—No confíes en Adrián.
La voz infantil volvió a escucharse debajo de la escalera.
Evelyn sintió que un escalofrío le recorría todo el cuerpo.
Adrián permaneció inmóvil.
—No la escuches —dijo finalmente.
—¿Por qué? —preguntó Evelyn—. Esa voz era mía.
—Precisamente por eso.
Evelyn lo miró con desconfianza.
—Quiero saber la verdad.
Adrián bajó la mirada.
—Entonces tendrás que recordar.
Antes de que Evelyn pudiera responder, el fragmento de espejo que sostenía comenzó a calentarse. Una luz plateada recorrió sus dedos y, de repente, una imagen apareció frente a ella.
Una niña pequeña corría por el jardín de la mansión.
Tenía el cabello oscuro.
Sus ojos eran verdes.
Evelyn reconoció aquel rostro.
Era ella.
La niña se detuvo frente a una mujer vestida de blanco.
Eleanor.
—Prométeme que volverás —decía la mujer.
La niña sonrió.
—Lo prometo.
La visión cambió.
Ahora la pequeña Evelyn estaba frente al espejo roto.
Eleanor permanecía detrás de ella, colocando una mano sobre su hombro.
—Cuando seas mayor, olvidarás todo esto —susurró—. Pero el espejo recordará por ti.
Evelyn abrió los ojos de golpe.
Cayó de rodillas.
—Yo estuve aquí...
Adrián se agachó a su lado.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace diecisiete años.
Evelyn sintió que el mundo se detenía.
—Eso es imposible. Yo nunca había visto esta casa.
Adrián negó lentamente con la cabeza.
—Tu familia hizo todo lo posible para que lo olvidaras.
—¿Por qué?
Él guardó silencio.
—¡Dímelo!
Adrián la miró directamente a los ojos.
—Porque tu madre fue quien rompió el espejo.
Evelyn se quedó sin palabras.
—¿Mi madre conocía a Eleanor?
—Más de lo que imaginas.
Un fuerte estruendo sacudió la mansión.
El fragmento de cristal cayó de las manos de Evelyn.
Desde el piso superior llegó un sonido de vidrios rompiéndose.
Adrián se levantó rápidamente.
—Ya empezó.
—¿Qué empezó?
Miró hacia las escaleras.
—Eleanor está saliendo del espejo.
Entonces todas las puertas de la mansión se cerraron al mismo tiempo.
Y una voz femenina recorrió cada habitación:
—Evelyn... es hora de recordar quién eres.