Evelyn permaneció inmóvil.
El espejo se había cerrado detrás de ella.
No había salida.
Frente a sus ojos se extendía una versión oscura de la mansión. Los pasillos parecían infinitos y cientos de sombras caminaban lentamente entre las paredes.
Su padre estaba frente a ella.
—Papá...
Él levantó una mano.
—No te acerques.
Evelyn sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
—¿Por qué?
—Porque ya no soy quien recuerdas.
Una sombra negra atravesó su cuerpo.
Evelyn retrocedió.
—¿Qué te pasó?
Su padre bajó la mirada.
—La familia hizo un pacto para proteger el poder del espejo. Cada generación debía entregar algo.
—¿Una vida?
—A veces.
Miró a las otras almas.
—A veces, un recuerdo. Un amor. Una parte de uno mismo.
Evelyn comprendió entonces por qué tantos miembros de su familia habían desaparecido.
—¿Y tú?
—Intenté romper el pacto.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Su padre sonrió con tristeza.
—Porque quería que tuvieras una vida normal.
Una voz interrumpió la conversación.
—Pero nunca la tuvo.
Elena apareció detrás de Evelyn.
—¡Tú!
Su hermana caminó lentamente hacia ellos.
—Nuestra familia te mintió, Evelyn. Te hicieron creer que eras una chica normal cuando, en realidad, llevabas toda la maldición dentro de ti.
—¿Y tú qué quieres de mí?
Elena se detuvo frente a ella.
—Quiero que me ayudes a terminarla.
Evelyn frunció el ceño.
—¿Cómo?
Su hermana señaló el centro del salón.
Allí había un enorme espejo negro.
—Ese es el primer espejo.
Evelyn sintió un escalofrío.
—¿Isolde?
—Ella lo creó.
—¿Y Eleanor?
—Solo fue una víctima que aprendió a convertirse en verdugo.
Evelyn miró a las almas atrapadas.
—¿Puedo liberarlos?
Elena asintió.
—Sí.
—¿Y qué tengo que hacer?
—Romper el espejo original.
Evelyn se acercó.
—Entonces hazlo conmigo.
Su hermana negó con la cabeza.
—No puedo.
—¿Por qué?
Elena mostró su muñeca.
Una marca negra recorría su piel.
—Estoy unida a él.
Evelyn comprendió.
—Si lo rompo...
—Yo moriré.
El silencio fue devastador.
—No —susurró Evelyn—. Tiene que existir otra forma.
Su padre se acercó.
—La hay.
Ambas hermanas lo miraron.
—Una de ustedes puede ocupar el lugar de Isolde.
Evelyn palideció.
—¿Qué significa?
—Una hermana debe quedarse dentro del espejo para que todas las demás almas puedan salir.
Elena sonrió tristemente.
—Por eso te pedí que vinieras.
—¿Para sacrificarme?
—No.
Elena tomó su mano.
—Para elegir.
De repente, un estruendo sacudió la mansión.
El espejo original comenzó a abrirse.
Una figura salió lentamente del cristal.
Era Isolde.
Pero ya no estaba atrapada.
—Qué conmovedor —susurró.
Sus ojos brillaban con una luz oscura.
—Dos hermanas dispuestas a sacrificarse por los muertos.
Evelyn se puso delante de Elena.
—No vas a llevártela.
Isolde sonrió.
—No.
Miró directamente a Evelyn.
—Voy a llevarme a las dos.
Y detrás de ella comenzaron a aparecer cientos de manos saliendo del espejo.