La canción de cuna continuaba por los pasillos.
Suave.
Lenta.
Terriblemente familiar.
Evelyn permaneció junto a Adrián, intentando controlar el temblor de sus manos.
—Esa canción... —susurró—. Mi madre me la cantaba cuando era niña.
Adrián la observó con preocupación.
—¿Estás segura?
—Completamente.
La melodía volvió a escucharse.
Esta vez provenía de la planta baja.
Adrián tomó una lámpara de aceite y comenzó a caminar.
—Ven.
—¿Adónde?
—A buscar la primera pieza.
Bajaron por las escaleras. Cada sombra parecía moverse cuando Evelyn dejaba de mirarla.
Al llegar al vestíbulo, la canción se detuvo.
Silencio.
Adrián levantó la lámpara.
—Debe estar cerca.
Evelyn miró alrededor.
Entonces vio algo.
Una pequeña puerta debajo de la escalera.
—Ahí.
Adrián abrió la puerta.
Dentro había una habitación diminuta llena de objetos antiguos: muñecas, libros, cajas de música y retratos infantiles.
En la pared había escrito algo con tinta roja:
"La primera pieza pertenece a quien recuerda."
Evelyn sintió un extraño dolor en la cabeza.
Una imagen apareció en su mente.
Ella era una niña.
Corría por aquella misma habitación.
Pero eso era imposible.
Nunca había estado allí.
—Evelyn...
La voz de Adrián la sacó de sus pensamientos.
En el fondo de la habitación había una caja de música.
Evelyn se acercó.
Al abrirla, comenzó a sonar la misma canción de cuna.
Dentro había un pequeño fragmento de cristal negro.
—Lo encontramos —dijo Adrián.
Evelyn extendió la mano.
En cuanto sus dedos tocaron el cristal, la habitación desapareció.
Se encontró frente al espejo.
Eleanor estaba al otro lado.
Esta vez no parecía furiosa.
Parecía triste.
—Evelyn... —susurró.
—¿Qué quieres de mí?
Eleanor apoyó una mano sobre el cristal.
—Quiero que recuerdes.
—¿Recordar qué?
Eleanor sonrió con tristeza.
—Que tú y yo ya nos conocíamos.
El espejo se agrietó con un fuerte estruendo.
Evelyn despertó de la visión y cayó al suelo.
Adrián la sostuvo antes de que se golpeara.
—¿Qué viste?
Evelyn respiraba con dificultad.
—Ella dijo que ya nos conocíamos.
Adrián se quedó completamente inmóvil.
—Eso no es posible.
—¿Por qué?
Él miró el fragmento de cristal que Evelyn sostenía.
Su rostro había perdido todo el color.
—Porque Eleanor murió hace ciento tres años.
Evelyn lo miró confundida.
—Entonces...
Adrián tragó saliva.
—La única forma de que te conociera es que tú hayas estado aquí antes.
En ese instante, la caja de música dejó de sonar.
Y una voz infantil susurró desde debajo de la escalera:
—Evelyn... no confíes en Adrián.
Los dos se quedaron paralizados.
Porque aquella voz...
también era la de Evelyn.