Evelyn cayó sobre un suelo frío.
Durante unos segundos no pudo moverse.
Cuando finalmente levantó la cabeza, sintió que el corazón se le detenía.
Estaba dentro de la mansión.
Pero no era la mansión que conocía.
Las paredes estaban cubiertas de rosas negras. Las ventanas mostraban un cielo rojo y la luz de la luna parecía teñida de sangre.
—Adrián...
Su voz se perdió en el silencio.
Se levantó lentamente.
—¿Adrián?
Nadie respondió.
Entonces escuchó una risa.
—Aquí no puede ayudarte.
Evelyn se giró.
Eleanor estaba sentada al otro lado del salón.
Pero ya no tenía la apariencia de una mujer joven.
Su piel era pálida y sus ojos completamente negros.
—¿Qué quieres de mí?
Eleanor se levantó.
—Quiero recuperar lo que me pertenece.
—Yo no te pertenezco.
—Eso es lo que te hicieron creer.
Eleanor caminó hacia ella.
—¿Nunca te has preguntado por qué tienes mis ojos?
Evelyn retrocedió.
—No somos iguales.
Eleanor sonrió.
—No por fuera.
Señaló una puerta.
—Entra.
Evelyn no quería hacerlo.
Pero algo dentro de ella la obligó a avanzar.
Abrió la puerta.
Encontró una habitación idéntica a la que había visto en sus recuerdos.
Había una niña sentada frente a un espejo.
Era ella.
Pero esta vez Evelyn pudo ver lo que había ocurrido aquella noche.
Su madre estaba detrás de la niña.
—Evelyn, escucha. Pase lo que pase, nunca abras el espejo.
La pequeña asintió.
Entonces apareció Adrián.
—Tenemos que irnos.
Su madre tomó la mano de Evelyn.
Pero antes de llegar a la puerta, Eleanor apareció.
—No pueden escapar.
Su madre se interpuso.
—¡Déjala!
Eleanor levantó una mano.
El espejo comenzó a brillar.
La pequeña Evelyn empezó a llorar.
—¡Mamá!
Su madre gritó:
—¡Adrián, llévatela!
Adrián tomó a la niña en brazos.
Pero antes de escapar, Evelyn vio algo.
Su madre miró directamente a Eleanor.
—Puedes tenerme a mí.
Eleanor sonrió.
—Eso era lo que esperaba.
La visión terminó.
Evelyn cayó de rodillas.
—Mi madre se sacrificó por mí...
—Sí —dijo Eleanor detrás de ella.
Evelyn se giró.
—Entonces, ¿por qué dices que te pertenezco?
Eleanor se acercó.
—Porque tu madre hizo un pacto conmigo.
—¿Qué pacto?
—A cambio de salvarte, prometió que cuando cumplieras veintiséis años regresarías a esta casa.
Evelyn sintió un nudo en la garganta.
—No...
—Pero hay algo que ella no sabía.
Eleanor levantó un dedo.
—Los pactos pueden romperse.
—¿Cómo?
Eleanor sonrió.
—Con una muerte.
De repente, Evelyn escuchó un golpe detrás de ella.
¡PUM!
El espejo de la habitación comenzó a romperse.
Y una mano apareció desde el otro lado.
Evelyn reconoció la voz.
—¡Evelyn, no le creas!
Era Adrián.
Pero su voz sonaba desesperada.
Eleanor se acercó al cristal.
—Demasiado tarde.
La mano de Adrián atravesó el espejo.
—¡Corre!
Evelyn tomó la llave de plata.
Entonces descubrió algo grabado en ella que nunca había visto.
Una sola palabra:
ELENA.
Evelyn palideció.
—Ese era el nombre de mi madre...
Eleanor dejó de sonreír.
Por primera vez, parecía asustada.
—¿Dónde encontraste esa llave?
Evelyn la sostuvo con fuerza.
—Era de mi madre.
Eleanor retrocedió.
—Entonces ella te dejó la única cosa capaz de destruirme.
El espejo comenzó a resquebrajarse.
Y una figura apareció detrás de Eleanor.
La madre de Evelyn.
—Ahora, hija mía... termina lo que yo empecé.