La dama del espejo roto

Capitulo 29

Evelyn mantuvo la mano sobre la llave.
No podía girarla.
No después de escuchar la voz de su madre.
—Entonces... —susurró— si termino de girarla, alguien tendrá que ocupar su lugar.
Azael sonrió.
—Ahora lo entiendes.
Adrián negó con la cabeza.
—No existe ninguna posibilidad de que Evelyn ocupe ese lugar.
Azael lo miró.
—No tiene por qué ser ella.
El silencio fue inmediato.
Elena comprendió.
—No...
Azael giró lentamente la mirada hacia ella.
—Una de las dos.
Evelyn se interpuso.
—No vas a tocarla.
—Yo no elegiré.
Azael señaló la llave.
—La llave elegirá.
Elena tomó la mano de Evelyn.
—No importa cuál de nosotras sea.
Evelyn la miró.
—Sí importa.
—Evelyn...
—No voy a dejar que te sacrifiques por mí.
—Y yo no voy a dejar que tú lo hagas por mí.
Adrián se acercó.
—Tiene que existir otra opción.
La voz de su madre volvió a escucharse desde las paredes.
—Sí existe.
Todos quedaron inmóviles.
Evelyn levantó la cabeza.
—Mamá.
—El primer pacto se alimentó de sacrificios. Por eso nunca pudo terminar.
Azael retrocedió.
—Cállate.
La voz continuó.
—Pero hay algo que Azael teme más que la muerte.
Evelyn miró a la criatura.
—¿Qué?
Su madre respondió:
—Ser olvidado.
Azael gritó.
Las paredes temblaron.
—¡NO!
Las sombras comenzaron a retorcerse a su alrededor.
Evelyn comprendió.
—Por eso conservaste las almas.
Azael la miró.
—Ellas me recuerdan.
—Exactamente.
Evelyn soltó lentamente la llave.
—No quieres vivir eternamente.
Azael no respondió.
—Quieres que alguien te recuerde.
Los ojos de la criatura comenzaron a llenarse de lágrimas negras.
—No sabes nada de mí.
—Entonces cuéntamelo.
Azael permaneció inmóvil.
Durante siglos había sido un monstruo.
Pero en aquel instante parecía simplemente un hombre cansado.
—Seraphine me prometió que me devolvería a mi hija —dijo finalmente—. Yo acepté convertirme en el guardián.
Su voz se quebró.
—Ella murió antes de poder cumplir su promesa.
Evelyn bajó la mirada.
—Y tú quedaste atrapado.
Azael asintió.
—Cada generación intenté encontrar una forma de salir. Pero el pacto exigía más almas.
—Y dejaste que murieran.
—Sí.
Azael cerró los ojos.
—Al principio intenté salvarlas.
Abrió los ojos.
—Después dejé de recordar por qué lo hacía.
Evelyn sintió compasión.
Pero no podía olvidar todo lo que había hecho.
—Lo que te ocurrió no justifica lo que hiciste.
Azael asintió lentamente.
—Lo sé.
Evelyn volvió a tomar la llave.
—Entonces hagamos un trato.
Adrián la miró sorprendido.
—Evelyn...
—No voy a ser tu guardiana.
Azael levantó la cabeza.
—¿Qué propones?
—Que seas tú quien decida terminar el pacto.
—No puedo.
—Sí puedes.
Evelyn colocó la llave nuevamente en la cerradura.
—No necesitas otra persona que ocupe tu lugar.
Elena entendió.
—Necesitas renunciar al pacto.
Azael comenzó a temblar.
—Si lo hago...
—Serás libre.
—Moriré.
Evelyn asintió.
—Sí.
Azael la observó durante largo rato.
Después miró a las cientos de almas atrapadas en las paredes.
—¿Y ellas?
—Serán libres contigo.
Una lágrima negra recorrió su rostro.
—¿Y si no quiero morir?
Evelyn respondió suavemente:
—Entonces seguirás siendo prisionero.
Azael cerró los ojos.
Por primera vez en doscientos años...
parecía estar tomando una decisión que realmente le pertenecía.
—Gira la llave —susurró.
Evelyn dudó.
—¿Estás seguro?
Azael sonrió.
—Por primera vez.
Evelyn giró la llave.
Clic.
El cuerpo de Azael comenzó a llenarse de grietas.
La oscuridad salió de él como humo.
Las almas comenzaron a abandonar las paredes.
Una por una.
Miles de luces atravesaron la mansión.
Azael cayó de rodillas.
Y entonces una niña apareció frente a él.
Una pequeña niña de cabello oscuro.
La misma que había perdido hacía más de doscientos años.
Azael levantó la mirada.
—Mi pequeña...
Ella sonrió.
—Papá.
Azael comenzó a llorar.
La niña tomó su mano.
Ambos empezaron a desaparecer.
Antes de irse, Azael miró a Evelyn.
—Gracias.
Y desapareció.
La mansión quedó completamente silenciosa.
Elena abrazó a Evelyn.
Adrián se acercó.
—¿Terminó?
Evelyn observó la llave.
La plata se había vuelto completamente blanca.
—Creo que sí.
Pero entonces...
Toc.
Un golpe llegó desde el piso superior.
Los tres levantaron la mirada.
Toc.
Otro.
Y después una voz.
Una voz que Evelyn conocía demasiado bien.
—Evelyn...
Ella palideció.
Era la voz de su padre.
Pero su padre ya estaba libre.
Adrián tomó su mano.
—No subas.
Evelyn miró las escaleras.
Y una sombra apareció lentamente en el último escalón.
No era Azael.
No era Mara.
No era Isolde.
Era alguien que jamás habían visto.
Una mujer.
Con los ojos de Evelyn.
Y una sonrisa idéntica a la de ella.
—Creíste que el pacto terminó.
Evelyn sintió que el corazón se le detenía.
La mujer descendió un escalón.
—Pero todavía falta una deuda.
Y en su mano sostenía...
el corazón de cristal.




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