El silencio de la habitación se volvió insoportable.
Evelyn permanecía inmóvil frente al espejo.
O, al menos, su cuerpo estaba allí.
Porque la mujer que la observaba desde el cristal ya no parecía ser ella.
—Yo soy Lyra —repitió la reflexión.
Evelyn retrocedió.
—No...
La figura del espejo sonrió.
Detrás de ella apareció Nerissa.
Su rostro era pálido, casi transparente. Sus ojos parecían dos pozos negros.
—Por fin despertaste —susurró Nerissa.
Adrián se interpuso inmediatamente entre Evelyn y el espejo.
—¡Aléjate de ella!
Nerissa soltó una pequeña carcajada.
—Siempre tan protector, Adrián.
Él apretó el medallón roto que llevaba en la mano.
Una tenue luz plateada apareció.
Nerissa dejó de sonreír.
—Ese objeto ya no puede protegerla.
—No necesito que me proteja —respondió Adrián—. Necesito que tú te marches.
El padre de Evelyn se levantó con dificultad.
—Adrián... no la provoques.
—¿Papá?
El hombre miró a Evelyn.
—Hay algo que nunca te conté.
Las tres hermanas lo observaron.
—¿Qué?
Su padre tragó saliva.
—Lyra no era simplemente tu nombre.
El espejo comenzó a vibrar.
Una grieta apareció lentamente en su superficie.
CRACK.
Evelyn sintió un dolor agudo en la cabeza.
Imágenes comenzaron a aparecer.
Una niña corriendo por los pasillos.
Tres cunas.
Tres bebés llorando.
Una mujer sosteniendo un pequeño medallón.
Y después...
Una habitación en llamas.
—¡Mamá! —gritó Evelyn.
Su hermana Elena cayó de rodillas.
—¡Yo también lo recuerdo!
Lydia se llevó las manos a la cabeza.
—No... no quiero volver allí.
El padre cerró los ojos.
—Esa noche intentamos destruir el pacto.
—¿Quiénes? —preguntó Evelyn.
—Tu madre... y yo.
—Entonces ¿por qué nos separaron?
El hombre miró a Lydia.
—Porque Nerissa ya había elegido a una de ustedes.
El silencio fue absoluto.
Evelyn sintió que el corazón se le detenía.
—¿A quién?
Su padre no respondió.
La mirada de las tres hermanas se cruzó.
Entonces el espejo respondió por él.
Las letras aparecieron lentamente sobre el cristal:
LYDIA.
Lydia quedó paralizada.
—No...
Nerissa sonrió.
—Ella fue la primera.
Lydia comenzó a retroceder.
—No me elegiste a mí.
—Claro que sí.
—¡Mentira!
El cristal se oscureció.
Una mano negra apareció desde el otro lado y atravesó el espejo.
Adrián sacó la espada que llevaba oculta.
—¡Lydia, atrás!
Pero Lydia no se movió.
La mano tocó su pecho.
Y sus ojos se volvieron completamente negros.
—Lydia... —susurró Evelyn.
Su hermana levantó lentamente la cabeza.
Cuando habló, su voz no era la suya.
—Las tres partes están reunidas.
Evelyn sintió que el corazón de cristal ardía contra su pecho.
Elena comenzó a llorar.
—¿Qué está pasando?
La voz de Lydia continuó:
—Memoria.
Miró a Elena.
—Vida.
Después miró a Evelyn.
—Elección.
Finalmente, sonrió.
—Y ahora... puerta.
El suelo tembló.
Las paredes de la habitación comenzaron a abrirse.
Detrás de ellas apareció un enorme corredor oscuro que ninguno había visto antes.
Al fondo había una puerta de hierro.
Sobre ella estaba grabado un nombre:
NERISSA.
El padre de Evelyn palideció.
—No puede ser...
Evelyn lo miró.
—¿Qué hay detrás?
Él negó con la cabeza.
—La razón por la que tu madre murió.
Adrián tomó la mano de Evelyn.
—No tienes que entrar.
Ella miró la puerta.
Luego a sus hermanas.
Y finalmente al espejo.
Su reflejo ya no era el de una joven asustada.
Era una mujer con una corona negra.
Una mujer que parecía conocer aquel lugar desde hacía siglos.
La reflexión levantó la mano y apoyó los dedos contra el cristal.
—Ven, Lyra.
Evelyn sintió que algo dentro de ella respondía.
No quería ir.
Pero sus pies comenzaron a avanzar.
Adrián la sujetó.
—¡Evelyn!
Ella se volvió hacia él.
—No sé quién soy.
Él apretó su mano.
—Entonces lo descubriremos juntos.
Por primera vez, la expresión de Nerissa cambió.
Parecía furiosa.
—No.
El espejo explotó.
Miles de fragmentos volaron por la habitación.
Y entre ellos apareció una última imagen.
Una niña pequeña.
Evelyn.
De pie frente a Nerissa.
Pero la niña no tenía miedo.
Sonreía.
Y decía:
—Algún día volveré por ti.
La imagen desapareció.
Evelyn abrió los ojos.
—Yo ya estuve aquí...
Su padre susurró:
—Sí.
—¿Y qué hice?
El hombre la miró con lágrimas en los ojos.
—Tú no escapaste de Nerissa aquella noche, hija.
Hizo una pausa.
—Tú fuiste quien la encerró.