La puerta se cerró detrás de Evelyn con un estruendo.
¡BAM!
Ella intentó abrirla, pero la llave de plata comenzó a calentarse entre sus dedos.
—¡Evelyn! —gritó Adrián desde el otro lado.
—¡Adrián!
Golpeó la puerta.
Nada.
Entonces Elena apareció a su lado.
—Estamos atrapadas.
Evelyn observó la llave.
—No.
—¿No?
—Mamá dejó esta llave para algo. Y ahora sé para qué.
En el extremo de la habitación había una cerradura.
Una cerradura que no habían visto antes.
Evelyn introdujo la llave.
Clic.
Toda la mansión quedó en silencio.
Y una voz habló detrás de ellas.
—Finalmente.
Evelyn se giró.
Su madre estaba allí.
Pero esta vez no era un recuerdo.
Era realmente ella.
Elena dejó escapar un sollozo.
—Mamá...
Su madre las miró con lágrimas en los ojos.
—Mis niñas.
Evelyn corrió hacia ella.
Intentó abrazarla.
Pero sus brazos atravesaron su cuerpo.
—No...
Su madre sonrió tristemente.
—No puedo quedarme mucho tiempo.
Evelyn comenzó a llorar.
—¿Por qué nunca nos dijiste la verdad?
—Porque quería que tuvieran una vida lejos de esta casa.
—¿Y por qué nos separaste?
Su madre miró a Elena.
—Porque Mara necesitaba dos almas para completar el pacto.
Elena apretó los puños.
—¿Y qué tiene que ver nuestra sangre?
La expresión de su madre cambió.
—Nada.
Evelyn se quedó inmóvil.
—¿Nada?
—La sangre era una mentira.
Entonces la llave comenzó a brillar.
La madre señaló el corazón de cristal.
—El verdadero pacto nunca fue sobre sangre.
—¿Entonces sobre qué?
—Sobre elección.
Las paredes comenzaron a llenarse de imágenes.
Familias enteras.
Generaciones de Blackwood.
Cada una frente al espejo.
Cada generación había tenido que elegir.
Salvar a una persona...
o salvar a muchas.
Evelyn comprendió.
—Por eso todos sacrificaban a alguien.
Su madre asintió.
—Y cada vez que alguien elegía sacrificar a otro, el espejo se hacía más fuerte.
Elena miró horrorizada las imágenes.
—Entonces podemos romperlo.
—Sí.
Evelyn se quedó mirando a su madre.
—¿Cómo?
Su madre señaló a las dos hermanas.
—Ustedes deben hacer lo contrario.
—¿Qué?
—Elegirse mutuamente.
El silencio cayó sobre la habitación.
—Si una se sacrifica por la otra, el pacto continuará —explicó su madre—. Pero si ambas se niegan a sacrificar a la otra...
La voz de Mara apareció desde las paredes.
—¡NO!
La mansión comenzó a temblar.
Su madre gritó:
—¡Ahora!
Evelyn tomó la mano de Elena.
—No voy a dejarte.
Elena apretó su mano.
—Y yo tampoco.
El corazón de cristal apareció frente a ellas.
Una grieta atravesó su superficie.
Mara surgió del suelo, transformada en una sombra gigantesca.
—¡Ustedes me pertenecen!
Evelyn la miró.
—No.
Mara avanzó.
—¡Todos los Blackwood me han pertenecido!
—Nosotras no.
Evelyn levantó la llave.
—Elegimos quedarnos juntas.
Elena levantó la otra mano.
—Y no sacrificaremos a nadie.
El corazón de cristal comenzó a romperse.
Crack.
Mara lanzó un grito.
CRACK.
Los espejos de la habitación explotaron uno tras otro.
Y por primera vez...
Mara pareció tener miedo.
—No saben qué están liberando.
Evelyn miró a su madre.
—¿Qué quiere decir?
Su madre bajó la mirada.
—Yo tampoco lo sé.
El corazón terminó de romperse.
Una luz blanca inundó la mansión.
La sombra de Mara desapareció.
Pero justo antes de desvanecerse, gritó:
—¡El pacto no comenzó conmigo!
Evelyn quedó paralizada.
—¿Entonces con quién?
La respuesta llegó desde el suelo.
Una enorme grieta apareció bajo sus pies.
Y de ella surgió una mano.
Una mano vieja.
Cubierta de anillos negros.
La voz que salió de la oscuridad era profunda y desconocida.
—Conmigo.
Evelyn retrocedió.
Su madre desapareció.
Elena gritó.
Y la puerta detrás de ellas se abrió de golpe.
Adrián entró corriendo.
—¡Evelyn!
Ella lo miró.
—Adrián...
—¿Qué pasó?
Evelyn señaló la grieta.
—Encontramos al verdadero dueño del pacto.
Adrián miró hacia abajo.
La mano comenzó a salir lentamente.
Y entonces comprendieron algo terrible:
Mara nunca había sido el monstruo que controlaba el espejo.
Solo había sido otra de sus víctimas.