Habían pasado algunos años desde la llegada de los corintios.
Alrededor de la fuente de Aretusa, las primeras casas de piedra de Siracusa iban sustituyendo poco a poco a los refugios de ramas. Los muelles de madera se adentraban cada vez más en la tranquila bahía. Cada mañana, los pescadores abandonaban la isla en pequeñas embarcaciones, mientras otros cultivaban ya las fértiles tierras de la costa cercana.
Sin embargo, la joven colonia seguía siendo frágil.
Más allá de los campos recién roturados comenzaban los territorios de los sículos. Los griegos divisaban a veces sus hogueras en lo alto de las colinas. Los sículos, por su parte, observaban con inquietud aquella ciudad que parecía crecer semana tras semana. Los encuentros eran escasos. Las miradas, siempre recelosas.
El menor incidente podía incendiar toda la región.
Aquella mañana, un joven cazador griego llamado Teágenes llevaba varias horas siguiendo las huellas de un gran ciervo. El animal había abandonado los bosques de encinas para internarse en las praderas que descendían suavemente hacia los acantilados sobre el mar.
El sol estaba ya alto cuando el griego tensó el arco.
La flecha salió con un seco silbido.
El ciervo dio aún unos cuantos saltos antes de desplomarse al borde de una pequeña hondonada cubierta de lentiscos y laureles.
Teágenes se acercó, orgulloso de su presa.
Pero se detuvo en seco.
Casi en el mismo instante, otro hombre surgió al otro lado de los matorrales.
Era aún más joven. Tenía la piel curtida por el sol y el cabello sujeto con una sencilla tira de cuero. Llevaba una larga lanza cuya punta estaba todavía manchada de sangre.
El sículo miró fijamente al ciervo y luego señaló su lanza.
En su lengua, afirmó que el animal le pertenecía.
Teágenes no entendió las palabras, pero el gesto bastaba.
Posó una mano sobre el arco. Señaló su flecha, clavada en el costado del ciervo.
Los dos hombres avanzaron.
Sus voces se alzaron. Ninguno comprendía al otro.
Muy pronto, los gestos sustituyeron a las palabras.
El sículo clavó su lanza en el suelo, delante del cuerpo del animal.
Un paso más.
Una mano deslizándose hacia un cuchillo.
Luego otro.
El silencio de la hondonada se volvió opresivo.
Apenas a unas decenas de pasos, una mujer recogía tranquilamente hojas de salvia y unas pequeñas flores blancas que crecían entre las rocas.
Su larga cabellera rojiza caía libremente sobre una túnica clara.
Parecía por completo ajena a la tensión que impregnaba el aire. Sin embargo, cuando levantó la cabeza, su mirada se posó de inmediato en los dos jóvenes.
Se acercó con paso tranquilo.
Ninguno de los dos advirtió su presencia hasta que estuvo casi entre ellos.
No preguntó nada. No pronunció palabra alguna.
Se limitó a contemplar el ciervo.
Luego se arrodilló.
Con sorprendente delicadeza, extrajo la flecha griega y la dejó en el suelo. Después tomó la lanza del sículo y la depositó justo a su lado.
Las dos armas quedaron paralelas.
Iguales.
Entonces alzó los ojos hacia los dos cazadores. Su mirada pasó de uno a otro sin mostrar preferencia.
Sacó lentamente de su cinturón un cuchillo de bronce.
Tras una breve vacilación, se lo tendió al griego y señaló al animal.
Nada más.
El silencio parecía tener más peso que cualquier discurso.
Teágenes fue el primero en comprender.
Tomó el cuchillo.
El sículo no se movió.
Muy despacio, el griego dividió el ciervo en dos partes tan iguales como le fue posible.
Cuando hubo terminado, retrocedió unos pasos.
El joven sículo contempló largo rato las dos mitades. Luego recogió una de ellas.
Antes de marcharse, inclinó ligeramente la cabeza hacia el griego, y este respondió con el mismo gesto.
Cada uno se alejó por su lado.
No habían intercambiado una sola palabra.
El joven griego llevaba cerca de una hora siguiendo el sendero que lo conducía de regreso al poblado. Ascendía hacia las primeras estribaciones rocosas que dominaban el mar. Allí, el terreno se estrechaba hasta convertirse en un angosto paso abierto en la piedra, aferrado a una cornisa que se alzaba varias decenas de codos sobre el vacío.
Teágenes aminoró el paso. Las cabras utilizaban a menudo aquel sendero.
En ese mismo instante, en algún lugar de las profundidades de la montaña, una vibración casi imperceptible recorrió el suelo.
No fue una sacudida.
Apenas un estremecimiento.
Unos granos de polvo se deslizaron silenciosamente desde una grieta.
Muy por encima del sendero, un enorme bloque de piedra caliza, inmóvil desde hacía siglos, se desplazó el ancho de un dedo.
Teágenes no había sentido nada.
Estaba a punto de adentrarse en la cornisa cuando un destello de color atrajo su mirada.
A pocos pasos del camino, la misma joven estaba sentada sobre una roca, como si se limitara a contemplar el mar. Su larga cabellera rojiza le llegaba hasta la cintura. Su túnica griega, de una blancura casi luminosa bajo el sol, contrastaba con la piedra gris.
El cazador frunció el ceño.
Conocía a todos los habitantes de la joven colonia.
Aquella mujer no era uno de ellos.
—¡Eh! —gritó—. ¿Quién eres?
Ella volvió lentamente la cabeza hacia él.
Su mirada era serena, casi divertida.
La respuesta apenas le llegó, llevada por el viento.
—Aretusa... quizá.
Teágenes vaciló.
—¿Dónde vives?
Ella esbozó una leve sonrisa.
—Más lejos... en la montaña.
No señaló ninguna dirección.
Luego se levantó con tranquila gracia y desapareció tras un bosquecillo de lentiscos.
El joven griego dio unos pasos en aquella dirección.
De pronto, un sordo retumbar surgió de los acantilados.
Instintivamente, se detuvo.
El estruendo creció con violencia.