La dama del espejo roto

Capitulo 31

Todas las puertas de la mansión se cerraron al mismo tiempo.
¡BAM!
Evelyn soltó la mano de Lydia.
—¿La cuarta? —susurró Elena.
Adrián miró a su alrededor.
—Pensé que eran tres.
Una risa suave recorrió los pasillos.
—Eso es lo que ellos querían que creyeran.
Las velas se encendieron una por una.
Y entonces apareció una mujer al final del corredor.
No caminaba.
Flotaba.
Llevaba un vestido negro antiguo y tenía el cabello completamente blanco.
Pero lo más aterrador eran sus ojos.
Eran dorados.
Lydia comenzó a temblar.
—No...
Evelyn la miró.
—¿La conoces?
Lydia retrocedió.
—Ella fue quien me enseñó a entrar en los espejos.
La mujer sonrió.
—Hola, pequeña.
Lydia se escondió detrás de Evelyn.
—No soy pequeña.
—Para mí siempre lo serás.
Evelyn dio un paso adelante.
—¿Quién eres?
La mujer inclinó la cabeza.
—Me han llamado muchos nombres.
Su sonrisa se ensanchó.
—Pero el que más me gusta es Seraphine.
Evelyn sintió un escalofrío.
—Seraphine...
La primera Blackwood.
La mujer del recuerdo.
La que había comenzado todo.
—Pero Azael dijo que habías muerto.
Seraphine soltó una carcajada.
—Azael nunca entendió lo que realmente hice.
Elena apretó los puños.
—¿Tú creaste el pacto?
—No.
Seraphine señaló el corazón de cristal.
—Yo fui quien lo encontró.
Evelyn miró el corazón.
—Entonces, ¿qué eres?
Seraphine respondió:
—La primera persona que descubrió cómo vivir dentro de una memoria.
El aire se volvió helado.
—Cuando mi cuerpo murió —continuó—, mi alma entró en el espejo. Durante generaciones aprendí a moverme entre las mentes de los Blackwood.
Evelyn sintió una punzada en la cabeza.
—Por eso podías controlar a todos.
—No a todos.
Seraphine la miró fijamente.
—Solo a quienes tenían suficiente oscuridad en el corazón.
Evelyn recordó a Eleanor.
A Mara.
A los miembros de su familia.
Todos habían sido manipulados.
Pero había algo que no comprendía.
—¿Por qué nosotras?
Seraphine caminó hacia ellas.
—Porque ustedes no fueron creadas para servir al espejo.
Se detuvo frente a Evelyn.
—Fueron creadas para destruirlo.
Evelyn quedó inmóvil.
—Entonces... ¿por qué nos hiciste sufrir?
Seraphine sonrió.
—Porque para destruir una prisión primero debes conocerla desde dentro.
Elena negó con la cabeza.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que lo tiene.
Seraphine levantó el corazón.
—Ustedes tres poseen las partes necesarias.
Señaló a Lydia.
—Memoria.
Después a Elena.
—Vida.
Finalmente a Evelyn.
—Elección.
Evelyn sintió que el corazón comenzaba a latir.
Tum.
Tum.
Tum.
—¿Y tú? —preguntó Adrián.
Seraphine lo miró.
—Yo soy la llave.
El medallón roto que Adrián llevaba alrededor del cuello comenzó a brillar.
Adrián lo arrancó.
—¿Qué está pasando?
Seraphine sonrió.
—Tu familia no protegía la mansión.
Miró a Evelyn.
—Protegía a la persona que algún día tendría que abrir la última puerta.
Evelyn observó a Adrián.
—¿Eres tú?
Adrián parecía tan sorprendido como ella.
—No lo sabía.
Seraphine extendió la mano.
—Dame el medallón.
Adrián negó.
—No.
—Entonces nunca podrán salir.
Evelyn se acercó.
—¿Qué hay detrás de la última puerta?
Seraphine dejó de sonreír.
—El lugar donde todas las almas que fueron sacrificadas esperan.
Lydia levantó la cabeza.
—¿Todas?
—Todas.
Evelyn comprendió.
—Incluida nuestra madre.
Seraphine asintió.
—Y tu padre.
Elena dio un paso adelante.
—Entonces tenemos que abrirla.
—Sí.
Seraphine miró a las tres hermanas.
—Pero hay una condición.
Evelyn apretó los dientes.
—¿Cuál?
Seraphine señaló la puerta negra que acababa de aparecer al fondo.
—Para abrirla, las tres deben entrar juntas.
Lydia palideció.
—¿Y qué ocurre después?
Seraphine sonrió.
—Una de ustedes no regresará.
Evelyn miró a sus hermanas.
Elena tomó su mano.
Lydia tomó la otra.
—Entonces regresaremos las tres —dijo Evelyn.
Seraphine soltó una pequeña risa.
—Eso mismo dijeron sus antepasadas.
La puerta comenzó a abrirse.
Desde el interior llegó una multitud de voces.
Algunas lloraban.
Otras gritaban.
Y entre ellas, una voz familiar pronunció el nombre de Evelyn.
—Hija...
Evelyn dejó de respirar.
Era su madre.
Pero detrás de aquella voz...
otra comenzó a susurrar:
—No escuches a Elena.
Evelyn se quedó helada.
Porque la voz que acababa de hablar...
era exactamente igual a la de su hermana.




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