La dama del espejo roto

Capitulo 7

Las puertas de la mansión se cerraron de golpe.
Evelyn corrió hacia la entrada y tiró del picaporte.
Nada.
—Está bloqueada.
Adrián levantó la lámpara y observó el largo pasillo.
—No podremos salir hasta que ella quiera dejarnos.
—¿Eleanor?
Él asintió.
Un susurro recorrió las paredes.
—Evelyn...
Ella se estremeció.
—¿Dónde está?
Adrián señaló las escaleras.
—Arriba.
Subieron rápidamente. La casa parecía diferente. Los pasillos se habían alargado y las paredes estaban cubiertas de nuevas grietas.
Al llegar al segundo piso, Evelyn se detuvo frente a una puerta que nunca había visto.
Era negra y tenía una rosa tallada en el centro.
—Esa puerta no estaba aquí.
—Sí estaba —respondió Adrián—. Solo que la mansión no quería que la encontraras.
La puerta se abrió lentamente.
Dentro había una habitación perfectamente conservada.
Un tocador antiguo, vestidos colgados en un armario y cientos de fotografías.
Evelyn se acercó a una mesa.
Encontró una fotografía que la dejó sin respiración.
Era ella de niña.
Estaba sentada junto a Eleanor.
Y detrás de ellas aparecía una mujer que Evelyn reconoció inmediatamente.
Su madre.
—Mi madre estuvo aquí.
Adrián se acercó.
—Sí.
Evelyn tomó otra fotografía.
En el reverso había una fecha y una frase escrita a mano:
"La niña será el nuevo recipiente."
—¿Qué significa esto?
Adrián no contestó.
Evelyn lo miró.
—¡¿Qué significa?!
—Que tu madre sabía lo que Eleanor quería hacer contigo.
El rostro de Evelyn se llenó de lágrimas.
—Entonces... ¿por qué me trajo aquí?
—No te trajo para entregarte.
Adrián señaló una pequeña caja sobre el tocador.
—Te trajo para salvarte.
Evelyn abrió la caja.
Dentro había una llave de plata.
En cuanto la tocó, escuchó una voz detrás de ella.
—Tu madre intentó destruirme.
Evelyn se giró.
Eleanor estaba junto a la ventana.
Ya no parecía un fantasma.
Su piel tenía color.
Su cabello caía sobre sus hombros.
Y sus ojos eran exactamente iguales a los de Evelyn.
—Pero fracasó.
Eleanor avanzó lentamente.
—Ahora tú terminarás lo que ella comenzó.
Adrián se interpuso entre ambas.
—No la tocarás.
Eleanor sonrió.
—Todavía la amas, ¿verdad?
Evelyn miró a Adrián.
Él no respondió.
Eleanor levantó una mano.
El espejo del tocador comenzó a agrietarse.
—Entonces tendrás que elegir.
Una grieta atravesó el cristal.
—Ella... o yo.
Y, desde el interior del espejo, apareció una segunda figura.
La madre de Evelyn.
—¡Mamá! —gritó Evelyn.
Pero su madre no estaba viva.
Era un recuerdo atrapado en el cristal.
Y estaba intentando advertirle algo.
Con lágrimas en los ojos, movió los labios:
—No confíes en él.




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