Las décadas posteriores a la reparación del crómlech fueron un mosaico de silencios restaurados. Álora Craiglesteir no volvió a operar sola. Su encuentro con Fergus abrió una puerta a una red discreta y descentralizada de hombres y mujeres con dones afines: radiestesistas que escuchaban el lamento de los acuíferos, mujeres que calmaban el dolor en los cementerios antiguos, anticuarios que sabían «limpiar» objetos cargados. No era una sociedad con reglas, sino un entendimiento tácito. Se llamaban a sí mismos «Los Sintonizadores».
Álora se convirtió en un nodo central, una mentora. Silas Vane, ya con canas en las sienes y una cátedra de Historia de lo Intangible (una materia discreta y muy selectiva), era su enlace con el mundo académico y su archivista principal. Otto Brownster, ya muy anciano, seguía enviando notas con su letra temblorosa, señalando «peculiaridades» en viejos documentos hasta el final de sus días.
Su trabajo evolucionó. Ya no viajaba a cada casa susurrante. Ahora enseñaba, guiaba, y solo intervenía personalmente en casos de una gravedad extrema, como la vez que un hospital construido sobre un antiguo campo de batalla de la Guerra Civil comenzó a mostrar patrones de heridas de bala en las radiografías de pacientes sanos. Ahí, coordinó a un grupo de Sintonizadores para realizar un ritual de reconocimiento y paz que duró tres días, liberando a los ecos atrapados de los soldados.
El piso de Londres se convirtió en una especie de sala de consultas y archivo vivo. Las paredes, antes austeras, se llenaron de mapas marcados con alfileres de colores, estantes con objetos «dormidos» catalogados, y el trozo de tela oscura del crómlech, enmarcado ahora como un recordatorio de su límite y su deber.
Los años pasaron, implacables. Su cabello, siempre llevado con elegancia severa, se volvió de un blanco puro. Las arrugas marcaron su rostro, pero sus ojos ámbar conservaron una claridad penetrante, aunque ahora miraban el mundo con una paciencia profunda, tejida de miles de historias escuchadas y resueltas.
No tuvo hijos. No hubo tiempo, ni pareja que comprendiera la totalidad de su vida. Su linaje, los Craiglesteir, terminaría con ella. A veces, en las largas noches de invierno, esa idea le producía una punzada de melancolía. Pero luego miraba a Silas, a los jóvenes Sintonizadores que acudían a ella en busca de guía, y sabía que el legado no era solo de sangre. Era de conocimiento y de compasión. Eso sí lo había transmitido.
A los ochenta y tres años, su cuerpo comenzó a enviarle señales claras. La artritis en sus manos, que tantas veces habían acariciado objetos dolorosos, le dificultaba el trabajo fino. Un cansancio óseo, diferente al agotamiento de un caso difícil, se instaló en ella. Supo que era el momento.
Organizó una última reunión en su piso. Asistieron Silas, ya un hombre mayor pero vibrante; dos de los Sintonizadores más jóvenes en quien confiaba; y, para su sorpresa, una mujer de mediana edad enviada por la Sociedad del Velo de Plata, no con una oferta, sino con un reconocimiento: un medallón de plata con el símbolo del trébol, idéntico al de la llave de hierro.
—Es un gesto de respeto, señora Craiglesteir —dijo la mujer—. Incluso si nuestros métodos difieren, su obra… es innegable. La Sociedad reconoce en usted a la última verdadera Cailleach Dubh.
Álora frunció el cejo ante el término en gaélico.
—¿La qué?
—Cailleach Dubh —repitió la mujer—. La Anciana Negra. O, en la tradición más moderna de su propia familia, la Dama de Negro. Es un título que, según nuestros registros, se daba a la matriarca de su linaje que alcanzaba la maestría en el manejo de las reminiscencias. La que vestía simbólicamente de negro no por luto, sino por la capacidad de contener y transformar la oscuridad ajena. Su bisabuela Eleanor lo fue. Y ahora, por derecho y por obra, lo es usted.
La Dama de Negro. El nombre resonó en la habitación, cargado de un significado completamente nuevo. No era un fantasma, un espectro de dolor como Elspeth. Era un título de guardiana, de sabiduría. Álora lo aceptó con una inclinación de cabeza. Era un cierre hermoso e irónico a su historia, que había comenzado persiguiendo a una sombra con ese mismo nombre.
Esa noche, después de que todos se marcharon, Álora hizo las últimas anotaciones en su cuaderno de tapas de cuero, ahora grueso y gastado. En la última página, escribió:
«La tarea de una vida no es vencer a la oscuridad, sino aprender a danzar con sus ecos hasta que se cansan y se duermen. Mi danza termina aquí. Que otros encuentren su propia música. — Álora Craiglesteir, La Dama de Negro.»
Dejó instrucciones claras. Su piso y su archivo pasarían a Silas y al círculo de Sintonizadores. Los objetos custodiados serían distribuidos o, si era seguro, devueltos a la tierra. Su cuerpo sería incinerado y sus cenizas, por su propia y última voluntad, serían esparcidas en tres lugares: en el valle ancestral de Gleann na h-Àilleachd, en el páramo de Northford cerca de Moorhaven (para vigilar el lento sueño que ella había plantado), y desde los acantilados de Northford, donde una vez el dolor de Elspeth encontró la paz.
Se retiró a una pequeña cabaña de piedra en las Tierras Altas, cerca de donde vivía Fergus, el guardián del crómlech. Ya no tomaba casos. Pasaba los días observando el cambio de las naciones en las colinas, escuchando el viento verdadero, sin rastrear susurros en él. A veces, los vecinos del valle la veían pasear, una figura alta y erguida vestida siempre con un abrigo largo de lana negra, con un bastón de serbal que Fergus le había tallado. La llamaban con respeto a’ Bhean Dhubh —la Mujer Negra—, o, en los susurros que ya no le importaban, la Dama de Negro.