La lluvia golpeaba el parabrisas con una fuerza casi desesperada. Cada relámpago iluminaba el estrecho camino que atravesaba el bosque, revelando árboles retorcidos cuyas ramas parecían intentar atrapar el automóvil.
Evelyn Blackwood sujetó el volante con firmeza. Había conducido durante horas desde la ciudad para llegar a la única herencia que le había dejado su abuela: una vieja mansión de la que nadie en la familia quería hablar.
—¿Por qué nadie quiso venderla? —murmuró.
Como respuesta, un trueno sacudió el cielo.
Finalmente, entre la niebla apareció la silueta de la casa.
Era enorme.
Sus torres se alzaban hacia un cielo oscuro, las ventanas brillaban tenuemente como si alguien hubiera encendido velas en su interior, aunque el lugar llevaba décadas deshabitado. La verja de hierro se abrió sola con un chirrido que hizo estremecer a Evelyn.
—Debe de ser el viento...
Pero no había viento.
Solo silencio.
Entró con una pequeña maleta y una linterna. El aire olía a madera antigua, polvo y rosas marchitas.
En el vestíbulo encontró un sobre sobre una mesa de mármol.
Estaba dirigido a ella.
"Evelyn... jamás retires la tela del espejo del salón. Algunas puertas deben permanecer cerradas."
No había firma.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Intentó convencerse de que era una broma de algún familiar, pero la curiosidad pudo más.
Siguió un largo pasillo adornado con retratos de personas de mirada seria. Sin importar hacia dónde caminara, tenía la inquietante sensación de que los ojos de los cuadros la seguían.
Al llegar al salón principal encontró un enorme objeto cubierto por una tela negra.
Era el espejo.
Medía casi tres metros de alto y el marco estaba tallado con rosas, cuervos y figuras que parecían llorar.
—Solo miraré un segundo...
Sujetó la tela.
La dejó caer.
El espejo apareció ante ella completamente agrietado. Cientos de grietas recorrían el cristal como si hubiera sido golpeado desde el otro lado.
Evelyn observó su reflejo.
Todo parecía normal...
Hasta que parpadeó.
Su reflejo no lo hizo.
La mujer del espejo sonrió lentamente.
Una lágrima de sangre descendió por su mejilla.
Y con una voz apenas audible, sus labios pronunciaron cuatro palabras:
—Por fin volviste a casa.
Antes de que Evelyn pudiera reaccionar, todas las luces de la mansión se apagaron al mismo tiempo.
Y, desde el piso superior, se escuchó el lento crujido de unos pasos.