Evelyn sintió que la sangre se le helaba.
—¿Quién me mató? —preguntó.
La niña sonrió.
—Tú misma.
—Eso no tiene sentido.
—Todavía no recuerdas.
Adrián se colocó delante de Evelyn.
—No la escuches.
La niña inclinó la cabeza.
—Siempre haces lo mismo, Adrián.
Él palideció.
—Vete.
—¿Por qué tienes miedo?
La pequeña levantó la rosa marchita.
—Ella sabe la verdad.
De pronto, Evelyn sintió un dolor insoportable en la cabeza.
Una nueva memoria apareció.
Tenía nueve años.
Corría por el jardín de la mansión mientras su madre gritaba su nombre.
—¡Evelyn, no te acerques al espejo!
Pero ella seguía corriendo.
En sus manos llevaba una pequeña llave de plata.
Después vio a Adrián.
Era más joven, pero era él.
Estaba discutiendo con su madre.
—¡No puedes llevártela! —gritaba él.
—¡Si se queda aquí, Eleanor la encontrará!
Entonces todo se volvió negro.
Evelyn despertó de la visión de rodillas.
—Yo... morí aquí.
Adrián cerró los ojos.
—Sí.
—¿Qué pasó?
Él tardó en responder.
—Tu madre intentó destruir el espejo. Eleanor la detuvo. Tú intentaste ayudarla.
Evelyn lo miró fijamente.
—¿Y tú?
Adrián tragó saliva.
—Yo llegué demasiado tarde.
La niña soltó una pequeña carcajada.
—Miente.
Evelyn se volvió hacia ella.
—¿Qué estás diciendo?
La niña señaló a Adrián.
—Él fue quien te entregó.
El silencio cayó sobre el corredor.
Evelyn miró a Adrián.
—Dime que no es cierto.
Adrián no respondió.
Una lágrima recorrió el rostro de Evelyn.
—Dímelo.
Finalmente, él levantó la mirada.
—No puedo.
Eleanor apareció detrás de la niña.
—Ahora lo recuerdas.
Evelyn sintió que algo dentro de ella se rompía.
—¿Por qué?
Adrián dio un paso hacia ella.
—Porque no tenía elección.
—¡Todos dicen eso!
Evelyn levantó la llave de plata.
El suelo comenzó a temblar.
Las paredes de la mansión se llenaron de grietas.
La niña sonrió.
—Por fin.
Eleanor extendió una mano hacia Evelyn.
—Ven conmigo.
Pero Evelyn negó con la cabeza.
—No.
Su voz era firme.
—No voy a ser el recipiente de nadie.
La llave comenzó a brillar.
Y, por primera vez, Eleanor dejó de sonreír.
—¿Qué has hecho?
Evelyn miró la llave.
Una inscripción apareció sobre la plata:
"La hija de la casa decidirá quién permanece."
Entonces las puertas de la mansión se abrieron de golpe.
Y desde algún lugar del bosque llegó el sonido de cientos de campanas.
Adrián miró a Evelyn horrorizado.
—Tenemos hasta el amanecer.
—¿Para qué?
—Para decidir quién de los tres morirá.