La pequeña puerta negra permanecía en el suelo.
Nadie se atrevía a tocarla.
Evelyn miró a Malachai.
Por primera vez desde que lo había visto, aquella criatura parecía verdaderamente aterrorizada.
—¿Qué significa esa inscripción? —preguntó Adrián.
Malachai no respondió.
Evelyn se acercó lentamente.
—Dijiste que tú eras el primero.
—Lo soy.
—Entonces, ¿quién fue la primera?
Malachai apretó los puños.
—No importa.
—Claro que importa.
Evelyn miró a su hermana.
—Tenemos que recordar.
Elena cerró los ojos.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces...
Toc.
Una imagen apareció en su mente.
Un bosque.
Una casa mucho más pequeña.
Una mujer joven corriendo entre los árboles.
Y una niña llorando.
—La conozco... —susurró Elena.
Evelyn también comenzó a ver la escena.
La mujer se llamaba Isolde.
Pero esta vez no estaba frente a un espejo.
Estaba arrodillada frente a una tumba.
—No quiero perderte —decía entre lágrimas.
Detrás de ella apareció un hombre.
No era Malachai.
Era alguien mucho más joven.
—Puedo ayudarte —le dijo.
Isolde levantó la mirada.
—¿Quién eres?
El hombre sonrió.
—Alguien que también perdió a una hija.
Evelyn abrió los ojos.
—Ese no es Malachai.
Adrián negó lentamente.
—Entonces él no creó el primer pacto.
La visión continuó.
El hombre llevó a Isolde hasta una habitación subterránea.
En el centro había un espejo pequeño.
Pero no era un espejo común.
Su superficie parecía estar hecha de agua negra.
—Este espejo no devuelve a los muertos —dijo el hombre—. Los conserva.
Isolde dudó.
—¿Y qué quieres a cambio?
El hombre respondió:
—Nada.
Evelyn sintió un escalofrío.
—Eso es mentira...
La visión cambió.
El hombre estaba frente al espejo.
Su rostro comenzó a deformarse.
Y finalmente Evelyn comprendió.
Malachai había sido una víctima.
No el creador.
El verdadero creador estaba detrás de él.
La imagen mostró una silueta femenina.
Una mujer completamente cubierta de negro.
Isolde cayó de rodillas frente a ella.
—¿Quién eres?
La mujer respondió:
—La primera guardiana.
La visión terminó.
Evelyn abrió los ojos de golpe.
—¡Ella!
Elena respiraba agitadamente.
—La vi.
Adrián miró a ambas.
—¿Quién era?
Evelyn sintió que una palabra aparecía en su memoria.
Una palabra que llevaba años enterrada.
—Mara.
Malachai retrocedió.
—No pronuncies ese nombre.
Todos lo miraron.
Evelyn sonrió débilmente.
—Entonces es verdad.
Malachai comenzó a temblar.
—Mara no debe despertar.
El suelo comenzó a vibrar.
La pequeña puerta negra se abrió.
De su interior salió una mano.
Después otra.
Evelyn tomó la mano de su hermana.
—Tenemos que entrar.
—¿Estás segura? —preguntó Elena.
—No.
Evelyn miró a Adrián.
—Pero ya no podemos seguir huyendo.
Adrián tomó su medallón y se colocó junto a ellas.
—Entonces entramos juntos.
Los tres bajaron.
La puerta se cerró detrás de ellos.
Abajo había un enorme salón circular.
Cientos de velas se encendieron al mismo tiempo.
En las paredes había retratos.
Isolde.
Eleanor.
Los padres de Evelyn.
Personas que ella jamás había conocido.
Y en el centro...
había un retrato cubierto con una tela negra.
Evelyn se acercó.
—Es ella.
Elena la tomó del brazo.
—No lo destapes.
Evelyn recordó las palabras de su madre.
Nunca mires demasiado tiempo al espejo.
Pero aquello no era un espejo.
Era un retrato.
Evelyn retiró la tela.
La pintura mostró a una mujer de cabello negro.
Ojos grises.
Vestido oscuro.
Y en sus manos sostenía un pequeño corazón de cristal.
Debajo del retrato había una inscripción:
MARA BLACKWOOD
Evelyn quedó inmóvil.
—Blackwood...
Adrián se acercó.
—Entonces pertenecía a tu familia.
De pronto, el retrato sonrió.
Las velas se apagaron.
Una voz susurró desde detrás de ellos:
—No pertenecía a tu familia, Evelyn.
Evelyn se giró.
Una mujer estaba parada al otro lado del salón.
La misma del retrato.
Mara.
Sus ojos brillaban en la oscuridad.
—Tu familia pertenece a mí.
Y detrás de ella...
Isolde apareció.
Pero ya no parecía un espíritu.
Parecía completamente viva.