La dama del espejo roto

Capitulo 4

Las velas se apagaron.
Evelyn sintió que la mano de Adrián se cerraba con fuerza alrededor de la suya.
—No la mires a los ojos —susurró él.
Pero era demasiado tarde.
Eleanor estaba frente a ellos.
Su vestido blanco estaba cubierto de manchas oscuras y su largo cabello negro caía sobre sus hombros. A pesar de tener el mismo rostro que Evelyn, había algo terriblemente diferente en ella.
Sus ojos.
Negros como un pozo sin fondo.
—Has tardado demasiado —dijo Eleanor.
Evelyn retrocedió.
—¿Quién eres?
La sonrisa de Eleanor se hizo más amplia.
—Soy lo que tú serás.
Adrián sacó una pequeña medalla de plata que llevaba alrededor del cuello. Al levantarla, una luz tenue apareció en la habitación.
Eleanor gritó.
Su cuerpo comenzó a desvanecerse como humo.
—¡Todavía no! —chilló—. ¡Ella me pertenece!
La figura desapareció.
Durante unos segundos solo quedó el silencio.
Evelyn respiraba agitadamente.
—¿Qué acaba de pasar?
Adrián guardó la medalla.
—La única cosa que puede mantenerla alejada por un tiempo.
—¿Y cuánto tiempo tenemos?
Adrián la miró con seriedad.
—Hasta el amanecer.
Evelyn abrió los ojos.
—¿Y después?
—Después intentará entrar en tu cuerpo.
Un escalofrío recorrió a Evelyn.
—Tiene que existir una forma de detenerla.
Adrián miró el viejo diario.
—Existe.
—Entonces dime cuál es.
—El espejo debe romperse.
Evelyn frunció el ceño.
—¿Y por qué no lo han hecho antes?
Adrián bajó la mirada.
—Porque no basta con romperlo.
Se acercó al diario y pasó varias páginas hasta encontrar una ilustración.
Era el mismo espejo.
Alrededor de él había siete símbolos.
—Para destruirlo definitivamente, hay que encontrar las siete piezas originales del cristal.
—¿Dónde están?
Adrián cerró el diario.
—Dentro de la mansión.
Un ruido llegó desde el piso superior.
Toc... toc... toc...
Evelyn levantó la mirada.
—¿Eso qué fue?
Adrián palideció.
—No puede ser.
—¿Qué?
Él señaló hacia el techo.
—El reloj.
—¿Qué tiene?
—La medianoche ya pasó hace mucho.
El sonido volvió a escucharse.
Toc... toc... toc...
Adrián tomó la mano de Evelyn.
—Tenemos que encontrar la primera pieza antes de que vuelva a sonar.
—¿Y qué sucederá entonces?
Adrián la miró fijamente.
—Eleanor podrá salir del espejo.
En ese instante, desde algún lugar de la mansión, una mujer comenzó a cantar una antigua canción de cuna.
Y Evelyn reconoció la voz.
Era la suya.




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