La dama del espejo roto

Capitulo 23

La puerta de piedra terminó de abrirse.
Un aire helado salió de la oscuridad.
Evelyn sostuvo a su hermana mientras Adrián se colocaba delante de ambas, con el medallón de plata apretado en la mano.
—No entren —dijo él.
Evelyn lo miró.
—¿Y dejar que eso salga?
Adrián no respondió.
Porque desde el interior de la habitación llegó un sonido.
Pasos.
Lentos.
Pesados.
Cada uno hacía vibrar las paredes.
La hermana de Evelyn comenzó a temblar.
—Yo conozco este lugar...
Evelyn la miró sorprendida.
—¿Cómo?
Ella se llevó una mano a la cabeza.
—Cuando era niña... soñaba con esta puerta.
Otro paso.
Toc.
Y entonces apareció una figura.
Primero fueron las manos.
Luego los brazos.
Finalmente, un hombre alto salió de la oscuridad.
Vestía ropa antigua y llevaba el rostro cubierto por una máscara de porcelana blanca.
Adrián levantó el medallón.
La criatura se detuvo.
—No eres bienvenido aquí, Ashcroft.
Adrián palideció.
—¿Sabes quién soy?
La figura inclinó la cabeza.
—Tu familia me conoce desde antes de que existieras.
Evelyn sintió un escalofrío.
—¿Quién eres?
La máscara comenzó a agrietarse.
—El primero.
Una grieta atravesó la porcelana.
—El que enseñó a Isolde a hablar con los muertos.
Otra grieta.
—El que creó el pacto.
La máscara cayó al suelo.
Evelyn dejó escapar un grito ahogado.
El rostro que apareció debajo no era humano.
Su piel parecía hecha de cristal oscuro.
Sus ojos eran completamente negros.
—Mi nombre era Malachai.
Adrián retrocedió.
—Ese nombre aparece en los archivos de mi familia...
Malachai sonrió.
—Porque tu familia no protegía el espejo.
Miró a Evelyn.
—Lo protegía a él.
El medallón de Adrián comenzó a calentarse.
—¡Aléjate de ellas!
Malachai soltó una carcajada.
—No puedes protegerlas.
Señaló el pecho de las hermanas.
La mitad blanca del corazón brillaba dentro de Elena.
La mitad negra ardía dentro de Evelyn.
—Ellas son las últimas piezas que necesito.
Evelyn dio un paso adelante.
—¿Para qué?
Malachai abrió los brazos.
—Para volver a ser humano.
El silencio fue absoluto.
—El espejo nunca fue una prisión —continuó—. Fue una máquina. Una forma de conservar almas, recuerdos y cuerpos.
Evelyn miró los fragmentos esparcidos por el suelo.
—Entonces todas esas personas...
—Eran combustible.
Elena comenzó a llorar.
—¿Y nosotras?
Malachai la observó.
—Ustedes fueron creadas para terminar el ritual.
Evelyn sintió que el corazón se le detenía.
—Eso es imposible.
—No nacieron por accidente.
Adrián se interpuso.
—¡Mientes!
Malachai sonrió.
—Pregúntale a tu padre.
Evelyn quedó paralizada.
—Mi padre está muerto.
—Precisamente.
Detrás de Malachai apareció una sombra.
Una silueta masculina.
Evelyn reconoció aquella voz antes de verlo completamente.
—Evelyn...
—Papá.
La figura salió lentamente de la oscuridad.
Pero no era el espíritu que ella había visto dentro del espejo.
Esta vez parecía atrapado.
Una cadena negra rodeaba su cuello.
—No confíes en él —dijo su padre.
Malachai giró lentamente.
—Todavía eres tan molesto como cuando estabas vivo.
El padre de Evelyn miró a sus hijas.
—Escúchenme. Su madre intentó destruir el ritual antes de que ustedes nacieran.
Evelyn sintió lágrimas en los ojos.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Porque sabía que Malachai las encontraría.
Elena negó con la cabeza.
—Entonces... ¿por qué nos separaron?
Su padre cerró los ojos.
—Porque solo una de ustedes podía ser criada fuera de la mansión.
Evelyn comprendió.
—Yo.
—Sí.
Elena la miró.
Y por primera vez, Evelyn vio dolor en sus ojos.
No odio.
No resentimiento.
Dolor.
—Siempre pensé que me habían abandonado —susurró Elena.
Evelyn tomó su mano.
—No fue tu culpa.
El corazón de cristal volvió a latir.
Tum.
Malachai extendió una mano.
—Se acabó el tiempo.
Las sombras comenzaron a surgir del suelo.
Adrián tomó a Evelyn de la mano.
—Tenemos que irnos.
—No.
Ella miró a Malachai.
—Esta vez no voy a huir.
Evelyn levantó la mano.
La mitad negra del corazón salió de su pecho.
La mitad blanca salió del pecho de Elena.
Ambas flotaron frente a ellas.
Y, lentamente...
comenzaron a unirse.
Malachai dejó de sonreír.
—¿Qué están haciendo?
Evelyn miró a su hermana.
—Terminando lo que mamá empezó.
Las dos piezas encajaron.
Una luz cegadora llenó la habitación.
Y desde algún lugar de la mansión...
se escuchó el grito de Elena, su madre.
—¡NO! ¡NO LO UNAN!
Evelyn abrió los ojos.
—¿Mamá?
La luz se apagó.
Y el corazón de cristal ya no estaba.
En su lugar había una pequeña puerta negra en el suelo.
Sobre ella apareció una inscripción:
“PARA DESTRUIR AL CREADOR, LAS DOS HERMANAS DEBEN RECORDAR QUIÉN FUE LA PRIMERA.”
Malachai retrocedió.
Por primera vez...
parecía tener miedo.




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