido; simplemente estaba allí, como si siempre hubiera estado. Era un hombre mayor, vestido con ropas sencillas y gastadas de tweed, con una barba gris y ojos del color de la pizarra húmeda. En sus manos sostenía un bastón nudoso de madera de serbal.




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