La dama del espejo roto

Capitulo 16

La habitación comenzó a llenarse de humo negro.
Evelyn intentó acercarse a Adrián, pero una fuerza invisible la detuvo.
—¡Adrián!
Él seguía en el suelo, luchando por levantarse.
La mujer que decía ser la verdadera Evelyn sostenía la llave de plata entre sus dedos.
—Finalmente volverá a mí —susurró.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero recuperar mi vida.
La llave comenzó a brillar.
El humo rodeó a la mujer y, por un instante, su rostro cambió.
Evelyn vio a una niña.
Una niña idéntica a ella.
—Éramos pequeñas —dijo la mujer—. Nuestra madre intentó salvarnos a las dos, pero solo pudo sacar a una de la mansión.
—¿Por qué te dejó aquí?
La expresión de la mujer se endureció.
—Porque el espejo me eligió.
Isolde habló desde el fragmento de cristal.
—No fue el espejo quien la eligió.
La mujer se volvió furiosa.
—¡Cállate!
—Fue Eleanor.
Evelyn abrió los ojos.
—¿Qué?
Isolde continuó:
—Eleanor necesitaba un cuerpo. Tu hermana era demasiado pequeña, así que esperó. Pero Elena descubrió sus planes y escapó contigo.
La mujer apretó los puños.
—¡Mentira!
Isolde negó.
—Tu hermana no es la verdadera guardiana.
Evelyn miró a la mujer.
—Entonces, ¿qué eres?
La respuesta llegó desde el fondo de la habitación.
—La primera víctima.
Eleanor apareció entre las sombras.
Pero ya no parecía un fantasma.
Su cuerpo estaba cubierto de grietas, como si su piel fuera de cristal.
—Yo también fui engañada —dijo—. Isolde me prometió que podría vivir para siempre.
Isolde guardó silencio.
Evelyn comprendió que había algo que ninguna de ellas le había contado.
—¿Qué ocurrió realmente?
Eleanor miró a las dos hermanas.
—Hace más de cien años, Isolde creó el pacto.
—¿Por qué?
—Porque quería regresar a alguien que había perdido.
Evelyn sintió un escalofrío.
—¿A quién?
Isolde cerró los ojos.
—A mi hija.
La habitación quedó completamente silenciosa.
Entonces la llave de plata se partió en dos.
Una mitad cayó al suelo.
La otra permaneció en la mano de la hermana de Evelyn.
Adrián consiguió levantarse.
—¡Evelyn, aléjate de ella!
Pero ya era demasiado tarde.
La hermana de Evelyn tomó su mano.
Una luz intensa envolvió a ambas.
Evelyn sintió que algo abandonaba su cuerpo.
Sus recuerdos comenzaron a desaparecer.
El rostro de su madre.
La voz de Adrián.
La mansión.
Todo.
—¡No! —gritó.
Su hermana sonrió.
—Ahora sí voy a recuperar mi vida.
Evelyn cayó de rodillas.
Y, mientras sus recuerdos se desvanecían, escuchó la voz de Adrián:
—¡Evelyn, recuerda quién eres!




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