Evelyn no podía apartar los ojos de aquella mujer.
Mara estaba de pie al otro lado del salón, exactamente igual que en el retrato.
A su lado, Isolde permanecía inmóvil.
Pero había algo diferente en ella.
Ya no parecía un fantasma.
Su piel tenía color.
Sus ojos estaban vivos.
—¿Cómo es posible? —susurró Adrián.
Mara sonrió.
—El espejo me devolvió lo que me pertenecía.
Evelyn apretó la mano de su hermana.
—¿Qué quieres de nosotras?
—Lo mismo que he querido durante siglos.
Mara levantó el pequeño corazón de cristal que sostenía entre sus manos.
—Volver a tener un cuerpo.
Elena dio un paso atrás.
—Entonces el corazón...
—Era mío.
Mara caminó lentamente hacia ellas.
—Isolde creyó que podía utilizar mi poder para recuperar a su hija. Eleanor creyó que podía engañarme. Tu familia creyó que podía esconderme.
Miró directamente a Evelyn.
—Y todas fracasaron.
Evelyn sintió que el pecho le ardía.
—¿Por qué nos elegiste?
Mara sonrió.
—Porque tú y tu hermana nacieron con algo que ninguna otra persona tenía.
—¿Qué?
—Dos almas.
Elena palideció.
—Eso no tiene sentido.
—Una sola vida compartida por dos almas.
Mara levantó una mano.
Las paredes comenzaron a mostrar imágenes.
Evelyn y Elena cuando eran bebés.
Dos cunas.
Dos niñas idénticas.
Y entre ambas...
un hilo de luz.
—Cuando nacieron, el corazón de cristal se dividió —explicó Mara—. Una mitad entró en cada una de ustedes.
Evelyn recordó el dolor que había sentido cuando las dos piezas se unieron.
—Por eso el espejo siempre nos encontraba.
—Exactamente.
Adrián levantó el medallón.
—¿Y qué ocurrirá si no le damos nuestros cuerpos?
Mara lo miró con desprecio.
—Entonces morirán.
El medallón comenzó a resquebrajarse.
Adrián lo observó horrorizado.
—No...
Crack.
La plata cayó al suelo.
Una sombra envolvió a Adrián y lo lanzó contra una pared.
—¡Adrián! —gritó Evelyn.
Corrió hacia él, pero Mara levantó una mano.
Evelyn quedó paralizada.
—No lo toques.
—¡Déjalo!
—Puedo liberarlo.
Mara extendió la mano hacia Evelyn.
—Solo tienes que venir conmigo.
Evelyn miró a su hermana.
Luego a Adrián.
Y finalmente a Mara.
—No.
Mara frunció el ceño.
—¿No?
—No voy a entregarte mi vida.
Elena se colocó junto a ella.
—Ni yo.
Por primera vez, Mara perdió la sonrisa.
—Entonces recordaré por ustedes.
Chasqueó los dedos.
Y el salón desapareció.
Evelyn se encontró de pie en una habitación desconocida.
Había una mujer llorando frente a una cuna.
Era su madre.
Elena.
—No... —susurró Evelyn.
Su madre sostenía a una de las bebés.
—Perdóname.
La bebé comenzó a llorar.
La madre levantó la mirada hacia alguien que Evelyn no podía ver.
—Te prometí que jamás volverías a tocar a mis hijas.
Una voz respondió desde la oscuridad:
—Y yo te prometí que siempre encontraría la manera.
Evelyn sintió que el corazón se le aceleraba.
Entonces vio algo que jamás había sabido.
Su madre colocó una pequeña llave de plata junto a la cuna.
La misma llave que años después llegaría hasta Adrián.
—La llave abrirá la puerta cuando llegue el momento —dijo su madre.
Evelyn se acercó.
—Mamá...
Pero no podía escucharla.
La escena cambió.
Su madre tomó a las dos bebés y salió corriendo de la mansión.
Detrás de ella, Mara apareció.
—¡No puedes escapar!
Elena abrazó a sus hijas.
—No necesito escapar.
Sacó un cuchillo.
Evelyn abrió los ojos.
—¿Qué está haciendo?
Su madre se hizo un pequeño corte en la palma.
Una gota de sangre cayó sobre la llave.
La llave comenzó a brillar.
—Si algún día mis hijas regresan aquí —susurró—, la puerta se abrirá solamente con su sangre.
La visión terminó.
Evelyn cayó de rodillas.
Su hermana apareció a su lado.
—¿Viste lo mismo?
Evelyn asintió.
—Mamá sabía que volveríamos.
Entonces una voz surgió detrás de ellas.
—Sí.
Era Adrián.
Estaba libre.
Pero tenía una expresión aterrorizada.
—Y también sabía algo más.
Evelyn se levantó.
—¿Qué?
Adrián señaló el suelo.
Una puerta había aparecido frente a ellos.
Sobre ella había una última inscripción:
“LA SANGRE ABRIRÁ LA PUERTA.
PERO SOLO UNA HERMANA PODRÁ ATRAVESARLA.”
Elena miró a Evelyn.
Evelyn la miró a ella.
Y ambas comprendieron al mismo tiempo.
Mara no necesitaba sus dos cuerpos.
Solo necesitaba que una de las dos eligiera sacrificarse por la otra.
Y entonces, desde la oscuridad, Mara comenzó a reír.