La dama del espejo roto

Capitulo 26

La risa de Mara recorrió la habitación como un eco interminable.
Evelyn miró la inscripción de la puerta.
“Solo una hermana podrá atravesarla.”
—No —dijo Elena.
Evelyn la miró.
—¿No qué?
—No voy a dejar que seas tú.
Evelyn negó con la cabeza.
—Ni yo voy a dejar que seas tú.
Adrián se acercó a ellas.
—Tiene que existir otra forma.
Mara apareció al otro lado de la habitación.
—Siempre dicen lo mismo.
Sus ojos se posaron en las hermanas.
—Y siempre terminan eligiendo.
Evelyn sintió una presión en el pecho.
—¿Qué hay detrás de esa puerta?
Mara sonrió.
—La verdad.
—¿Y si la abrimos?
—Entonces una de ustedes verá lo que realmente ocurrió aquella noche.
Elena observó la puerta.
—¿Y la otra?
Mara respondió tranquilamente:
—La otra se quedará conmigo.
Adrián tomó la mano de Evelyn.
—No la escuches.
Pero Evelyn ya había comprendido algo.
Mara no quería simplemente su cuerpo.
Quería que ellas mismas eligieran.
Porque el sacrificio era parte del pacto.
—El espejo se alimenta de decisiones —murmuró Evelyn.
Mara dejó de sonreír.
Evelyn continuó:
—No necesita nuestra sangre. Necesita que tengamos miedo y que una de nosotras renuncie a la otra.
Elena la miró sorprendida.
—Entonces no le daremos eso.
Mara levantó una ceja.
—¿Y qué harán?
Evelyn miró a su hermana.
—Las dos atravesaremos la puerta.
—No pueden.
—Entonces tendrás que detenernos.
Mara extendió ambas manos.
Las sombras se lanzaron contra ellas.
Adrián levantó el medallón roto.
Aunque estaba partido, una pequeña luz apareció entre los fragmentos.
—¡Ahora!
Evelyn y Elena corrieron hacia la puerta.
Mara gritó.
—¡NO!
La puerta se abrió.
Una luz blanca las envolvió.
Y las dos cruzaron al mismo tiempo.
Al otro lado no había oscuridad.
Había una casa.
La antigua mansión, pero completamente diferente.
Sin grietas.
Sin sombras.
Sin espejos.
Evelyn caminó lentamente.
—¿Dónde estamos?
Elena señaló hacia el fondo.
—Ahí.
Una mujer estaba sentada junto a una ventana.
Era su madre.
Más joven.
Viva.
Evelyn sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
—Mamá...
La mujer levantó la mirada.
Pero no podía verlas.
Frente a ella había dos bebés.
Evelyn y Elena.
La madre acarició sus pequeñas cabezas.
—Algún día sabrán la verdad —susurró.
Una voz apareció detrás de ella.
—No tendrán que saberla si mueren antes.
Mara.
Pero no era la Mara que conocían.
Era una niña.
Una niña de unos diez años.
Evelyn quedó paralizada.
—Ella...
La niña se acercó a la mujer.
—¿Por qué me abandonaste?
La madre de Evelyn comenzó a llorar.
—Yo nunca te abandoné.
—Mentira.
La niña señaló las dos cunas.
—Elegiste a ellas.
Evelyn comprendió.
Mara había sido una hija.
Una hija de la familia Blackwood.
Pero algo terrible había ocurrido.
La escena cambió.
La niña creció.
Su madre murió.
Y Mara, desesperada, encontró el primer espejo.
Pero no lo creó.
Lo encontró.
Dentro del espejo había una criatura.
La misma que ahora la controlaba.
La verdadera entidad.
Mara había hecho el pacto para recuperar a su madre.
Y el precio había sido su propia alma.
Evelyn sintió un nudo en la garganta.
—Mara también fue una víctima.
Elena asintió.
—Pero se convirtió en aquello que la destruyó.
De repente, la casa comenzó a temblar.
La imagen de su madre desapareció.
La verdadera Mara apareció detrás de ellas.
—¡No tenían derecho a verlo!
Evelyn se giró.
—Sí lo teníamos.
Mara avanzó furiosa.
—¡No sabes lo que sufrí!
—No —respondió Evelyn—. Pero ahora sí sé que no empezaste siendo un monstruo.
Mara se detuvo.
Evelyn dio un paso hacia ella.
—Y tampoco tienes que seguir siéndolo.
Por primera vez, Mara pareció confundida.
—¿Qué estás diciendo?
Evelyn extendió la mano.
—Puedes dejarlo.
—No puedo.
—Sí puedes.
—¡NO!
El grito hizo que todas las paredes se llenaran de espejos.
Miles de reflejos aparecieron.
En cada uno estaba Mara.
Niña.
Adolescente.
Anciana.
Monstruo.
Y en el último espejo...
aparecía una mujer completamente distinta.
Una mujer que Evelyn nunca había visto.
Mara palideció.
—Ella...
Evelyn miró el reflejo.
—¿Quién es?
Mara susurró:
—Mi madre.
El espejo comenzó a romperse.
Y una voz femenina salió de su interior:
—Mara... ya es hora de que me devuelvas lo que robaste.
Mara gritó.
Las luces se apagaron.
Y cuando volvieron...
Mara había desaparecido.
Solo quedaba una cosa en el suelo.
Una llave de plata.
La misma que su madre había dejado décadas atrás.
Evelyn la recogió.
Entonces Adrián apareció al otro lado de la puerta.
—Evelyn...
Ella levantó la mirada.
—¿Qué sucede?
Adrián observó la llave.
—Creo que acabamos de abrir algo que jamás debió abrirse.
Detrás de ellos, una puerta comenzó a cerrarse.
Y desde el interior de la mansión...
una voz susurró:
—Ahora comienza el verdadero pacto.




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