El amanecer llegó sin traer luz.
El primer rayo de sol atravesó la ventana, pero en lugar de iluminar la habitación, las sombras se hicieron más profundas.
Evelyn seguía de rodillas.
Dentro de su cabeza, escuchaba la voz de su hermana.
—Ahora sí, hermanita. Es nuestro turno.
—¿Nuestro turno para qué? —preguntó Evelyn en voz alta.
Adrián la miró confundido.
—¿Con quién hablas?
Antes de que pudiera responder, el último fragmento del espejo se elevó del suelo.
Flotó frente a Evelyn.
Dentro del cristal apareció Elena.
Su hermana.
—Para recuperar lo que nos quitaron.
—¿Qué nos quitaron?
Elena extendió una mano.
—Nuestra vida.
Elena, su madre, se acercó.
—Hija, no la escuches.
—¡Pero es mi hermana!
—Precisamente por eso.
Evelyn miró a su madre.
—¿Qué sabes que yo no sé?
Elena bajó la mirada.
—Cuando ustedes nacieron, el espejo no eligió a una de las dos.
Evelyn sintió un escalofrío.
—¿Entonces?
—Las eligió a ambas.
El silencio se apoderó de la habitación.
—La maldición necesita dos almas —continuó Elena—. Una para vivir dentro del espejo y otra para vivir fuera de él. Por eso ustedes siempre han estado conectadas.
Evelyn tocó su pecho.
—¿Y qué pasará ahora?
Elena la miró con lágrimas en los ojos.
—Si una de ustedes muere, la otra quedará atrapada para siempre.
Adrián dio un paso adelante.
—Tiene que existir otra solución.
Elena lo observó.
—Sí.
—¿Cuál?
—Romper el vínculo.
Evelyn miró el fragmento.
—¿Cómo?
Su madre señaló la llave de plata.
—Debes entrar al espejo por voluntad propia.
Adrián negó inmediatamente.
—¡No!
—Y cuando estés dentro —continuó Elena—, deberás convencer a tu hermana de salir.
Evelyn comprendió.
—¿Y si se niega?
Elena no respondió.
El silencio fue suficiente.
Evelyn tomó la mano de Adrián.
—Tengo que hacerlo.
—No voy a dejarte.
—Si vienes conmigo, podrías quedar atrapado.
—Entonces correré ese riesgo.
Evelyn lo miró a los ojos.
Por primera vez desde que había llegado a la mansión, sintió que no estaba sola.
—Prométeme que, pase lo que pase, no entrarás detrás de mí.
Adrián apretó su mano.
—No puedo prometerte eso.
Evelyn sonrió tristemente.
—Sabía que dirías eso.
Se acercó al espejo.
El cristal comenzó a ondularse como agua.
La voz de Elena llegó desde el interior:
—Ven, hermana.
Evelyn respiró profundamente.
—Voy por ti.
Y atravesó el espejo.
Al otro lado, Elena la esperaba.
Pero no estaba sola.
Detrás de ella había cientos de figuras atrapadas en el cristal.
Personas que habían desaparecido durante generaciones.
Evelyn retrocedió.
—¿Quiénes son?
Su hermana sonrió.
—Las personas que nuestra familia sacrificó para mantener el secreto.
Una de las figuras avanzó.
Evelyn la reconoció.
Era su padre.
Pero esta vez estaba llorando.
—Evelyn... perdóname.
Ella sintió que el corazón se le rompía.
—Papá...
Entonces Elena, su hermana, susurró:
—Ahora sabes la verdad.
Las figuras comenzaron a acercarse.
Y el espejo se cerró detrás de Evelyn.
Estaba atrapada.