La niebla en Northford ya no era un manto opresivo, sino una bruma marina ordinaria que se disipaba con el mediodía. El pueblo, sin ser alegre, había perdido esa cualidad de retener el aliento. En la Sociedad de Historia, Silas Vane, ahora un hombre de sesenta años con el pelo entrecano y anteojos de lectura, cerraba la última caja de archivos de la colección Craiglesteir. El trabajo, iniciado en su juventud con temor y fascinación, concluía ahora con una sensación de círculo cerrado.
No todo estaba en cajas. En un estante especial, detrás de un cristal, se exhibían dos objetos: la caja de caoba vacía que una vez contuvo el relicario de Elspeth, y una fotografía en blanco y negro de Álora Craiglesteir en sus últimos años, tomada en su cabaña escocesa, su mirada clara y serena dirigida más allá del objetivo. La placa debajo decía simplemente: Álora Craiglesteir, 1920-2007. Historiadora y Restauradora del Patrimonio Intangible. Solo unos pocos sabían lo que realmente significaba ese «intangible».
Silas colocó la última carpeta en la caja y se detuvo frente al ventanal que daba a la calle. Recordaba la voz de Otto Brownster, el peso de la llave de plata, el frío gélido de la Dama en el umbral. Recordaba la calma imperturbable de Álora, la forma en que sus manos parecían aquietar el aire mismo.
Había dedicado su vida académica a documentar, con la discreción que ella le enseñó, los casos que podían ser explicados sin romper el paradigma racional. Había escrito sobre «histerias colectivas», «sugestión histórica» y «memoria ambiental». Pero en un archivo privado, cifrado y destinado a los futuros Sintonizadores, estaba la verdad completa.
Afuera, un grupo de excursionistas pasaba riendo, dirigiéndose hacia los acantilados. Ya no había historias de fantasmas que los disuadieran. El Pozo de los Suspiros era solo una curiosidad geológica. Moorhaven, en el páramo norte, seguía en ruinas, pero el brezo y el musgo habían crecido más tupidos alrededor de sus piedras negras. Cada primavera, Silas enviaba a un botánico de confianza a recoger muestras; los informes hablaban de una lenta recuperación de la flora nativa. La semilla de paz, literal y figurada, estaba echando raíces.
En Londres, el piso de Álora ya no existía. Había sido traspasado a una fundación discreta que financiaba estudios de conservación histórica y salud mental comunitaria. Los objetos «susurrantes» que ella custodiaba habían sido repatriados a sus lugares de origen con rituales de silencio, o enterrados en terrenos consagrados.
Sólo el fragmento de tela oscura del crómlech permanecía guardado en una caja fuerte como un recordatorio de la vez que el mundo estuvo a punto de sangrar por una herida olvidada.
Los Sintonizadores, la red que Álora ayudó a tejer, seguía funcionando. Eran menos místicos y más prácticos que nunca: terapeutas especializados en duelos históricos, arquitectos sensibles a la energía de los lugares, incluso un par de oficiales de policía que sabían cuándo un caso necesitaba algo más allá del informe forense. Se comunicaban a través de canales seguros, intercambiando conocimientos y apoyándose.
La sombra de la Sociedad del Velo de Plata, aunque presente, ya no era una amenaza; se había establecido una tregua incómoda basada en el respeto mutuo por el trabajo de la Dama de Negro.
En las Tierras Altas, cerca del crómlech reparado, una piedra nueva y más pequeña había sido colocada junto al serbal viejo. No tenía nombre, solo un símbolo grabado: el trébol de la llave de hierro, entrelazado con una espiral. Los pastores de la zona, que conocían las viejas historias, a veces dejaban una ramita de brezo fresco junto a ella. Decían que A’ Bhean Dhubh aún velaba por el valle, que su descanso era activo, un sueño que mantenía a raya a otros sueños más turbulentos.
Silas salió de la Sociedad de Historia y encendió un cigarrillo, un viejo vicio que ni Otto ni Álora habían logrado quitarle. Respiró el aire salado. El trabajo de toda una vida —la de Otto, la de Álora, la suya propia— había sido, en esencia, el de dar entierros dignos. Entierros a fantasmas, a duelos, a traumas enquistados en la piedra y el papel.
Miró hacia el mar, imaginando las cenizas de Álora mezclándose con la espuma. Ella no había vencido a la oscuridad. Había enseñado a bailar con ella hasta que se cansaba. Y ahora, el baile continuaba, con otros pies, otros ritmos.
Un viento fresco sopló desde el agua, limpiando los últimos jirones de niebla. Northford, a la luz clara de la tarde, parecía solo un pueblo costero más, con sus secretos bien guardados bajo capas de tiempo y sal.
Silas apagó el cigarrillo y se alejó por la calle adoquinada. Tenía un tren que tomar, estudiantes que guiar, archivos que revisar.
El susurro del mundo, mitigado pero nunca completamente silenciado, seguía ahí. Y mientras hubiera alguien dispuesto a escucharlo con respeto y a responder con compasión, el legado de la Dama de Negro —de Elspeth, de Eleanor, de Álora— perduraría.
No como un espectro, sino como un faro silencioso en la niebla, recordando que incluso el eco más tenue merece, al final, su paz.