La dama del espejo roto

Capitulo 2

El corazón de Evelyn latía con tanta fuerza que apenas podía escuchar otra cosa.
La oscuridad envolvía el salón. Solo la luz de la luna, que se filtraba por los altos ventanales, iluminaba el espejo agrietado.
Los pasos del piso superior continuaban.
Lentos.
Pesados.
Como si alguien caminara descalzo sobre la vieja madera.
—¿Hay alguien? —preguntó con voz temblorosa.
Nadie respondió.
Reunió el valor suficiente para mirar de nuevo el espejo.
Estaba sola.
La mujer había desaparecido.
—Lo imaginé...
Pero justo cuando dio un paso hacia atrás, escuchó un suave susurro detrás de ella.
—No mires atrás...
Se giró de inmediato.
No había nadie.
Respiró hondo e intentó calmarse.
Entonces notó algo extraño.
Sobre el suelo, donde antes solo había polvo, aparecía un rastro de huellas húmedas que se dirigían hacia la gran escalera.
Como si alguien acabara de salir del espejo.
Evelyn tragó saliva.
No debía seguirlas.
Sin embargo, algo más fuerte que el miedo la empujó a avanzar.
Subió lentamente los escalones.
Cada peldaño crujía bajo sus pies.
Al llegar al segundo piso encontró un largo corredor cubierto por retratos antiguos.
Todos pertenecían a la familia Blackwood.
Había niños, ancianos y mujeres con vestidos negros.
Pero uno llamó su atención.
Era el retrato de una joven de ojos verdes y cabello oscuro.
Era idéntica a ella.
En la placa dorada podía leerse:
Lady Eleanor Blackwood 1898 – 1923
Evelyn sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Es imposible...
Levantó la mano para tocar el cuadro.
En ese instante, una voz grave sonó a sus espaldas.
—No deberías estar aquí.
Evelyn se giró sobresaltada.
Frente a ella había un hombre alto, vestido con un abrigo negro empapado por la lluvia. Sus ojos grises la observaban con una mezcla de preocupación y sorpresa.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Adrián Ashcroft. Mi familia ha cuidado esta mansión durante generaciones.
—¿Cómo entró?
—La pregunta es otra... ¿por qué abrió el espejo?
Evelyn sintió un escalofrío.
—¿Cómo sabe eso?
Adrián bajó la mirada durante unos segundos.
—Porque cada vez que alguien descubre ese espejo... la maldición vuelve a despertar.
Antes de que pudiera explicar más, un fuerte golpe resonó en el pasillo.
Los dos miraron hacia el retrato de Eleanor.
Ante sus ojos, una fina grieta comenzó a extenderse sobre la pintura.
Y, desde el interior del cuadro, una voz femenina susurró:
—Solo una de nosotras podrá vivir.




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